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imagesDe vuelta ya a la vida en la compañía del cuartel general y procurando olvidar las odiosas cocinas que de vez en cuando me tocaban, la vida cuartelaria continuaba jalonada por alguna que otra imaginaria o refuerzo sin que nada destacable o novedoso sucediera.

Un día, estaba en mi archivo en mi labor diaria, que no era sino escribir cartas, escuchar la radio o imaginar viajes ficticios a mi casa, cuando había tan poco que hacer había que tener mucho cuidado y sujetar la mente para que no te entrara la morriña, cuando un compañero de las oficinas de arriba apareció de repente. Supuse que vendría a por alguna coca cola o algún pastelito de los que tenía en mi cantina clandestina, pero rápidamente me dijo:

-Santos, sube que te reclaman de la capilla castrense.

Joder, llegó el momento, pensé, y subí escopetado. Allí, me enseñaron la documentación y me dijeron que llamara al conductor de servicio para que me bajara a la iglesia castrense, que se encontraba muy cerca de la plaza de España. Me fui hacia la habitación del oficial de servicio y llamé a la puerta:

-Adelante, dijo la reconocible voz de uno de los brigadas.

Abrí la puerta raudo diciendo:

-A la orden mi brigada, me han di…

El brigada estaba tumbado en la cama solamente vestido con unos calzoncillos.

-¿Si?

-Emm, me ha llegado una petición para ir a la iglesia castrense, mi brigada. He de irme y quería informarle de que necesito al conductor de servicio.

-De acuerdo, puedes ir… curilla, ja, ja.

Encima cachondeo, pensé. No soy yo el ridículo, tendría que verse.¿Qué se ha creído este gilipollas? Me dí la vuelta y preparé mis cosas.

El coche militar paró en la puerta de la sacristía de la iglesia y allí me bajé no sin antes haber sido preguntado multitud de veces por el conductor qué coño hacía yo en la iglesia castrense, a lo que yo respondía de forma vaga, ya que ni siquiera  estaba seguro de lo que me iba a encontrar allí.

Eduardo Javier estaba esparándome. La sacristía estaba detrás de la iglesia. Nada más entrar había una especie de saloncito lleno de cuadros con soldados, tanques y demás temas beligerantes. Todas estas imágenes me chocaban constantemente. En la iglesia, un Santiago montado a caballo lanceaba a un musulmán que caía sobre una media luna postrada en el suelo.

Los curas o páter como se les denominaban, curiosamente tenían grado militar. Según me contó Javier, había uno que venía por la mañana que era comandante, pero que estaba a punto de conseguir “el dos de oros” que era el grado de teniente coronel. Por las tardes venía otro que era comandante también.

La verdad es que estaba acojonado. Mi conocimiento sobre los entresijos de la iglesia eran casi nulos, apenas lo que aprendí en los cinco años en los salesianos. Eduardo javier me preparó una habitación y me estuvo explicando lo que había que hacer: había dos misas diarias entre semana y tres el sábado y el domingo. Solían durar una hora más o menos, el resto del tiempo… Liberado de servicios, guardias, vestir de mimeta, ser un absoluto y completo civil, lo cual convertía a este destino en el mejor de toda la plaza de Melilla.

Había tenido mucha suerte. De entre los aproximadamente 7500 soldados que tenía Melilla, yo había conseguido un chollo increíble…  Las comidas podía hacerlas en la JLT, por lo que podría estar con Jose y con Juan, mis buenos amigos…¿Por qué entonces me sentía tan desasosegado? Tenía miedo y al mismo tiempo me sentía culpable, muy culpable. Había gente que se lo merecía más que yo, gente que lo había pasado incluso peor y que les habría arreglado la existencia melillense, y así pasé una de las peores noches en la ciudad que recuerdo aunque dormía en un cuarto enorme, en una cama de 1,35 con un excelente colchón, no como la mierda de gomaespuma que teníamos en el cuartel. Tenía un cuarto de baño con toda el agua caliente que quisiera y una flamante taza, era el paraíso militroncho, al menos por la semana y pico que quedaba por delante. Un escalofrío me recorrió la espalda pensando en lo que me esperaba al día siguiente…

 

 

 

Imagen 7La formación de diana se me hizo más pesada de lo habitual. De nuevo, enfundado en aquel odioso mono verde, triste veía a mis compañeros dirigiéndose a sus destinos normales mientras los señalados la noche anterior enfilábamos nuestro camino hacia aquel enorme edificio mugriento, donde tiraríamos a la basura un día de nuestra vida limpiando mierda a base de bien.

Aquellas  caras que nos observaban con una mezcla de pasotismo militroncho y curiosidad ya me eran familiares,”demasiadas cocinas”,pensé, “llevo demasiadas cocinas en esta puta mili, el furri es un cabrón”.

Empezó la maldita rutina: se echaba a suertes quién fregaba los vasos, el mejor destino en cocina… una vez más no tuve suerte, me tocaba barrer y fregar el comedor, el inmenso comedor…

Me puse a barrer en cuanto se marchó el último soldado, me había tocado con dos compañeros más, de los cuales no recuerdo su nombre aunque recuerdo que eran buena gente y juntos nos pegamos la gran barrida de por la mañana. Una vez que el comedor quedó como los chorros, descansamos en una de las mesas cuando uno de los encargados de la cocina puso encima unas barras de pan, unos embutidos y briks de zumo con varios vasos. Nos había estado observando y, como habíamos currado como bellacos, nos invitaba a un piscolabis. No era habitual que la gente trabajara mucho, pues la mayoría  pasaban de darse la gran paliza barriendo y fregando, e incluso para muchos era la primera vez que agarraban un mocho.

La hora de la comida llegó y cientos de soldados entraban al comedor para dejarlo hecho una porquería, por lo que la faena volvería en breve.  Durante la recién entrada tarde, la barrida iba un poco más lenta, las fuerzas ya no eran las mismas y en aquel maldito comedor hacía un calor de mil demonios, Junio en Melilla podía ser muy caluroso. Yo puse mi mente en standby y mientras mi escoba y fregona bailaban de un lado para otro, mi mente estaba en la ya próxima Madrid, donde mi familia,novia y amigos me esperaban. El encargado de antes, al vernos currar sin levantar la cabeza, incluso nos puso un cassette, donde una de esas radios de todo música nos amenizaban el trabajo.

La cena volvió a dejar nuestro flamante comedor hecho unos zorros de nuevo, así que volvimos a barrer y fregar aquella maldita superficie…

Al fin, ya entrada la noche, terminamos, la cocina se acababa. Entonces el cabo, que era un pedazo de cabrón como pocos, nos reunió a todos y nos dijo que durante la noche vendría una compañía de regulares que estaba en Rostrogordo y que había que prepararles una cena para ellos, por lo que necesitaba que se quedara al menos dos de nosotros para un turno extra. Para saber quién lo haría se hizo un sorteo. No recuerdo cómo fue el sorteo, solamente se que fue un tongo como una casa y le tocó a mis dos compañeros, que eran del cuartel general, claro. Las miradas entre ellos los delataban. Yo tuve mucha suerte pues solamente pedían dos personas, por lo que yo quedaba libre.

En ese momento, me hirvió la sangre con la injusticia que se había cometido con mis compañeros y me fui derechito hacia el cabo y le dije:

-Yo me quedo también.

Él me miro pensando que era gilipollas, pero accedió con una medio sonrisa en esa cara de cabrón que de buena gana le habría borrado de una hostia.

Los compañeros se volvieron hacia mí y me agradecieron el gesto, gesto que no entendía por qué había hecho pero, aunque me tocaría estar currando hasta las tantas, me hacía sentir bien conmigo mismo…

Al poco tiempo la puerta se abrió y empezaron a entrar soldados llenos de suciedad, con barbas de chivo y patillas, signo inequívoco de veteranos de regulares. Se les puso en una zona preparada, aislada del resto pra que estuvieran todos en un mismo sitio y no ensuciaran todo el comedor. La cena era frugal, coronada por un vaso de leche y un puñado de galletas.

Los soldados venían eufóricos y los gritos, bromas y cánticos se oían por todo el edificio. Entonces sin saber cómo empezaron a tirarse galletas entre ellos y se montó una batalla campal donde la comida volaba por los aires, poniendo todo el comedor echo una mierda de nuevo…

Interiormente me cagué en su puta madre y sin que hubieran terminado, me puse a barrer como un condenado. Mis compañeros hicieron lo mismo, a ver si de esta forma se daban cuenta de que nos estaban puteando… pero no.

Eran las tantas cuando se fueron y el cabo nos dijo que podíamos ir a la compañía. Reventado, me disponía a huir cuando de la rabia, me volví y les dije a mis compañeros que me esperaran. Volé hasta el sitio donde almacenaban los zumos y saque todos cuanto pude, yo me quedé los que me guardé dentro del mono y los demás los repartí a mis compañeros. Fue una reacción un tanto tonta, fruto de la rabia. Los que trabajaban en la cocina seguramente ni se darían cuenta, pero cuando llegábamos al barracón pensé: QUE SE JODAN, el que no se conforma es porque no quiere…

P.D. La foto que he subido la he encontrado en intenet, al no encontrar unas que tenía del interior del comedor de Santiago, desconozco el autor, pero no tendré inconveniente en retirarla si el autor me lo dice.

 

 

Pues sí, habían pasado muchos, muchos meses desde que escribí mi útimo post.  De hecho ni siquiera entraba en el blog ni miraba los comentarios. Pensé que ya se había acabado esto de contar historias. No obstante, hace poco me dio por entrar y me sorprendí de la cantidad de visitas que he recibido durante todos estos meses y los comentarios sobre mis memorias melillenses. Así que he pensado que, al menos terminaré mi historia por capítulos sobre aquellos increíbles nueve meses en Melilla y, ya veremos, alguna cosilla más caerá.

Muchas gracias a los que habéis comentado alguna vez en este blog y a los que habéis dedicado unos minutos a leer mis “aventuras”

Vista_desde_Melilla_la_ViejaPor fin había acabado el desfile de las FAS 1996. Los permisos quedaban abiertos para los soldados que, como yo, llevábamos cien días seguidos en Melillla. Aquel lunes, primer día en el que se podían presentar solicitudes de permisos la oficina del furriel estaría hasta arriba. Yo presenté la mía en buena hora gracias a que pude subir cuando mis compañeros estaban en sus respectivos destinos (ventajas de ser oficinista archivero). Era de los primeros, por lo que tenía muchas papeletas de que me las aprobaran. Decidí irme a finales de junio, unas tres semanas después de la solicitud, para que me diera tiempo a buscar billete con tranquilidad. Estaba ansioso por volver a casa, pero a diferencia de los primeros meses, tenía la suficiente paciencia para aguantar un poco y no salir escopetado.

Como tenía precio especial al ser mi padre trabajador de Iberia, todo se reducía a encontrar una buena combinación entre los aviones, pero solamente tenía descuento en los vuelos de Iberia, los de Binter o Paukn Air tenía que pagarlos y costaban una pasta. Además, para el día que había elegido irme (creo que era el 28 de Junio) había muy mala combinación para llegar a Madrid desde Málaga o Almería, por lo que me quedé un poco preocupado. No quería que me pasara lo del permiso de jura, viaje en el que casi me quedo en tierra.

Durante esos días daba gusto pasear por Melilla con mis amigos, disfrutando del sol y de las caminatas por el paseo marítimo hasta el club de tropa, donde tomábamos algo tranquilamente con el mediterráneo de fondo.Algo había cambiado, ahora mi compañero de instituto Antonio, con el que quedaba de vez en cuando me contaba cosas, sensaciones, estados de ánimo que yo ya sentía remotos, a pesar de que nos separaban tres meses nada más. Casi se podía considerar que era un veterano y como tal tocaba animarle . Un día, sentados en la terraza del club de tropa, Pedro, Sergio y yo comentábamos precisamente eso: tirando de calendario y con los días de permiso que nos quedaban por disfrutar, habíamos cumplido prácticamente media mili…

Media mili, pensé. Algo impensable. Estábamos a medio camino de quitarnos de enmedio el trago más amargo que nos habían puesto hasta esa época. Pedro aguantaba estoicamente hasta agosto, mes en el que había decidido irse de permiso, al igual que Sergio. De hecho Sergio dijo solemnemente:”el mes que viene puedo decir que el mes que viene me voy de permiso”. Esa demoledora frase demostraba las ganas que teníamos de irnos. Lo decía completamente en serio y aguantó el cachondeo general que hicimos al escucharla.

Un día  en el que estaba en mi oficina-cantina , apareció Eduardo Javier, el “Monaguillo” titular de la capilla castrense.Después de sorprenderse con la que me había montado el Brigada , me dijo ilusionado. ” Me voy de permiso dentro de una semana, voy a necesitar que me sustituyas…”

Me llevé una gran impresión. Creí que eso se había quedado en punto muerto, pero al final cumplieron su palabra, como siempre,  y en breve sería “monaguillo” suplente de la capilla castrense de Melilla. Me dijo que me reclamarían unos días antes para enseñarme todo el tinglado, por lo que dejaría la vida castrense durante casi dos semanas. Entonces hice algo que no pensaba que haría jamás: Hablé con el furri y anulé el permiso, ya haría otra solicitud cuando pasara la temporada en la iglesia. Una sensación extraña me invadió: ¿Y si no sabía defenderme en esos ambientes? Él no estaría allí, sería yo y solamente yo el que tendría que salir airoso de esa situación. Se me vino a la cabeza decir que no, pero se había portado fenomenalmente bien conmigo y no podía hacerle eso ahora. Me alegré mucho por él y le dije que cuando quisiera bajaría encantado.

La mili no dejaba de sorprenderme. ¿Yo monaguillo? Madre mía, con las ganas que tenía de irme de permiso.

Pensaba en todas esas cosas en la formación nocturna de retreta cuando de repente…

-¡Santos, Cocina para mañana!

Joder, otra cocina, todavía tenía pánico de acordarme de las anteriores, pero bueno, pensé que se pase rápido que me queda poco para irme, perdón, como decíamos los veteranos, ausentarme, ya que tendría que volver de nuevo a esta cuartel dentro de ese otro cuartel que era Melilla.

 

P.D. Este post va dedicado a todos los que me habéis pedido que termine la aventura por capítulos de mi mili, que se ha convertido poco a poco en también la vuestra, muchas gracias. Esta foto tan increíble de Melilla la he sacado de la Wikipedia

179702_558713920847684_1494203310_nEl mes de Junio entró por todo lo alto: un tiempo magnífico, calorcete por la mañana y fresquito por la noche, se adueñó del clima melillense y ya prácticamente no lo abandonó hasta casi el final de la aventura.  Junio era el mes crucial: una vez terminado el desfile podría largarme a casa nueve días. Cuando llegara el momento habría pasado cien días seguidos en Melilla, cien días de servicios constantes, puteos, ratas y demás lindezas africanas. A pesar de que seguíamos con la  misma ropa de cama desde el final de la UIR, de que la comida  seguía siendo infame y lo anteriormente expuesto, la vida en el cuartel se había, digamos “estabilizado”. Atrás había quedado Simón, el hospital militar, la anulación de permisos, robomoro… Echábamos la vista atrás y aquellos infernales primeros meses post UIR parecían una de esas pesadillas en las que despiertas y las puedes recordar durante mucho tiempo…

Nosotros seguíamos nuestra ahora rutinaria vida acostumbrados y adaptados al día a día militroncho.  Ahora ya solamente nos poníamos tristes  cuando recibíamos cartas de nuestra familia o amigos de la península.

Yo desconectaba del ambiente militar en la autoescuela JOCOMA  donde mi mente trabajaba en algo que no era de color caqui y podía estar con gente que nada tenía que ver con el ejército (todo un alivio) y así pasaron los primeros días de Junio hasta el esperado día “D”.

El día del desfile estaba muy próximo y solamente habíamos practicado un día en Rostrogordo. pero como íbamos en los camiones,no había problema, solamente con el CETME en “presenten” y a esperar a que se terminara…

Recuerdo que era sábado.  A primera hora nos sacaron en los camiones y bajamos la carretera de Cabrerizas en dirección a la avenida Juan Carlos I. Toda Melilla estaba engalanada con banderitas rojigualdas. En aquella época el ejército y la patria era una parte importantísima de la ciudad. Por todas partes había militares con el uniforme de bonito acompañados por sus familias , podían verse de todos los cuerpos aunque como siempre, los más vistosos eran los regulares y los legionarios.

Hasta que comenzara el desfile debíamos estar esperando en una de las calles aledañas al principio de la avenida y allí estábamos junto con los de la  AALOG 24. Un montón de militares vestidos como si a la guerra nos fuéramos: Chaleco antifragmentos, casco, trinchas con cargadores en los compartimentos… Habría sido un espectáculo de marcialidad si no fuera porque todos acabamos en un bar tomándonos un café con nuestros compañeros. Para más cachondeo, ese bar era el bar ” la Paz” o “paz” y era bastante cómico ver a los soldados ataviados para el combate con los CETMES en el hombro en un sitio tan “pacífico”, algunos nos lamentábamos de no tener a mano nuestras cámaras de fotos.

 

Por fin, se nos dio la orden de subir a los camiones y ponernos en nuestras posiciones. Los camiones arrancaron y nos colocamos en posición para “desfilar” después de los mastodontes de la AALOG, que al ser un grupo logístico iban con camiones cisterna y cosas así.

El sargento ordenó el “presenten” y nos “recomendó” que miráramos hacia arriba, el que no cumpliera sería convenientemente “matizado”.

Yo lo único que quería era terminar y pensar en mi permiso, para lo cual cumplí como el mejor ya que no podía consentir que me quitaran el permiso de nuevo por un estúpido arresto.

Puse el “presenten” y mi cabeza en ángulo de 45 grados, así cuando nuestro camión enfilaba la avenida solamente veía las filas superiores de los edificios modernistas  que flanqueaban nuestro camino. Desde mi sitio, alucinaba con cuánta gente estaba en las terrazas adornadas por la bandera de España, saludando y gritando y ,a pesar de que no debía, me salió una sonrisa estúpida.  Mucho habíamos pasado hasta este día, casi no habíamos ensayado y aún así estaba saliendo fenomenal o esa era mi sensación ya que no moví la cabeza en todo el trayecto, pero los gritos de ánimo de la gente y los saludos,  absurdamente me infundieron una extraña alegría. Me sentí extrañamente contento de estar allí participando en un evento que, aunque no iba con mi forma de ver las cosas, me gustaba. Era la misma sensación de la jura de bandera, estábamos allí para esto y lo hicimos bien.

LLegamos a la plaza de España entre vítores al ejército y gritos de “Viva España” . En la gran rotonda que se encontraba allí y al lado del palco donde las autoridades se sentaban en aquella grada construida por los compañeros de nuestra nave (lo que el primero Reboul llamaba el “amasijo de hierros retorcidos” ) giramos a la derecha y nos dirigimos de vuelta a nuestro cuartel. De fondo se oía la marcha de la legión que,  sus ciento y pico pasos por segundo desfilaban en ese momento por la avenida.  Los siguientes eran los regulares, el cuerpo que con su espectacular uniforme con capa blanca y paso lento dio como colofón el final del desfile DIFAS 1996.

Una vez de vuelta al cuartel, dejamos las cosas y vestidos de paisano volvimos a la avenida a continuar nuestra vida castrense, ese día fuimos al bar “PISCIS” a comernos los increíbles bocatas de pinchito melillense. Mientras charlaba con mis amigos pensaba en que lo primero que haría el lunes sería preparar mi solicitud de permiso y buscar vuelos a casa.  Ahora el permiso estaba muy, muy cerca…

 

P.D. Esta foto la encontré en el foro “la mili en Melilla”,  mili-en-melilla.forogratis.es/ un foro muy recomendable para recordar cuando fuimos soldados.

 

Qué cómodo debía ser ese sillón donde estabas sentada, que incluso no te levantaste  para ir  al banco ese día. Debías estar tan  a gusto que no respondiste a nuestras llamadas ni a los golpes que dimos  en tu puerta.

Si te hubieras despertado y hubieses  mirado  a tu ventana, podrías haberte partido de risa viéndome colgado de la reja con una linterna en la mano y la cara pegada a tu cristal, Pero… ¡Cómo ibas a despertar!,  si se te veía tan tranquila con tu manta en el regazo que  ni los gritos de la autoridad  te inmutaban…

No te preocupes, sigue durmiendo, ya no te molestamos más…

Que duermas bien, Marisol

 

 

 

robomoroHace unos años conté la historia que nos sucedió en Melilla sobre un personaje llamativo al que llamamos ROBOMORO. Siguiendo la línea temporal de la mili que estoy narrando, nos sucedió esta pedazo de aventura, la cual he retocado para insertarla en el momento en el que ocurrió. Si queréis leerla completa  con su acongojante (al menos para mí) final podéis hacerlo aquí :  https://rinconfilin.wordpress.com/2008/09/09/robomoro-mitad-moro-mitad-maquina-de-asaltar-todo-un-cabron/

ROBOMORO

Melilla seguía dedicándonos inmensas cantidades de tiempo, a pesar de los servicios mecánicos, disponible para escondernos del ambiente militar en cuanto tocaran paseo.

Aquel día, mi amigo Pedro y yo estábamos sentados en el parque Hernández cuando, sin venir a cuento y en medio de una conversación más bien anodina, de las de cuando estás fuera del cuartel y te faltan siglos para salir de allí, aparece un moro de la morería, un hijo de Ab-del-Krim de 1´90 por lo menos, con una cara de todo menos de bueno que se planta entre nosotros.

Con mirada ida y más fumao que toro sentado, le dijo a Pedro: “tú, dame cuarenta duros”.Pedro, como si se lo hubiera ordenado el general de división, se miró buscando esos cuarenta duros ,y algo más de propina supongo. Convencido de que el siguiente sería yo, me puse a pensar cuánto dinero llevaba, cuando….

No sé si sería el espíritu militar (la fiel infantería…), el hartazgo de que en esa puñetera ciudad no se pudiera estar a gusto nunca, no sé… , el caso es que de repente, me sorprendí diciendo : “Pedro, a éste no le des ni un duro” y me puse digno ante él, a las malas éramos dos contra uno, joder. Ahora pienso cómo sería el nivel de presión soportado en aquel momento para saltar en evidente inferioridad de condiciones contra un tío que tenía pinta de ser un auténtico cabronazo de pura cepa y pata negra. Pedro se sorprendió casi  más que él al verme enfrentado cara a cara con un tío que me sacaba una cabeza y puede que una navaja.

Por mi mente no pasaba nada más que la dignidad de alguien que estaba harto de que la tomaran con ellos como si de un saco de boxeo se tratara, estaba hasta los huevos de que no se pudiera vivir ni siquiera fuera del cuartel y a plena tarde.

Me miró con cara de mala leche y la tomó conmigo. “tú ten cuidado que un día de estos te voy a matar…”.

La leche, y yo ahí  parado, rígido,dispuesto a la batalla en cualquier momento cual bandera de la legión en pleno Aaiún. Ni todas las cabilas marroquíes habrían podido moverme de esa posición de la que el mismísimo Millán Astray estaría orgulloso… . Afortunadamente, el moro, sabiendo que estaba en desventaja se fue no sin antes amenazarme directamente a mí varias veces de muerte. Contándoselo a mi amigo Sergio salió el apodo de ROBOMORO aunque no recuerdo bien por qué, pero el cachondeo fue evidente…