Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Los Tiempos mozos’ Category

El tiempo, ese pequeño trozo de existencia que se nos ha dado,  es una maldita carretera de un solo carril en el que es imposible hacer un cambio de sentido. Solamente la memoria nos permite revivir, que no retornar, aquellas experiencias pasadas. De las malas (experiencias) no hablaré, pues esas vuelven como fantasmas cada noche para recordarnos que somos humanos y que como tales estamos formados, en parte, de ellas.

Hoy hace ya treinta y siete años que estoy aquí sobreviviendo, “buscando la belleza en este asqueroso mundo”, como decía Trecet  en sus diálogos 3. Es hora de hacer un alto en el camino y echar la vista hacia atrás para ver lo que he recorrido, dónde me encuentro y hacia dónde quiero ir.

Atrás quedan tantas cosas…personas y lugares remotos en el tiempo vuelven en ocasiones a la memoria, quizá más borrosos o idealizados, pero manteniendo esa sensación agridulce de nostalgia.  Familiares que ya no están, amigos que por alguna razón ,o tal vez ninguna, se distanciaron para siempre. Incluso lugares emblemáticos que ya no existen… o existen pero hace mucho que  no paso por ellos.

Desgraciadamente, en algunos casos existe también la conciencia de la efimeridad, es decir, tener conciencia de  que estás viviendo situaciones  que  por su naturaleza son efímeras, pasajeras. Saber que el pequeñajo de pelo rizado que corre, enreda y juega a todas horas por  casa, pronto dejará de ser niño y tener conciencia absoluta de que voy a echar muchísimo de menos jugar con él a los coches o a los superhéroes es algo que a veces me viene a la cabeza sin querer. Resulta realmente complicado sentir nostalgia “por adelantado” pero es algo que no se puede evitar en muchas ocasiones.

Supongo que me estoy haciendo mayor…

Read Full Post »

Corría el año 1993. Todos los amigos del barrio y yo, rondábamos los 18 añitos  (quién los pillara ahora). Era la época de los dragones y mazmorras, de los grandes partidos de fútbol, de aquellas inolvidables tardes de cine, de  viajes a KRAKOVIA… tantas y tantas cosas que ahora se han quedado reducidas a un recuerdo y , las más significativas, a  batallitas de blog…

El mes de Junio  fue muy caluroso, haciendo  del barrio un horno. Las clases acababan de terminar y, como no  podíamos ni acercarnos al polideportivo por el calor, nos dio por andar, desde el barrio pasando por la calle Alcalá hasta Manuel Becerra.

Aquella tarde íbamos, como siempre, desvariando sobre nuestras aficiones, música, fútbol, cine y demás cuando nos quedamos parados frente a una pared.

Esa pared estaba empapelada con carteles de conciertos entre los que destacaba sobremanera uno: El gran tubo doblado, símbolo del “TUBULAR BELLS 2 ” de Mike Oldfield. Aquel enorme cartel anunciaba un concierto en la plaza de toros de las ventas el 17 de Septiembre.

También explicaba los dos tipos de entradas que había: normal y sentado. El precio era muy alto para la época (4.000 pesetas), pero no había problema. Mike Oldfield era uno de los más grandes ídolos musicales para algunos de los colegas y por supuesto, míos. Nuestros gustos musicales eran excepecionalmente diversos; desde Mike Oldfield, David Arkenstone, Jean Michel Jarre, Loreena McKennitt, Enya o Himekami, pasando por Jethro Tull, Pink Floyd , Asia, Toto, Boston y similares, acabando por Helloween, Iron Maiden, Scorpions y grupos de esa cuerda. Quitando la estúpida música de discoteca, nos gustaba de todo.

Allí nos fuimos al CRISOL de la calle Goya,  escopetados, a por el anhelado boleto que nos permitiera disfrutar de una de las más grandes obras musicales de todos los tiempos.

Llegamos nada más abrir y en cinco minutos ya disfrutábamos de una entrada los cuatro a los que nos alucinaba. Era una entrada de las de antes. Grande, en color, con el logotipo tubular; y lo mejor de todo era que teníamos la fila 4.

Ese día empezaron las elucubraciones: ¿Llevará telonero? ¿ Será David Arkenstone el telonero?. Lo que parecía seguro era que íbamos a estar muy cerca, disfrutaríamos del Rock sinfónico impecable del maestro a escasos metros de él.

También era nuestro primer concierto, lo que convertía el recital en todo un acontecimiento. La ilusión disparada, las ganas de disfrutar de la música… todo era un maremagnum de emociones.

Pensamos incluso en largarnos después del concierto al aeropuerto a esperarle para que nos firmara la entrada, pero no llegamos a ese frikismo extremo.

Los tres meses de verano pasaron largos. No había día que no habláramos del concierto y, según se acercaban los días, se convirtió prácticamente en el único tema de conversación.

Por fín, el gran día llegó y juntos cogimos el 106, aquella línea de bus que tanto habíamos usado y que aún tendría yo que usar muchos años más.

Ahí llegó el primer y gran chasco de la noche. Estábamos en la fila 4, sí, pero de las gradas de la plaza de toros. El escenario quedaba a varios metros, quizá cientos. Después de la gran desilusión, empezó el telonero. Había telonero,  un guitarrista flamenco que empezó bien, pero al rato ya nos aburría y cabreaba al mismo tiempo. Queríamos oír el sonido metálico de las campanas tubulares y lo queríamos YA.

A las 9:30 en punto empezó lo que quizá ha sido el mejor concierto al que he asistido en mi vida.  El escenario se pobló de decenas de músicos en lo que era una especie de concierto clásico con instrumentos de Rock. Creo que nunca he aplaudido tanto. Disfrutábamos cada segundo, cada nota, cada sonido. En el momento en el que los gaiteros del tema “tatoo” aparecieron, toda la plaza se vino abajo. Estábamos totalmente rendidos al sonido espectacular y el montaje de lujo de Mr. Oldfield, que , al frente de los músicos pasaba de un instrumento a otro con la maestría de un genio. De los teclados a varias guitarras acústicas, españolas, eléctricas, banjo, y por supuesto las famosas campanas tubulares, provocando una vez más el éxtasis de las veinte mil personas allí presentes.

Había pasado más de una hora y media largas cuando, después de terminar su opus y hacer varios bises y canciones clásicas, el escenario se apagó. Todos aullábamos de rabia con el grito de “otra, otra” y cuando parecía que ya todo estaba terminado, se encendió un foco hacia el centro del escenario. Allí apareció con una mandolina el señor Oldfield para deleitarnos con el final del “TUBULAR BELLS “, llamado también, “Sailor´s hornpipe” , comenzando pausadamente y terminando con una velocidad endiablada. Dos columnas de fuegos artificiales anunciaron el fin del concierto, esta vez definitivo.

Nos fuimos a cenar al McDonalds de la calle Alcalá hablando, recreando, contando miles de anécdotas acerca de lo que sería a la postre uno de los mejores momentos compartidos con mis amigos de toda la vida David, Miguel y César.

Muchos años después encontré el audio de ese concierto, aunque la calidad es mala y el concierto está empezado,  merece la pena oírlo y volver a recordar aquel fantástico 17 de Septiembre de 1993.

 

Aquí os dejo el link por si a alguien le interesa.

 

http://www.megaupload.com/?d=DE08QWA5

 

Read Full Post »


    El día en que todo se volvió gris volví a andar el camino que durante tantos años  había recorrido, sabiendo que esta vez  sería la última.

El encapotado cielo de enero rabiaba de frío, ese frío duro, inclemente, que hiela la sangre,aunque, la sensación de gelidez habría sido exactamente la misma si   ese día   el sol hubiera radiado con su máxima fuerza.

A mi mente venían una y otra vez los recuerdos de otros tiempos más sencillos cuando paseaba por esas mismas calles de la mano de mi madre.

Al pasar por aquel edificio alto que sobresalía de los demás, sin saber por qué, me acordé de aquel pobre perrillo que siempre estaba en la ventana del bajo que daba justo a la acera,  por la que siempre pasábamos. Recordé aquella mirada triste, anhelante de  poder estar al otro lado de su prisión de cristal. Mi madre y yo lo mirábamos al pasar con pena y, con esa ilusión que sólo un niño puede tener,  deseaba que algún día lo consiguiera. Desperté de mi recuerdo al  darme cuenta de que había estado parado en frente de aquella ventana durante minutos.

Me obligué a continuar andando. Los rojizos edificios parecían teñidos de ese color gris mortecino y los escuálidos árboles, huérfanos de hojas, se veían contagiados por ese sol que se negaba a salir y daba un aspecto lóbrego a todo lo que me rodeaba.

Cómo pasa el tiempo, pensé. Aquel barrio había sido mi segunda casa durante muchos años. Nunca pensé que ahora había   que despedirse de él de esta forma. Algo desde dentro se negaba a aceptarlo, como si de  un mal sueño se tratara, parecía que al poco me despertaría y volvería todo a la normalidad…

Enfilé la calle del castillo de Peñafiel: ahí estaban esos edificios bajos de color morado  flanqueados por  dos hileras de coches en las que, cuando éramos críos, rebuscábamos mientras pasábamos con nuestro viejo 127 para adivinar quién había llegado antes que nosotros.

En seguida llegué a la puerta del portal. Antes de entrar eché un vistazo alrededor… Ese familiar espacio de tierra delimitado por tres árboles había sido muchas cosas durante esa época: estadio de fútbol, lugar de intercambio de cromos, reunión de primos…

Me decidí a subir a la casa que había sido cuartel general de tantas reuniones familiares, de nochebuenas y nocheviejas, de esas mañanas de reyes donde todos los primos nos reuníamos para pasar inolvidables momentos de infantil felicidad. Volvía a haber reunión familiar, reunión triste  esta vez, de despedida y llantos.Conocía esa casa a la perfección, incluso  parecía todo normal… Casi esperaba que ella apareciera para darme un beso como hizo siempre.

La casa estaba llena de gente, como hacía años no estaba. Habría parecido normal, de no ser por ese maldito color gris, que  inundaba todas aquellas  habitaciones donde de pequeños lo pasábamos tan bien. Lamenté que mi última tarde esa casa fuera tan  oscura, tan amarga…

Tenía la seguridad de que esa  sería la última vez que me encontraría allí; una y otra vez observaba esa mesa con tapete de ganchillo, esas sillas chirriantes, el mueble, presidido por aquella vieja tele Westinghouse  adornado por una enorme cantidad de fotos enmarcadas en un intento de mantenerlo en mi memoria ¿ Qué pasaría con todas esas cosas? Para mí eran tesoros de valor incalculable, algo que sería delito cambiar, mover o tirar.

Entonces, llegó la hora de abandonar para siempre la casa y empezaron las despedidas de rigor hasta que, poco a poco, ese pequeño piso de San Blas  quedó completamente vacío.

Del momento en el que se cerró la puerta para siempre, sólo recuerdo nítidamente una cosa: ese maldito y odioso color gris…

Read Full Post »

Recuerdo la época en la que el barrio era nuestro único  mundo. Más allá  no existía nada, ni nos atrevíamos a aventurarnos solos por aquellos parajes distantes. Apenas unas cuantas calles eran suficientes para nosotros, pobres críos que con una pelota medio pinchada y algunas visitas financiadas con cinco duros a los frutos secos éramos felices. No existían las depresiones ni los transtornos de ansiedad, nunca oímos hablar de hipotecas ni de enfermedades que se salieran de las comunes como resfriados o gripes.

En el colegio, alucinábamos con las historias de Don Ángel y , en el patio , cada día viajábamos veinte mil leguas bajo el mar metidos en aquel entrañable “NAUTILUS”. Ya en casa, Nuestros Spectrums echaban chispas con aquellos prehistóricos juegos monocolor que nos transportaban, con mucha imaginación, a fantásticos lugares donde luchábamos con monstruos de pesadilla montados en nuestras naves espaciales.  En la tele sólo echaban “Barrio Sésamo”, excepto los fines de semana que los lagartos  de “V” nos preparaban el terreno para la posterior batalla de pistolas de juguete en invierno, y de agua en verano. A veces subíamos a casa de alguno para ver alguna parte de la trilogía de “la guerra de las galaxias” en versiones piratas de calidad infame en los vetustos VHS o  BETA.

El tiempo pasó tan rápido que penas nos dimos cuenta, nuestro mundo poco a poco se fue haciendo más grande. Cada vez más cosas por hacer, más oportunidades. Después sin querer, de forma instintiva,  nos distanciamos buscando nuestro hueco en la vida.  Nos hemos hecho mayores, nos hemos casado (casi todos), hemos hecho cientos de cosas distintas a las cuatro cosillas  que hacíamos de críos en nuestro insignificante mundo de cuatro calles y aún así, no puedo evitar sentir una terrible nostalgia al acordarme de aquel barrio lleno de obras, de los descampados en los que jugábamos, de mis amigos y de aquella reducida vida infantil  tan increíble que tuve la suerte de compartir con ellos.

Read Full Post »

DE VEZ EN CUANDO…

De vez en cuando la vida te da un respiro, un pequeño paréntesis en esta dura vida ” de mayores ” y se porta bien permitiéndonos volver a otros tiempos en los que nuestras preocupaciones eran simplemente si llovería al día siguiente o si tendríamos ocupado el campo de fútbol del polideportivo.

Hace unos días volvimos a juntarnos los amigos  ” de toda la vida “. Hacía tiempo que la idea rondaba pero nunca dejó de ser eso, una idea, llena de buena intención, pero nada más.

Gracias a Roberto,  se pudo materializar y, al fin, conseguimos reunirnos casi todos los que fuimos hace ya muchos años, inseparables amigos.

A pesar de todo el tiempo que ha pasado desde la última vez que nos juntamos, la sensación era mágica. L0s lazos que siempre nos habían mantenido unidos seguían estando allí, igual de fuertes que entonces…   Ya no importaba dónde estábamos sino CUÁNDO. Habíamos vuelto a ser los chavales de siempre  aunque todos tuviéramos pareja o hijos acompañándonos.

Hubo tiempo para todo. Para acordarnos de los que no habían podido venir y para recordar todas las batallitas que pasamos juntos; esos pequeños tesoros que intento reflejar mal que bien en este “almacén”.

No pude evitar sentir cierta sensación extraña al ver a nuestros hijos jugando juntos de  la misma forma que nosotros lo hacíamos hace ya más de 30 años. Quizá era el vértigo de sentir cómo el tiempo vuela, cómo habíamos pasado de ser unos niños a ser unos hombres cercanos a la cuarentena tan rápido, sin darnos cuenta.

Corrieron las risas, las bromas, la alegría de vernos de nuevo. Salieron de nuevo palabras casi olvidadas como “cholita” o ” krakovia”,  nos pusimos al día en cuanto a compartir nuestras vidas con los demás y dimos gracias por poder volver a vernos a pesar de algunos problemas graves de salud.

Cuando llegó la hora de irnos, decidimos que habría una segunda reunión. No podíamos dejar que esta amistad se volviera a alejar durante otro lapso de tiempo tan largo.

Por mi parte, al coger el coche ya de vuelta a casa, sólo podía pensar en lo tonto que había sido al permitir habernos distanciado de las personas que, a pesar de todo el tiempo que hacía que no les veía, significan tanto para mí.

Read Full Post »

Esta foto congeló para siempre uno de los momentos en los que más cerca tuvimos un título.

Corría el año 1994. El “krakovia” era ya una realidad. Oficialmente nos habíamos estrenado hacía unos pocos meses en el torneo “Eva Perón” haciendo un papel bastante digno(con uno de los poquísimos goles que marqué en toda mi “carrera”). En esa época éramos una pandilla  a prueba de bombas y recuerdo con cariño todos  y cada uno de los momentos que compartí con mis amigos en esa inolvidable época.

Nos apuntamos a  un torneo de verano en el barrio madrileño de La Elipa. Seguíamos teniendo esa necesidad adolescente de querer comernos el mundo en todos y cada uno de los aspectos de la vida, y ése no era menos.

A una hora en la que todavía hacía un calor infernal, nos presentamos con nuestra flamante indumentaria gris y negra, dispuestos a dejarnos hasta la última gota de sangre en el campo.

poco antes de empezar el partido, llegaron nuestros contrincantes: Se llamaban “Argelia” y entonces nos dimos cuenta del por qué: un montón de gente que, por aquella época no era frecuente ver, procedían de dicho  país con un entrenador que bien habría pasado por uno de los traficantes de armas que salían en las series ochenteras “El equipo A” o “Corrupción en miami”.

Nuestra calidad se reducía casi siempre a dejar que los hermanos Dani y Raúl se sacaran alguna jugada de  las suyas, mientras nosotros más o menos aguantábamos el tipo.

Nuestras fuerzas poco a poco empezaron a menguar a causa del calor sofocante que reinaba. Después de un titánico esfuerzo y cercados en los últimos minutos por los africanos, se decidió sacar a Jose al campo. Podíamos decir que mucha técnica no tenía y su primera intervención al ir a dar un balón fue definitiva al pasar éste por debajo de su pierna y propinar un tremendo patadón en la tripa al contrincante. De todas formas, se consiguió una victoria agónica, pasando tal cantidad de apuros que recordaba a los partidos del atleti.

Una vez terminado el partido, el árbitro nos vino a decir que estábamos clasificados para semifinales ya que se habían presentado pocos equipos. El espectáculo era un poco patético. Algunos vomitamos, otros estaban a un p: ¿?aso de la lipotimia, pero qué cojones, estábamos en semifinales, a un paso de la final.

Entonces se nos presentó un grave poblema que minaría el ánimo del equipo durante los días previos al partido: ¿quién se quedaría el trofeo?. Buenas peloteras se formaron. Todo el mundo quería tenerlo en su casa y reclamarlo significaba enfrentarse al resto. La ilusión de conseguir una copa era tal que se decidió que lo turnaríamos una semana cada uno en una decisión salomónica que, vista con la perspectiva del tiempo, me hace sonreír mientras escribo.

Por fin, el día del partido llegó. Una buena noticia nos hizo tener aún más ganas de jugar. El equipo rival venía sin reservas y sus integrantes  parecían salidos de una biblioteca(ahora se les llamarían “frikis”).

Ahora sí que lo teníamos cerca. Seríamos campeones. La final estaba a un paso…

Los “frikis”  sin reservas nos metieron un baño que nos quitó la tontería de un plumazo. menos mal que vinieron los justos si no no sé qué habría pasado.

Read Full Post »

En la época en la que nuestros spectrums echaban chispas de tanto jugar con ellos, en la que nuestras preocupaciones se reducían a ver si no llovía para que no se nos fastidiaran nuestros partidos de fútbol, había un lugar de referencia, el sitio donde más tiempo pasábamos después del polideportivo. Ese sitio era el videoclub REX.

El REX era el típico videoclub de barrio de los 80.  Este tipo de locales tuvo su gran apogeo en la época dorada de los  reproductores de vídeo, cuando competían el BETA , el VHS y en menor medida, el 2000.

Para nosotros era el lugar donde descubríamos nuevas películas, nuevas formas de entretenerse. Por aquel entonces, se estrenaban multitud de títulos de esos que ni siquiera pasaban por los cines y, grandes aficionados al cine, todos los fines de semana acabábamos alquilando alguna cinta, generalmente de terror, aunque también eran muy de nuestro agrado las bizarras producciones de acción de unos STALLONE, SWARZENNEGGER y similares, en su época de esplendor.

Muchos de esas pelis, ahora son de las que llaman “de culto”. Teníamos la manía de alquilar cosas que , veinte años después, es prácticamente encontrar ni siquiera una referencia en internet. 

El REX Tenía dos tipos de películas en cuanto al alquiler se refiere. Los estrenos más o menos normales que editaban las multinacionales de siempre, con su precio “normal” de 200 pesetas, y la zona “barata”. Por veinte duros podías alquilar películas de distribuidoras desconocidas, normalmente nefastas y supercutres. Ahí teníamos un filón, pues las otras casi siempre estaban alquiladas.

En esa zona “oscura” descubrimos, por ejemplo,  la apócrifa continuación de ” la noche de los muertos vivientes” en la que, solamente ver la portada ya te daba miedo de lo cutre que era.  Poco a poco, el REX se convirtió en nuestro templo sagrado, nuestro lugar obligado de fines de semana. Entre todos, por poco dinero, pasábamos unas tardes magníficas. Después de nuestro partidito de rigor… ,  una peli ochentera, normalmente de ínfima calidad, pero para nosotros eran la leche, y si eran insoportables, se sustituían por una tertulia tipo “qué grande es el cine” pero sin aburrir a las piedras. La  casa de Dani y Raúl eran nuestros cines particulares, y allí fueron incontables los tostones que nos tragamos.  Me vienen a la memoria películas como “el espíritu del zombie”, cosa que no duró ni diez minutos dentro del reproductor, muchas de las de Chuck Norris, hasta las de Pajares y Esteso, películas en las que nos partíamos de risa. Incluso nos vimos las de los Hombres G, algo que aunque no se podía decir en público, coincidimos todos en que nos gustó, qué leche.

Como suele ser normal, el tiempo pasó y dejamos de tener interés en esas cosas y, poco a poco, empezaron a desaparecer los videoclubs, con el auge de las televisiones privadas. Un día, cuando volvía del instituto, comprobé que las puertas del REX no volverían a abrirse nunca. La verdad es que me importó más bien poco en ese momento, pero, al pasar el tiempo, uno recuerda cosas que aunque, fugaces, te dejan un recuerdo imborrable.

P.D. Sirva también este post de réquiem para los videoclubs de nuestra infancia, complementarios al REX: El DISNEYLANDIA, el VIDEOCLUB 85, JONAVISIÓN, ANUSKA, y alguno que seguro me dejo.

Filín de Rusadir.

Read Full Post »

Older Posts »