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Archive for the ‘Crónicas africanas’ Category

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El verano melillense era de largo la mejor época que disfrutábamos desde que llegamos en aquel lejano Febrero a aquella increíble ciudad africana. Mis grandes amigos Pedro y Sergio ya tenían preparados sus respectivos permisos y prácticamente no les vería durante el mes de agosto que se acercaba raudo. Mientras tanto, Julio era una explosión de calor, pero mucho más soportable que el sofocante bochorno de Madrid: los días eran calurosos sin pasarse y las noches frescas y agradables. El tiempo pasaba mucho más rápido que al principio; ya éramos casi “wisas” y  el 3/95 cada vez veía más y más cerca su licencia. Casi todas las noches, después de la retreta, se hizo costumbre ver y sobre todo oír la tradicional “petada” de gorras, en la que en una escala ascendente de 1 a 8 todos compartíamos los meses que llevaban y lo poquito que les quedaba. Nuestros “chaquis” lo observaban con cara de anhelo, esa misma cara que teníamos nosotros apenas tres meses atrás. Ellos estaban pasando lo peor de la mili, pero contaban con la ventaja de que no tendrían que estar el horario completo durante esos primeros meses, lo cual era un punto a favor. Por contra, tendrían que pasar las navidades reventados en el cuartel, algo muy duro para el soldado de reemplazo, aunque a ellos les pillaría de “wisas”. La peor parte se la llevarían los nuevos.

Se puso de moda ya la canción “en estas navidades turrón de Rostrogordo, champán del Gurugú y aquí te quedas tú” así como otros clásicos como “Agua de coco, agua de coco, al wisa le queda poco” o la famosísima “Cuando veas pasar al mesías…”  Obviamente cantadas por este reemplazo a los que todavía nos quedaba algo de mili por pelar. Increíblemente yo ya empezaba a planear lo que iba  a ser mi vida “real” una vez finalizara la experiencia; en Septiembre recibiría la respuesta de la universidad. Había decidido continuar mis estudios y al mismo tiempo, buscaría un trabajo. El horizonte empezaba a dejar vislumbrar algo que se parecía mucho a lo que había dejado atrás. Pronto la mili se acabaría y todo esto no sería más que un recuerdo. El correo que recibía antaño de forma regular cada vez era más y más escalonado. Parece que tanto mis amigos y familia como y mismo, nos habíamos hecho a la idea y ya se había asumido mi marcha sin más. Esas cartas, antes mi único y deseado contacto con mi mundo, pasaron a segundo plano. Ahora mi mundo era ése, por fin me había desenganchado de mi vida real.

Dándole vueltas a todo esto y aún con el anterior permiso reciente, decidí pedir lo que sería mi última solicitud de permiso de la mili antes de la licencia. Mis amigos se iban y no me apetecía pasar días enteros sin ellos, con el riesgo de volver a comerme la cabeza de nuevo… No. No volvería a pasar por ahí. Además, gracias al páter y la colocación estratégica de los días en el calendario, me podía ir tres semanazas a casa, con lo que la mili quedaría tocada de muerte.

Con mi flamante hoja rellena me fui a ver al furri y marcialmente le ofrecí la solicitud, a lo que inmediatamente me contestó que no era posible irse de vacaciones en las fechas solicitadas. El capitán Atienza había cortado los permisos  por falta de personal. Al parecer se había ido tanta gente que nos habíamos quedado en cuadro para esas fechas. Visiblemente molesto, discutí de nuevo con el furri, con el que cada vez me llevaba peor a pesar de ser de mi reemplazo y haber compartido situaciones difíciles. Al final, no sólo me fui sin permiso sino con un servicio de cuartelero para el día siguiente que me jodió sobremanera. Como era ya costumbre , tuve que retrasar de nuevo mis fechas de permiso para varias semanas después lo que tampoco me iba mal. Siguiendo con mis problemas cotidianos, creí oportuno presentarme de nuevo al examen de conducir teórico. Estaba preparado para ello y, sobre todo, harto de las clases que hacía unos meses me insuflaban un poco de aquella anhelada vida civil en mi maltrecha cabeza . De nuevo el pase de horas y de nuevo el paseo hasta el centro de exámenes de Melilla. Esa vez fui de militar, estaba tan harto que ni me molesté en cambiarme, solamente faltaba que me metieran un puro; se estaba fenomenal en Melilla en verano como para pasar unos días arrestado…

Salí de nuevo con la sensación de haber podido hacer más y volví a mi cuartel disfrutando  de las mañanas melillenses de ambiente puramente civil, muy distintas de las otras, cuando la ciudad parecía no querer mezclarse con nosotros, la estirpe maldita del soldado de reemplazo…

Cuando llegó la tarde, no me atrevía a llamar para saber mi nota, si suspendía otra vez tocaba renovar papeles y volver a repetir más y más clases teóricas. Un compañero del 2/96, mi buen amigo y compañero Villafainas, me pidió el teléfono e inmediatamente marcó el número de la autoescuela. Segundos después exclamaba… ¡¡Has aprobado!! Mis amigos me felicitaron inmediatamente de forma estruendosa y entrañable.  El siguiente paso fue llamar a mis padres y novia para comunicar la buena noticia. Esa misma tarde pasé por última vez por  la autoescuela JOCOMA a recoger mis papeles y preparar mis clases prácticas, que empezarían unos días antes de irme de permiso.

En el camino de vuelta al cuartel  volví  a acordarme de Simón. Si nos viera ahora, pensé. Ojalá hubiera aguantado hasta el verano… Comprendí que él ya no volvería a Melilla para  vernos, como dijo el día que se fue, supongo que era mejor así…

 

Foto sacada de WIKIPEDIA

 

 

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274533593Los días de permiso en mi casa eran ya un lejano recuerdo, pero l regreso al cuartel y a la vida militar ya no era tan traumático : el nuevo cuartel era mucho más tranquilo y además estrenábamos el nuevo horario de verano: a las tres de la tarde dejábamos nuestras obligaciones y tocaban paseo; nuestro día militar se acortaba sensiblemente ya que incluso si querías, podías salir a comer a la ciudad. Melilla en esa época del año daba gusto. Una temperatura agradable, con calor pero no ese calor sofocante que inunda ciudades como Madrid, reinaba durante todo el verano . La ciudad nos ofrecía sus mejores galas para que durante esos dos meses y medio que duraría la jornada pudiéramos compensar todo lo que nos había jodido. Se notaba además cierta relajación en los mandos, de tal forma que la jornada pasaba tranquila y hasta puedo decir a día de hoy, casi veinte años después, que se pasaba bien, realmente bien.

La mayoría de los compañeros del siguiente reemplazo, los “chaquis”, eran buena gente y pronto hicimos amistad con varios de ellos, concretamente uno, Santi, se convirtió en uno más de nuestra pandilla. Era de Cataluña, de un pueblo muy cerca del de Sergio y estaba destinado en el centro financiero, sitio que prácticamente nadie sabía que existía, lo cual allí era una ventaja.

Yo seguía con mis clases de autoescuela y me preparé para mi primer examen teórico. Trabajaba por las mañanas unas cuantas horas para preparar mis archivos, que habían quedado hechos un completo desastre después del traslado desde Santiago, pero sacaba un par de horitas diarias para estudiar. Me costaba mucho ir a la autoescuela y dejar a mis amigos por las tardes. El motivo por el que me apunté era aislarme durante un tiempo de aquel opresivo ambiente militar, pero ahora la mili mostraba una cara mucho más amable y ya no necesitaba sentirme tan civil. Ojalá Simón hubiera podido aguantar hasta el verano, pensé mientras recordaba cómo aquel chaval perfectamente normal, se derrumbaba psicológicamente sin remedio; seguro que habría remontado su situación y ahora estaría tan adaptado como nosotros.

El día del examen, me pedí un pase de horas y me fui de civil al centro de exámenes. En teoría debía ir de militar, pero me arriesgué a unos cuantos días de arresto saliendo como si tal cosa por la puerta. No sé si los mandos hacían la vista gorda, pero la verdad es que me dio igual; yo era casi un wisa ya y eso era parte de la “ley de mili”.

Como siempre que hago un examen, me encontraba muy nervioso pero estaba deseando quitármelo de en medio para no volver más a la autoescuela… El examen no me pareció excesivamente difícil así que lo hice y me volví al cuartel, pero esta vez por el camino más largo  que conocía, disfrutando de la Melilla de la mañana, la cual solamente pude disfrutarla cuando estuve en la capilla castrense. Ahora se veía como una ciudad normal y recorrer su paseo marítimo hasta llegar a la plaza de España era un auténtico placer. Se me hacía raro ver la avenida Juan Carlos I llena de gente y casi ningún militar. Era como si los civiles prefirieran hacer su vida cuando nosotros no estábamos, cosa que comprendía: tener a más de cinco mil veinteañeros en estado salvaje campando por la ciudad podía ser bastante poco apetecible.

Me sentía un afortunado, más de un pobre militroncho pasaría sus nueve meses en Melilla sin disfrutar de sus mañanas, con su “banderita tú eres gualda” tocada por las campanas del ayuntamiento, su ambiente de ciudad normal, sus edificios de estilo modernista…

Al llegar al cuartel, mis amigos me preguntaron qué tal me había salido el examen. Esa misma tarde lo sabríamos, así que tocaba esperar a ver si sonaba la flauta…

Por fin,  a eso de las cuatro de la tarde, con el cuartel medio vacío, me decidí a llamar y… había suspendido por una pregunta, mala suerte soldado. Me sentó bastante mal, no por haber suspendido en sí, que también, si no porque tendría que volver a las clases en la autoescuela JOCOMA y gastar tiempo de mis tardes veraniegas en eso me fastidiaba sobremanera.

Entonces el mando de guardia, visiblemente sobresaltado, salió de su cuarto y, llamando a un cabo se fueron escopetados hacia la garita que daba al descampado de la avenida de Hidún. Esa garita estaba custodiando un muro rodeado de terreno, el típico descampado de ciudad. Era lo más retirado del cuartel y allí se hacían las guardias y refuerzos más tranquilas, por no decir que eran un coñazo insufrible.

Parece ser que, el personal de guardia del  cuartel de Santiago, que quedaba justo en la otra acera, habían llamado porque habían visto un cuerpo tendido en dicha garita y durante varios minutos no se había movido. A escasos  centímetros de él, un CETME yacía tirado en el suelo. La desasosegante escena había causado alarma, avisando a nuestro suboficial que corría mientras algunos compañeros le seguían a cierta distancia.

El suboficial subió rápidamente las escaleras que accedían a la garita y allí lo vio: era un compañero del 1/96 de Galicia. Yacía a lo largo del poco espacio que había fuera del puesto. El suboficial se acercó  al soldado  y se dio cuenta de que estaba durmiendo como un angelito, un angelito que iba a estar quince días arrestado, pero angelito a fin de cuentas.

Cuando el resto del cuartel se enteró, se montó un cachondeo general que hacía tiempo que no se veía.  La mili nos obsequiaba de vez en cuando de cosillas que hacían que casi mereciera la pena estar allí. A los pocos días, un compañero de comandancia me vino a buscar para decirme que el páter me había dado tres días extras de permiso por buen comportamiento, así que lo tuve claro. Ene sos días me iría a solicitar un nuevo permiso y a buscar vuelos que me cuadraran con mis nuevos días. De esta forma, me podía coger casi tres semanas en casita lo cual era muy, muy apetecible…

 

 

 

 

 

 

 

 

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295xsogEl compañero que vigilaba en la barrera del cuartel de Autos me saludó mientras me observaba cargado hasta arriba con el petate y la inmensa bolsa, allí estaban  mis amigos, que me saludaron efusivamente mientras me ayudaban con el petate a descubrir mi nueva “casa”…

El cuartel de autos estaba dividido en  varias naves de las cuales estaban operativas tres: la más grande, donde vivíamos todos, era una enorme nave de dos pisos cuyas paredes blancas tenían escudos de las compañías que habían estado allí con anterioridad a nosotros. La disposición de las taquillas y los pequeños tramos de escaleras permitían una distribución de literas similar a las de las camaretas de otros cuarteles, es decir, agrupadas en vez de en línea, lo que permitía un poquito más de intimidad y separación de los “marroneros” La verdad es que estaba bastante mejor que aquellos barracones de Santiago. Los servicios eran también mejores y más amplios, habíamos salido ganando en el cambio.

Otro edificio funcional era la cantina. Un agradable espacio con una mesa de ping pong y una televisión presidían la sala, se podían adquirir bocadillos, bollos, bebidas… Me gustó, la verdad.  Pregunté a mis amigos por mi cantina apócrifa… Resulta que el frigorífico donde guardaba los pasteles y las bebidas ni siquiera eran del brigada y, un buen día, el dueño se la llevó y dicha pseudocantina pasó a mejor vida. En muy poco tiempo, habían pasado muchas cosas. La sensación era agradable, era un cuartel pequeño y solamente el cuartel general y el centro financiero vivíamos en él, eso también significaba menos mandos y sin Regulares, que tampoco estaba tan mal.

Las cocheras eran el tercer bloque operativo. Allí estaba Sergio con todos los compañeros conductores y mecánicos. Los decrépitos coches desplegados alrededor inundaban todas las plazas de aparcamiento, el cual  quedaba cerca del cuerpo de guardia, presidido por aquella magnífica parra que recordaba de la guardia anterior al permiso.

Mis amigos me dijeron que el traslado fue la leche y les dio muchísimo trabajo. Pensé que eso había sido la única gran currada de la que me había podido librar, hasta que me llevaron a mi destino…

Como no estuve vigilando el traslado y no había nadie más  los compañeros no habían tenido miramiento ninguno… Al abrir los archivos me encontré un auténtico desastre, el suelo estaba absolutamente cubierto de papeles, expedientes, legajos y trozos de estanterías desmontadas en cualquier lugar donde mirara. Tanto era así que no había forma de pisar en un sitio libre de restos de lo que fueron mis archivos. Muchos de esos papeles medio rotos por el traslado tenían el sello de “Confidencial”. Según las normas, si esos papeles se dañaban o se echaban a perder, uno se podía meter en un lío gordo. Había un trabajo descomunal que hacer, pero ya me preocuparía en su momento.

Sergio y Pedro estaban a punto de irse de permiso, ambos se iban a gastar todos los días que les quedaban. El febril ritmo que recordaba era mucho más lento para la gente del 1/96, los chaquis ya habían entrado en compañía y ahora los servicios se repartían mucho mejor. La “ley de mili” que hacía que los del último reemplazo se libraran de servicios había sido derogada por los mandos, así que ahora eramos muchos más y los servicios más reducidos.

La cocina no estaba operativa aún. Durante los desayunos, comidas y cenas, unos camiones nos recogían y nos llevaban de nuevo a Santiago, donde comíamos de nuevo en aquel infernal comedor que yo recordaba con horror.

El primer sábado lo pasamos dando una vuelta por el paseo marítimo, disfrutando  el verano Melillense, mucho más amable que el invierno. Comíamos en el “Piscis”,en “Bodegas Madrid” o en un bar cuyo nombre no recuerdo, pero era llevado por un camarero que equivocaba los pedidos frecuentemente, lo que hizo que desde ese momento lo llamáramos “el caraja”, y así se quedó para siempre.

Sentados en el parque Hernández, Sergio ya estaba impaciente por largarse, y contaba lo que haría en su Ripollet natal mientras Pedro parecía que le daba un poco igual irse que quedarse, estaba completamente adaptado. José estaba centrado en las oposiciones que estaba preparándose en la JLT. Álvaro tuvo que volver a Madrid de forma precipitada y Javi estaba en Valencia.

La vuelta después del primer permiso abrió una nueva “época” en la mili, mucho más agradable, con un ritmo más pausado… Distinto.

Empezábamos a sentir que aquella ciudad que habíamos odiado, que nos provocó tantos trastornos… Era agradable. Recuerdo que hablando de cosas “trascendentales” en el parque en una de nuestras tertulias, Pedro me dijo: “Estos son nuestros últimos momentos de libertad…” .

Aunque pensé que el concepto de libertad  distaba mucho de lo que teníamos, ahora, con casi veinte años de perspectiva pienso que mi amigo  no estaba tan desencaminado…

 

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002D7ME-111-P1_1Mi humilde barrio me parecía el paraíso terrenal: ni rastro de milicos, ni rastro de cuarteles… Pero ahora la cosa había cambiado, a pesar de llevar más de tres meses seguidos fuera, mi llegada no fue tan efusiva como durante el permiso de jura. Incluso por mi parte había algo extraño dentro de mí que no me dejaba tranquilo. Aparte de esa espada de Damocles que me recordaba constantemente que esto era algo pasajero, que Melilla me esperaba de nuevo con los dientes afilados, sentía que inexplicablemente encajaba mejor en aquel mundo “postizo” que en el que había crecido durante toda la vida.

Más de tres meses daban para muchas “batallitas” y así, mis padres, amigos, novia, hermanos, eran fusilados convenientemente con todas las “aventuras y desventuras” que yo, pobre soldadito, había sufrido directa o indirectamente. Todos  aguantaban estoicamente mi incontinencia verbal melillense hasta decir basta. En los momentos de descanso,tumbado en mi cama, tranquilo, sin tener que levantarme con el toque de diana, pensaba cosas que jamás pensé que me sucedería: echaba de menos a mis amigos de la mili…

Los días en casa pasaban rápido y poco a poco el día del retorno se acercaba de nuevo. Se podía decir que ya media mili estaba hecha y aquel lapso supuestamente interminable, aquel abismo que parecía infinito, empezaba a mostrar signos inequívocos de que realmente se acabaría más pronto que tarde, quizá iba más lento que cualquier otra cosa en el mundo, pero iba.

La sensación de temporalidad durante ese breve permiso no me permitió disfrutar todo lo que me habría gustado. Además, por la noche soñaba con frecuencia que estaba en el cuartel o en alguna parte de Melilla, lo que hacía que, aunque estaba en casa, una parte de mí no había cogido el avión…  Quizá la mili me estaba afectando demasiado.

El día que me presenté de nuevo en el aeropuerto, una sobrecogedora sensación  me atenazaba: estaba triste por volver a  dejar a mi gente, aunque tenía pensado volver a coger un nuevo permiso en breve, en cuanto se acabara agosto  volvería y me gastaría todos los días que me quedaran, que no eran pocos; pero en contraposición a ésta, las ganas de volver a ver a mis amigos de la mili eran casi tan fuertes que las otras. ¿Cómo era posible? Después de haber odiado todo lo que tuviera que ver con Melilla con todas mis fuerzas, ahora me apetecía tomarme un bocata en el “Piscis”  rodeado de mis amigos…

De nuevo, el olor a mar característico  y ese familiar paisaje cuajado de palmeras, me devolvió a lo que era ahora la realidad. Recogí mis cosas de la capilla castrense y, camino del cuartel de Santiago, me encontré con un compañero, que vino a saludarme efusivamente. Después de hablar con él, me dijo al despedirse:

-Acuérdate que no tienes que ir a Santiago, ahora estamos en el cuartel de Autos.

Joder, pensé, nueve días en casa y ya la realidad ha cambiado radicalmente. Menos mal que me ha avisado.

Con mi petate y una gran bolsa al hombro, subí la avenida juan Carlos I y enfilé la carretera de Hidún donde se encontraba mi nuevo cuartel, mi nueva casa…

 

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1290475La primera tarde en el cuartel después de la aventura en la iglesia, mi amigo Sergio y yo paseábamos por Melilla casi a paso legionario: Íbamos directos a las oficinas de PAUKN AIR. Había pedido al furri  el “pasaporte” y el certificado de residente en la ciudad. El “pasaporte” era un documento con el cual el gobierno te subvencionaba un viaje a casa en el trayecto más barato, o sea, barco y tren. Lo bueno era que podías cambiarlo por un medio más rápido, pagando uno la diferencia, claro. Solamente tenía derecho a un pasaporte, quitando el de llegada y el de la licencia.

Con esos dos papeles en la mano, podía sacar un billete directo de ida y vuelta a mi casa por muy poco dinero. Con la solicitud de permiso aprobada, me quedaba más o menos una semana para largarme durante 10 días de Melilla. Habían pasado unos cien días seguidos allí desde que volví de la jura de bandera. Tantas y tantas anécdotas se agolpaban en mi mente: Simón, Willy, Robomoro, la iglesia… Las clases de la autoescuela iban lentas ya que había días en los que necesitaba quedarme con mis amigos o ellos necesitaban que yo me quedara, pero no me preocupaban…

Estaba deseando volver a mi casa pero ya no tenía la urgencia de hace casi cuatro meses. El tiempo era magnífico en Junio en Melilla, los días eran largos y los chaquis habían entrado en compañía por lo que la frecuencia en  los servicios había bajado. Era curioso, nos habíamos acostumbrado a vivir entre basura y  hacinados e incluso había  ratos en los que casi no pensábamos en casa. Los momentos de descanso los pasábamos o bien en el club de tropa o paseando por las calles y parques  de Melilla. Poco a poco empezábamos a disfrutar de una ciudad preciosa aunque de vez en cuando nos veíamos obligados a hacer algún servicio que nos hacía regresar a la cruda realidad castrense.

Entramos a las oficinas de PAUKN AIR y curiosamente,no había nadie. Así que en unos minutos mi mano sostenía un flamante billete de avión a Madrid. Sergio me decía una y otra vez aquello de “el mes que viene puedo decir que el mes que viene me voy de permiso”. Él tenía pensado cogerse todo el permiso seguido en Barcelona. Yo necesitaba partirlo, no podía volver a pasar tanto tiempo seguido sin ver a mi novia y familia. Los llamé a todos para decirlos que ya tenía todo y que en pocos días volvería durante 12 días a casa: la mitad de los días que me quedaban de permiso. La otra mitad me los guardaría para otro permiso que ya cogería en su momento.

Cuando presenté el billete al subteniente (había que presentarlo para demostrar que te ibas, ya que estaba prohibido quedarse en la ciudad) me dijo: “Cuando te vayas, llévate todas tus cosas. Deja la taquilla vacía porque cuando vuelvas lo mismo estamos ya en otro cuartel.”

Era cierto, dejábamos Santiago y nos íbamos al cuartel de Autos, justo enfrente. Me fui directo a la iglesia a hablar con E. Javier para decirle que el día de antes de irme le llevaría unas cuantas cosas. Accedió con una sonrisa, como siempre.

En la retreta, curiosamente mi nombre surgió para una guardia. El cabrón del furri cogía a los que pedían permiso y los obsequiaba una cocina, un refuerzo o una … ¿guardia?

Había un servicio de guardia nuevo y se hacía en el cuartel de Autos, que llevaba unos días vacío, así que nos encargábamos de “cuidarlo”…

Aquella guardia fue muy suave, ya que se trataba de cuidar un recinto vacío:

El cuartel de Autos era otro centro decrépito. El cuerpo de guardia estaba cubierto por una gigantesca parra de donde colgaban racimos de uvas que nadie cogía. Allí se habilitó el comedor, ya que no se podía entrar a las naves.

La parra daba una sombra estupenda y en los tiempos entre servicios nos sentábamos a “disfrutar” de un par de horas agradables. Junio en Melilla era magnífico . Durante esos días en los que el cuartel estaba vacío, solamente un suboficial estaba con nosotros, así que las guardias eran bastante suaves, aunque por la noche la cosa cambió un poco: los colchones de las literas del cuerpo de guardia estaban infestadas de chinches… Era espectacular cómo le dejaban a los compañeros los brazos de pequeñas heridas. Cuando me tocó dormir me dejé la gorra puesta y puse los brazos como los muertos de las películas. Dos horas después me levanté rápidamente:por suerte no tenía ni una sola herida…

La guardia terminó y ya sólo quedaba volver a casa… El día del viaje me fui con mucho tiempo al aeropuerto. Disfruté aquel tiempo leyendo e imaginando que esa misma noche dormiría en mi cama en compañía de los míos sin preocuparme de ratas, mierda o imaginarias.

Sentado en mi asiento, me sentía ansioso de regresar, en el fondo estaba asustado, después de las experiencias pasadas y esperaba que en cualquier momento pasara algo: retrasos, cancelaciones… Que sabía yo.

Pero el vuelo acabó sin incidentes. Desde mi ventanilla volví a ver el cartel “Aeropuerto de Barajas”. Mi padre me esperaba de nuevo, pero esta vez solo. Volvía ver el  barrio, aquel que  parecía tan remoto en el tiempo…

Empezaba mi primer permiso desde la jura de bandera…

 

 

 

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descargaEsos días con Eduardo Javier me valieron para foguearme en ese curioso mundo religioso-militar. A pesar de que realmente el destino era uno de los mejores, si no el mejor, de toda la ciudad de Melilla, yo me sentía bastante mal al pensar en el tiempo en el que iba a estar sin ayuda en mi nuevo puesto.

Al fin, me quedé solo… La primera misa pasó sin nada reseñable. El páter Daniel seguía rigurosamente su rutina y en poco más de media hora, las puertas de la iglesia castrense se cerraban hasta la tarde… Entonces la ciudad se me vino encima. Esas mañanas civiles que disfrutaba con Eduardo Javier como si fuera un ciudadano más ahora me machacaban la mente ya que me sentía increíblemente solo, aislado y eso era lo peor que te podía pasar en Melilla. 

Durante las comidas, volvía a estar con mis amigos Juan y Jose, y por las tardes nunca me fallaron Pedro, Sergio, Álvaro y Javier , así que más o menos conseguí, una vez más gracias a todos ellos, no derrumbarme.

Un día, mientras los feligreses rezaban el rosario al tiempo que el CD lo recitaba, yo preparaba todo para la misa de la mañana cuando un señor apareció dentro de la sacristía. El aspecto, alto con bigote fino y recortado, delgado y con gafas de sol me daban a entender que se trataba de un mando jubilado. Con muy malas formas se me acercó y me dijo:

-¿Eres tú el que ha puesto el rosario? -Dijo de forma agria.

-Sí… Conseguí balbucir. Algo había hecho y no sabía qué.

-Tú no sabes que has puesto (aquí dijo algo que no consigo recordar, tenía que ver con el día. Parece ser que cada día tiene un rosario distinto, para que lo entendamos. Pido perdón por mi ignorancia al respecto)? ¡Eso es para los miércoles y estamos a Jueves! ¿Es que no lo oyes?

Me acerqué a la iglesia e hice como que escuchaba. Para mí eran todos iguales y no tenía ni la más mínima idea de si estaba bien o mal. Entonces la bombilla de la desesperación se me encendió…

-¿Qué problema hay? hoy es miércoles-Dije a sabiendas de que era jueves.

-Estás tú bueno muchacho, hoy es jueves. ¿ No sabes ni en qué día vives?

-¿Jueves? ¡Estaba convencido de que era miércoles! qué cabeza la mía. Lo siento mucho, en seguida lo cambio. Muchas gracias por avisarme.

Con esa cara de desprecio que caracterizaba a la mayoría de los mandos hacia los soldados de reemplazo se fue tan rápido como había venido y, por supuesto sin despedirse.

 

Ahora me alucina cómo conseguí salir indemne de aquel follón. Si se llega a descubrir mi completa ignorancia en dichos temas podía meterme en un buen lío. Los siguientes días procuré esmerarme a tope con todo lo concerniente a las misas. Tanto fue así que la última mañana que venía el páter Daniel mientras le vestía me dijo que le había gustado mucho mi diligencia y mi buen trabajo, así que daba tres días extras de vacaciones.

Con José Luis era distinto. Siempre charlábamos un rato antes y después de las misas, pero la verdad es que intimidaba muchísimo. Siempre tuve la sensación de que sabía mi completa ignorancia en cuanto a temas religiosos. Aún así el trato fue ejemplar, las cosas como son.

Los Domingos, me tocaba pasar el cepillo. Era lo peor puesto que, según E. Javier, tenía que pasarlo “después de las ofrendas”. Aprendí el momento de pasarlo escuchando la misa muy atento hasta que el páter terminaba de decir ciertas frases que ya no recuerdo, pero que me aprendí a fuego. Era increíble la cantidad de pasta que se recolectaba en cada cepillo. Yo lo metía en una bolsa y el páter se lo llevaba.

La semana se acabó sin más incidentes. Javier volvió y le conté lo bien que había estado. Dentro de mí, a pesar de haber pasado casi dos semanas de casi civil, me sentí aliviado de regresar al mundo que conocía, el mundo militar del cuartel de Santiago donde mis amigos, casi mi familia, me esperaban. Me alegré mucho de volver a estar con ellos todo el día. Además el general nos había concedido otros dos días extras a los que desfilamos en el desfile DIFAS … ¡ Y me dirigí  a pedir mi permiso! Esta vez pedí mi pasaporte, no tenía intención de pasar lo que pasé durante el permiso de jura. No pensaba arriesgarme a quedarme en tierra, necesitaba cada segundo en casa como el comer.

Las cosas parecía que se ponían bien… Por fin.

 

 

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10177896_xMe levanté hecho puré. Eduardo Javier ya llevaba tiempo preparado y  esa fuerza y alegría que le caracterizaba (y que no perdió nunca) me contagiaba de tal forma que en muy poco tiempo ya estaba preparado para cualquier cosa que viniera.

Lo primero que hicimos fue limpiar la iglesia. Todos los días era rutina limpiar los bancos de la capilla, a pesar de que una mujer vendría a limpiar dos o tres veces a la semana. Era espectacular ver cómo Javier trataba y respetaba las cosas de la iglesia. Había sido misionero en Ecuador (creo recordar) antes de que la patria hispana le llamara para sentir el ardor guerrero Melillense. Yo había tenido muchos profesores curas y algunos eran personas fantásticas que se implicaban con su “misión”, pero Eduardo Javier era de esas personas que como yo digo, “emitía luz”. Mi opinión general sobre la iglesia en general nunca fue muy positiva, de hecho lo sigue siendo, pero hablar y tratar con   Eduardo Javier te hacía replantearte muchas ideas sobre esa institución. Pensé que si todo el mundo en la iglesia fuera como él, las cosas habrían sido muy diferentes, era una persona admirable.

Una vez que todo estuvo dispuesto, me explicó el proceso de apertura de la iglesia: las puertas media hora antes, las luces y la primera cosa que me dejó helado… El rosario. Antes de comenzar la misa, la gente que llegaba se ponía a rezar el rosario, para lo cual, teníamos un CD que había que poner todos los días, con la particularidad que cada día era distinto. Las explicaciones de Javier daban por hecho que más o menos sabía de lo que estaba hablando, pero no tenía ni idea.Entonces se me ocurrió apuntarme en un papel las pistas que tenía que poner cada día. Todo más o menos estaba controlado, excepto…

-Hay unas pistas en el CD que no se leen, por lo que tendrás que recitarlas…

Se me vino el mundo encima, no tenía ni idea de lo que tenía que hacer o decir… Estaba perdido. Entonces tuve un soplo de inspiración. Decía un pseudofilósofo japonés que una persona acorralada se vuelve mucho más creativa y en el fondo tenía razón…

Me dio por coger rápidamente el CD y ponerlo al trasluz, allí vi una mancha que pensé que sería el motivo de la no lectura.

-¿Tienes productos de limpieza?Pregunté esperanzado.

-Aquí-Respondió javier con curiosidad.

Rebusqué hasta encontrar un producto de limpieza de madera y un trapo suave. Eché una gotita de ese producto y froté suavemente el CD. “Milagrosamente” el CD volvió a reproducir todas las pistas sin problemas… Estaba salvado de momento. Javier se alegró mucho de haber podido recuperar el disco y yo me alegré mucho, mucho más…

Al poco, llamaron a la puerta, era el cura de la mañana, el Páter Daniel. Me presenté y estuvimos charlando brevemente antes del comienzo de la misa. Tengo que decir que, a pesar de que era muy amable y lo fue siempre, a mí me imponían muchísimo que fueran comandantes. Pensaba que me podía caer un buen puro si no sabía hacer las cosas de la iglesia correctamente y la verdad es que estaba muy asustado.

Esa primera misa la observé desde la puerta que daba a la sacristía y la estudié con sumo detalle. Como no sabía mucho de estas cosas, se me ocurrió aprenderme mecánicamente el proceso, ya que siempre era igual. Javier me contaba las particularidades de este Páter respecto al que vendría por la tarde. Había que tenerle la ropa preparada y allí aprendí palabras como casulla, cíngulo y otras que ya desgraciadamente no recuerdo.

Al terminar la misa, recogimos todo, el Páter se fue tan rápido como vino y nos fuimos a dar una vuelta por Melilla.

¡Qué raro se me hacía ver Melilla de paisano en día de diario por la mañana! La ciudad tenía un gran movimiento, típico de cualquier ciudad pero claro, yo llevaba cuatro meses viendo Melilla solamente por las tardes y los fines de semana. Cada hora se oía la campana del ayuntamiento tocando el “banderita, tú eres gualda” y yo observaba todo como si volviera a ser un novato más. ¡Cuántos de mis compañeros se quedarían sin ver Melilla de esta forma, después de pasar nueve meses en ella!

Me gustaba este nuevo ambiente, lo malo es que no podía disfrutarlo del todo pensando en que pronto estaría solo y me tendría que enfrentar a este nuevo y desconocido mundo.

Descubrí de nuevo que Melilla era muy bonita aunque ese velo de mimeta con el que veía todo lo ocultara. Fuimos a comprar vino de misa a una bodega cercana a la plaza de toros, la única existente en todo África… Fue de las pocas veces en las que disfruté de la ciudad:un clima radiante y soleado nos cubría mientras el mar de color azul plata nos escoltaba en nuestro camino, poblado de palmeras. Desde el paseo, con la ciudadela al fondo enfilamos el camino hacia la JLT, era casi la hora de la comida.

Con mis amigos Jose y Juan, pasamos una hora de la comida excepcional, y al terminar nos tocó volver a nuestra iglesia.

Por la tarde, la rutina se repitió (iglesia abierta media hora antes…) Entonces apareció el Páter de la tarde, José Luis.

El Páter José Luis era muy distinto. Era mucho más abierto y hablador y se quedaba más tiempo hablando con nosotros, en especial con Eduardo Javier. La verdad es que eran muy agradables ambos curas, pero en esa situación yo, al menos al principio, solamente veía dos comandantes de paisano, esperando a que fallara para mandarme al trullo y quién sabe, quedarme de “patri”, es decir, quedarse en Melilla más días, mientras tus compañeros de reemplazo se iban a la peni.

La sensación de que yo no encajaba allí se agudizaba especialmente con ese Páter, pero ya no podía hacer nada, ahora era el monaguillo “suplente” con el mejor destino de toda Melilla…

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