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Archive for the ‘Cajón desastre’ Category

“La vida es una mierda, pero es lo que hay…” me dijo el día anterior cuando tomábamos algo en la cafetería del tanatorio. Nunca lo habría descrito mejor, pensé mientras miraba las fotos antiguas del álbum, las fotos en las que todo parecía un poco más fácil. Me sorprendió observar  que ahora esas viejas imágenes analógicas tenían algo distinto, las había visto cientos de veces pero ahora parecían diferentes… Quizá se estaban estropeando, quizá la luz no era la adecuada… no sabía, era algo intangible que terminaba  de descubrir. 

El sentimiento de estar siendo empujado poco a poco hasta el borde del precipicio volvió esta vez con un poco más de fuerza. Lentamente pasé las hojas viendo aquellos remotos parajes en los que nos perdíamos intentando encontrar algo extraordinario, algo que nunca llegó y recordé cada momento con una profunda nostalgia.

Entonces lo comprendí: esparcido por cada foto de forma uniforme, ajando cada momento compartido, recordándome lo que somos en realidad. “Un paso más hacia el  precipicio, un paso más…” retumbaba en mi cabeza una y otra vez. Así que es eso… pensé mientras echaba una última ojeada… El tiempo, el maldito color que lo inundaba todo…

Microcuento dedicado a todos los que han sido, son y serán para siempre  mis amigos, en especial a los de mi barrio y muy especialmente a Pablo.

Filín de Rusadir 2014

P.D. Este microcuento es absolutamente ficticio. Aunque la primera línea es estrictamente cierta, el resto son pellizcos de aquí y de allí. El cuento es deliberadamente abierto (una de las ventajas del microcuento es que no tienes que explicar demasiado) y aunque esté escrito en primera persona, el protagonista no soy yo. En realidad podría ser cualquiera…

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4321_1166838496098_1273706_nUn nuevo día despertaba en aquel trocito español de África. Aquella mañana se advertía  un gran movimiento en la compañía de cuartel general, la gente de cocheras curraba a destajo mientras los mandos subían y bajaban las escaleras de las oficinas. Pronto salimos de dudas: se iban a hacer unas maniobras y mandarían a muchos de nosotros a Chinchilla (Albacete) a una de las maniobras militares más duras de España ( o eso nos contaron los mandos): las maniobras “RUSADIR”.

Dichas maniobras consistían en un simulacro de invasión de Melilla por parte del ejército marroquí, por lo que durante una semana estaban involucrados todos los cuarteles de la ciudad.

Yo tenía ganas de ir a la “peni” pero no de esta manera, claro. Bien oculto en mis archivos solamente quería librarme de aquello que no iba conmigo ni lo más mínimo. Hablando con compañeros de otros reemplazos (los “wisas”) comentaban que no era tan malo para nuestro cuartel y lo más importante…  El general solía dar unos cuantos días de permiso después de las maniobras…

¡¡¡¡ días extras de permiso !!! ante eso no había quién se resistiera. Aunque me hubieran dicho que tendría que enfrentarme a todas las kábilas marroquíes armado con un tirachinas, ya estaba decidido. Poco a poco el ardor guerrero que rugía en nuestras voces, como decía el himno de infantería, volvía a mí en cantidades industriales para echarle un par de huevos al asunto. Podían más mis ganas de volver a casa que cualquier otra cosa en mi vida… ¡¡ me presentaría voluntario a dichas maniobras!!

Raudo y veloz me dirigí a mi mando inmediato para, según el conducto, llegar hasta el despacho del capitán. Allí me planté firme cual vela cuadrado a la perfección y con mi más enérgico poder de convicción solicitarle un puesto en aquel glorioso ejército español (jeje)

El capitán, que ya me conocía después de mi actuación con Simón para conseguir los archivos, me miró con cara de sorpresa y me dijo:

-¿A qué te dedicas?

-Soy técnico en electrónica.

-¿hablas inglés? necesito a alguien para llevar la radio y hablar con las demás unidades en inglés…  (Raro me pareció, la verdad)

– Un poco mi capitán, pero no me veo preparado para tanto.

– Ya… ¿Por qué quieres ir a las maniobras?

Yo ya no pude más y tuve que rendirme…

-Porque quiero los días de permiso, mi capitán…

Me miró con cara de “este tío es gilipollas, por unos días que ni siquiera son seguros, se mete en un fregado de la leche” y luego añadió:

-Ya no quedan plazas, soldado,  lo siento.

-A sus órdenes mi capitán.

Y me fui pensando que la mili me estaba afectando demasiado. Se decía en “radio macuto” que en la mili ,voluntario ni para cagar y ahí estaba yo yendo contranatura. Pero ni el capitán quiso saltarse dicha “ley de mili” y allí mismo volví a mi agujero infecto.

Siete días después de dichas maniobras, volvieron los compañeros reventados, con más mierda que el palo de un gallinero y encima…

las maniobras habían salido tan mal que el general, cabreado, no dio permiso extra a nadie.

De buena me había librado …

 

P.D. He cogido una foto del álbum “recuerdos del 96 ” de mi amigo Álvaro.

 

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El otoñal sol se oculta rápidamente dándole un tono ocre al parque “el paraíso” de Madrid. En una pequeña zona de columpios apenas queda una madre con su niño pequeño. Tiene unos cuatro o cinco años, pelo rizado y viste un peto de cuadros sobre un jerey claro.  Primero  se sube en la torre, incapaz de parar ni un momento, se monta cabeza abajo en un columpio en forma de semicírculo y se queda un ratito en esa posición para que su madre pueda ver lo bien que lo hace. De vez en cuando, un “Mami mira lo que hago”  busca que su madre certifique con una sonrisa o  con alguna palabra de reconocimiento su febril actividad infantil.

Entonces decide subir al desconchado tobogán, Everest oxidado en el que apenas unas vetustas manchas revelan su color verde original. Con no poco esfuerzo asciende los metálicos escalones  observando cómo ,a cada paso,  el suelo va alejándose de él. Consigue sentarse en la cima.  Desde allí se ve casi todo su mundo: apenas  unos cuantos edificios del barrio de  Simancas que para él se encuentran lejísimos.  En  uno de ellos viven sus abuelos, es su segundo barrio. Desconoce que más pronto que tarde no serán más que el recuerdo de un pasado distante.

El frío aire otoñal  le golpea en la cara, llena  de satisfacción:  ha subido una inmesa distancia él solito. De vez en cuando, mira a  su madre y le grita para que vea lo mayor que se está haciendo…

Se sienta, preparado para la vertiginosa bajada… pero en el último instante se para. Está sentado a una gran altura y decide quedarse allí, en su majestuoso trono, llamando una vez más a su madre.

Ella le llama, le dice que baje, que es la hora de irse… . Él niño de pelo rizado se empuja ligeramente para bajar, pero al momento se vuelve a sentar. Está muy alto, su madre no puede cogerle, así que decide continuar sentado observando sus dominios.  Ella le vuelve a llamar, “venga baja, que va a venir papá del trabajo…” pero ahora manda él y no piensa bajar. Es el Rey del Parque y sus alrededores, por tanto del mundo. Mira en todas direcciones fijando la vista después en su madre. Una sonrisa pícara la responde: “no” y ríe como solamente puede reír un crío…

Tras intentarlo varias veces sin éxito, su madre, riéndose por dentro, le obliga  a bajar, y el niño de pelo rizado   debe obedecer. Además va a volver del trabajo su papá, y seguro que le trae alguna cosa, como hacía tantas veces.

Se queda con ganas de ir a ver a sus abuelos, pero su madre le convence diciéndole que irán al día siguiente después del cole.

Así, el niño de pelo rizado vuelve a su casa, contento, ignorando que pronto crecerá y ya no volverá a sentirse el rey del mundo nunca más…

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¡¡ CENTENARIO !!

Increíble pero cierto. Con ésta son ya cien entradas en el blog.

Cien trocitos de tiempo, cien experiencias pasadas hace ya mucho.Cien cuentos, cien cosas sin importancia, cien cosas imprescindibles, cien partes de mí, cien partes de vosotros…

Casi nunca releo los posts, aunque sé que debería para corregir algunas cosillas que me dejo por ahí ( al ser totalmente improvisados y escritos  del tirón tienen muchos defectos tanto formales como de narración).

Sin embargo, cuando me he dado cuenta de que éste era el post centenario (no lo tenía planeado), no he podido resistir la tentación de hacer un nuevo alto y echar la vista atrás. He leído todos los títulos de las  entradas. Inmediatamente han venido a mi mente los contenidos, las historias que consideré en su momento que eran válidas para compartir con la gente que estuvo conmigo en aquellos lejanos momentos. Salvo honrosas excepciones ( el gran Klurosu sobre todo), muy poca gente mostró interés en recordar esas experiencias. Eso me desanimó mucho porque al principio, empecé a escribir para mí. No era sino una forma de no olvidar todas esas cosillas entrañables que corren el peligro de ser aplastadas por la maldita vida “de mayores”. Pero tenía la esperanza de que, de la misma forma que me gustaba volver a aquellos momentos,   a las personas con las que los compartí, también les picaría el gusanillo de la nostalgia.

En general no fue así pero, curiosamente comenzaron a dispararse las visitas hasta llegar a las 22.o0o a día de hoy. Gente de muchos lugares sentían identificados con muchas de mis entradas convirtiéndolas en casi familiares a pesar de no tener nada en común. Así, “EL PINTOR DE BATALLITAS” subió más de 13.000 puestos en el ránkig WIKIO en apenas unos pocos meses.

De todas formas, mi mayor satisfacción cuando me pongo a escribir es saber que esas batallitas quedan “en conserva” para que cualquiera pueda consumirlas en cualquier momento. Bueno va, lo reconozco, y también para volver a jugar  al fútbol en “el techo” o echar unas partiditas al Spectrum, o quizá jugar al “imperio cobra”. Tal vez sea para volver a mi barrio de hace veinte años para estar con mis amigos de toda la vida, pero no mucho porque he de ir a clase…La del KAPUR  con Don Ángel o de los salesianos con todos mis profes curas. A lo mejor lo hago para hacer la mili en Melilla, para jugar al fútbol en el AMPHÍPOLIS o para pasar una tarde de cine o de videoclub en compañia de mis  amigos.

O lo mismo es que intentando  escapar del Tic tac del cocodrilo,  Peter Pan, medio calvo, con barriguilla y arrugas, se ha dado cuenta de que es casi cuarentón…

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El tiempo, ese pequeño trozo de existencia que se nos ha dado,  es una maldita carretera de un solo carril en el que es imposible hacer un cambio de sentido. Solamente la memoria nos permite revivir, que no retornar, aquellas experiencias pasadas. De las malas (experiencias) no hablaré, pues esas vuelven como fantasmas cada noche para recordarnos que somos humanos y que como tales estamos formados, en parte, de ellas.

Hoy hace ya treinta y siete años que estoy aquí sobreviviendo, “buscando la belleza en este asqueroso mundo”, como decía Trecet  en sus diálogos 3. Es hora de hacer un alto en el camino y echar la vista hacia atrás para ver lo que he recorrido, dónde me encuentro y hacia dónde quiero ir.

Atrás quedan tantas cosas…personas y lugares remotos en el tiempo vuelven en ocasiones a la memoria, quizá más borrosos o idealizados, pero manteniendo esa sensación agridulce de nostalgia.  Familiares que ya no están, amigos que por alguna razón ,o tal vez ninguna, se distanciaron para siempre. Incluso lugares emblemáticos que ya no existen… o existen pero hace mucho que  no paso por ellos.

Desgraciadamente, en algunos casos existe también la conciencia de la efimeridad, es decir, tener conciencia de  que estás viviendo situaciones  que  por su naturaleza son efímeras, pasajeras. Saber que el pequeñajo de pelo rizado que corre, enreda y juega a todas horas por  casa, pronto dejará de ser niño y tener conciencia absoluta de que voy a echar muchísimo de menos jugar con él a los coches o a los superhéroes es algo que a veces me viene a la cabeza sin querer. Resulta realmente complicado sentir nostalgia “por adelantado” pero es algo que no se puede evitar en muchas ocasiones.

Supongo que me estoy haciendo mayor…

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Pues sí, aunque no es seguro (no es que tenga demasiado tiempo, la verdad), me he propuesto realizar lo que creo que es un paso más en esta labor de hacer del blog algo ameno.

La idea es continuar escribiendo las batallitas de siempre, pero poco a poco aparecerá otro botón de SOUNCLOUD debajo de la “BSO ”  en el que se podrá oir, con mi voz, nada de programitas, la misma batallita.

Con el tiempo espero que TODAS las batallitas tengan su BSO y su correspondiente audio. Va a ser una labor larga, pero a mi entender es algo que nadie ofrece en este universo blogero ( o por lo menos no tengo noticia ).

Los asiduos lectores del blog, podeis opinar qué os parece la idea.

Filín de Rusadir 2011

 

P.D. De momento queda postpuesta la idea, ya que es una labor de chinos. Encima, las pruebas que hice no me gustaron nada, así que de momento seguiremos como hasta ahora. Voy a hacer pruebas con un software para que sea el pc el que lea, ya veremos…

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    El día en que todo se volvió gris volví a andar el camino que durante tantos años  había recorrido, sabiendo que esta vez  sería la última.

El encapotado cielo de enero rabiaba de frío, ese frío duro, inclemente, que hiela la sangre,aunque, la sensación de gelidez habría sido exactamente la misma si   ese día   el sol hubiera radiado con su máxima fuerza.

A mi mente venían una y otra vez los recuerdos de otros tiempos más sencillos cuando paseaba por esas mismas calles de la mano de mi madre.

Al pasar por aquel edificio alto que sobresalía de los demás, sin saber por qué, me acordé de aquel pobre perrillo que siempre estaba en la ventana del bajo que daba justo a la acera,  por la que siempre pasábamos. Recordé aquella mirada triste, anhelante de  poder estar al otro lado de su prisión de cristal. Mi madre y yo lo mirábamos al pasar con pena y, con esa ilusión que sólo un niño puede tener,  deseaba que algún día lo consiguiera. Desperté de mi recuerdo al  darme cuenta de que había estado parado en frente de aquella ventana durante minutos.

Me obligué a continuar andando. Los rojizos edificios parecían teñidos de ese color gris mortecino y los escuálidos árboles, huérfanos de hojas, se veían contagiados por ese sol que se negaba a salir y daba un aspecto lóbrego a todo lo que me rodeaba.

Cómo pasa el tiempo, pensé. Aquel barrio había sido mi segunda casa durante muchos años. Nunca pensé que ahora había   que despedirse de él de esta forma. Algo desde dentro se negaba a aceptarlo, como si de  un mal sueño se tratara, parecía que al poco me despertaría y volvería todo a la normalidad…

Enfilé la calle del castillo de Peñafiel: ahí estaban esos edificios bajos de color morado  flanqueados por  dos hileras de coches en las que, cuando éramos críos, rebuscábamos mientras pasábamos con nuestro viejo 127 para adivinar quién había llegado antes que nosotros.

En seguida llegué a la puerta del portal. Antes de entrar eché un vistazo alrededor… Ese familiar espacio de tierra delimitado por tres árboles había sido muchas cosas durante esa época: estadio de fútbol, lugar de intercambio de cromos, reunión de primos…

Me decidí a subir a la casa que había sido cuartel general de tantas reuniones familiares, de nochebuenas y nocheviejas, de esas mañanas de reyes donde todos los primos nos reuníamos para pasar inolvidables momentos de infantil felicidad. Volvía a haber reunión familiar, reunión triste  esta vez, de despedida y llantos.Conocía esa casa a la perfección, incluso  parecía todo normal… Casi esperaba que ella apareciera para darme un beso como hizo siempre.

La casa estaba llena de gente, como hacía años no estaba. Habría parecido normal, de no ser por ese maldito color gris, que  inundaba todas aquellas  habitaciones donde de pequeños lo pasábamos tan bien. Lamenté que mi última tarde esa casa fuera tan  oscura, tan amarga…

Tenía la seguridad de que esa  sería la última vez que me encontraría allí; una y otra vez observaba esa mesa con tapete de ganchillo, esas sillas chirriantes, el mueble, presidido por aquella vieja tele Westinghouse  adornado por una enorme cantidad de fotos enmarcadas en un intento de mantenerlo en mi memoria ¿ Qué pasaría con todas esas cosas? Para mí eran tesoros de valor incalculable, algo que sería delito cambiar, mover o tirar.

Entonces, llegó la hora de abandonar para siempre la casa y empezaron las despedidas de rigor hasta que, poco a poco, ese pequeño piso de San Blas  quedó completamente vacío.

Del momento en el que se cerró la puerta para siempre, sólo recuerdo nítidamente una cosa: ese maldito y odioso color gris…

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