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Archive for 22 agosto 2015

274533593Los días de permiso en mi casa eran ya un lejano recuerdo, pero l regreso al cuartel y a la vida militar ya no era tan traumático : el nuevo cuartel era mucho más tranquilo y además estrenábamos el nuevo horario de verano: a las tres de la tarde dejábamos nuestras obligaciones y tocaban paseo; nuestro día militar se acortaba sensiblemente ya que incluso si querías, podías salir a comer a la ciudad. Melilla en esa época del año daba gusto. Una temperatura agradable, con calor pero no ese calor sofocante que inunda ciudades como Madrid, reinaba durante todo el verano . La ciudad nos ofrecía sus mejores galas para que durante esos dos meses y medio que duraría la jornada pudiéramos compensar todo lo que nos había jodido. Se notaba además cierta relajación en los mandos, de tal forma que la jornada pasaba tranquila y hasta puedo decir a día de hoy, casi veinte años después, que se pasaba bien, realmente bien.

La mayoría de los compañeros del siguiente reemplazo, los “chaquis”, eran buena gente y pronto hicimos amistad con varios de ellos, concretamente uno, Santi, se convirtió en uno más de nuestra pandilla. Era de Cataluña, de un pueblo muy cerca del de Sergio y estaba destinado en el centro financiero, sitio que prácticamente nadie sabía que existía, lo cual allí era una ventaja.

Yo seguía con mis clases de autoescuela y me preparé para mi primer examen teórico. Trabajaba por las mañanas unas cuantas horas para preparar mis archivos, que habían quedado hechos un completo desastre después del traslado desde Santiago, pero sacaba un par de horitas diarias para estudiar. Me costaba mucho ir a la autoescuela y dejar a mis amigos por las tardes. El motivo por el que me apunté era aislarme durante un tiempo de aquel opresivo ambiente militar, pero ahora la mili mostraba una cara mucho más amable y ya no necesitaba sentirme tan civil. Ojalá Simón hubiera podido aguantar hasta el verano, pensé mientras recordaba cómo aquel chaval perfectamente normal, se derrumbaba psicológicamente sin remedio; seguro que habría remontado su situación y ahora estaría tan adaptado como nosotros.

El día del examen, me pedí un pase de horas y me fui de civil al centro de exámenes. En teoría debía ir de militar, pero me arriesgué a unos cuantos días de arresto saliendo como si tal cosa por la puerta. No sé si los mandos hacían la vista gorda, pero la verdad es que me dio igual; yo era casi un wisa ya y eso era parte de la “ley de mili”.

Como siempre que hago un examen, me encontraba muy nervioso pero estaba deseando quitármelo de en medio para no volver más a la autoescuela… El examen no me pareció excesivamente difícil así que lo hice y me volví al cuartel, pero esta vez por el camino más largo  que conocía, disfrutando de la Melilla de la mañana, la cual solamente pude disfrutarla cuando estuve en la capilla castrense. Ahora se veía como una ciudad normal y recorrer su paseo marítimo hasta llegar a la plaza de España era un auténtico placer. Se me hacía raro ver la avenida Juan Carlos I llena de gente y casi ningún militar. Era como si los civiles prefirieran hacer su vida cuando nosotros no estábamos, cosa que comprendía: tener a más de cinco mil veinteañeros en estado salvaje campando por la ciudad podía ser bastante poco apetecible.

Me sentía un afortunado, más de un pobre militroncho pasaría sus nueve meses en Melilla sin disfrutar de sus mañanas, con su “banderita tú eres gualda” tocada por las campanas del ayuntamiento, su ambiente de ciudad normal, sus edificios de estilo modernista…

Al llegar al cuartel, mis amigos me preguntaron qué tal me había salido el examen. Esa misma tarde lo sabríamos, así que tocaba esperar a ver si sonaba la flauta…

Por fin,  a eso de las cuatro de la tarde, con el cuartel medio vacío, me decidí a llamar y… había suspendido por una pregunta, mala suerte soldado. Me sentó bastante mal, no por haber suspendido en sí, que también, si no porque tendría que volver a las clases en la autoescuela JOCOMA y gastar tiempo de mis tardes veraniegas en eso me fastidiaba sobremanera.

Entonces el mando de guardia, visiblemente sobresaltado, salió de su cuarto y, llamando a un cabo se fueron escopetados hacia la garita que daba al descampado de la avenida de Hidún. Esa garita estaba custodiando un muro rodeado de terreno, el típico descampado de ciudad. Era lo más retirado del cuartel y allí se hacían las guardias y refuerzos más tranquilas, por no decir que eran un coñazo insufrible.

Parece ser que, el personal de guardia del  cuartel de Santiago, que quedaba justo en la otra acera, habían llamado porque habían visto un cuerpo tendido en dicha garita y durante varios minutos no se había movido. A escasos  centímetros de él, un CETME yacía tirado en el suelo. La desasosegante escena había causado alarma, avisando a nuestro suboficial que corría mientras algunos compañeros le seguían a cierta distancia.

El suboficial subió rápidamente las escaleras que accedían a la garita y allí lo vio: era un compañero del 1/96 de Galicia. Yacía a lo largo del poco espacio que había fuera del puesto. El suboficial se acercó  al soldado  y se dio cuenta de que estaba durmiendo como un angelito, un angelito que iba a estar quince días arrestado, pero angelito a fin de cuentas.

Cuando el resto del cuartel se enteró, se montó un cachondeo general que hacía tiempo que no se veía.  La mili nos obsequiaba de vez en cuando de cosillas que hacían que casi mereciera la pena estar allí. A los pocos días, un compañero de comandancia me vino a buscar para decirme que el páter me había dado tres días extras de permiso por buen comportamiento, así que lo tuve claro. Ene sos días me iría a solicitar un nuevo permiso y a buscar vuelos que me cuadraran con mis nuevos días. De esta forma, me podía coger casi tres semanas en casita lo cual era muy, muy apetecible…

 

 

 

 

 

 

 

 

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