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Archive for 4 julio 2015

295xsogEl compañero que vigilaba en la barrera del cuartel de Autos me saludó mientras me observaba cargado hasta arriba con el petate y la inmensa bolsa, allí estaban  mis amigos, que me saludaron efusivamente mientras me ayudaban con el petate a descubrir mi nueva “casa”…

El cuartel de autos estaba dividido en  varias naves de las cuales estaban operativas tres: la más grande, donde vivíamos todos, era una enorme nave de dos pisos cuyas paredes blancas tenían escudos de las compañías que habían estado allí con anterioridad a nosotros. La disposición de las taquillas y los pequeños tramos de escaleras permitían una distribución de literas similar a las de las camaretas de otros cuarteles, es decir, agrupadas en vez de en línea, lo que permitía un poquito más de intimidad y separación de los “marroneros” La verdad es que estaba bastante mejor que aquellos barracones de Santiago. Los servicios eran también mejores y más amplios, habíamos salido ganando en el cambio.

Otro edificio funcional era la cantina. Un agradable espacio con una mesa de ping pong y una televisión presidían la sala, se podían adquirir bocadillos, bollos, bebidas… Me gustó, la verdad.  Pregunté a mis amigos por mi cantina apócrifa… Resulta que el frigorífico donde guardaba los pasteles y las bebidas ni siquiera eran del brigada y, un buen día, el dueño se la llevó y dicha pseudocantina pasó a mejor vida. En muy poco tiempo, habían pasado muchas cosas. La sensación era agradable, era un cuartel pequeño y solamente el cuartel general y el centro financiero vivíamos en él, eso también significaba menos mandos y sin Regulares, que tampoco estaba tan mal.

Las cocheras eran el tercer bloque operativo. Allí estaba Sergio con todos los compañeros conductores y mecánicos. Los decrépitos coches desplegados alrededor inundaban todas las plazas de aparcamiento, el cual  quedaba cerca del cuerpo de guardia, presidido por aquella magnífica parra que recordaba de la guardia anterior al permiso.

Mis amigos me dijeron que el traslado fue la leche y les dio muchísimo trabajo. Pensé que eso había sido la única gran currada de la que me había podido librar, hasta que me llevaron a mi destino…

Como no estuve vigilando el traslado y no había nadie más  los compañeros no habían tenido miramiento ninguno… Al abrir los archivos me encontré un auténtico desastre, el suelo estaba absolutamente cubierto de papeles, expedientes, legajos y trozos de estanterías desmontadas en cualquier lugar donde mirara. Tanto era así que no había forma de pisar en un sitio libre de restos de lo que fueron mis archivos. Muchos de esos papeles medio rotos por el traslado tenían el sello de “Confidencial”. Según las normas, si esos papeles se dañaban o se echaban a perder, uno se podía meter en un lío gordo. Había un trabajo descomunal que hacer, pero ya me preocuparía en su momento.

Sergio y Pedro estaban a punto de irse de permiso, ambos se iban a gastar todos los días que les quedaban. El febril ritmo que recordaba era mucho más lento para la gente del 1/96, los chaquis ya habían entrado en compañía y ahora los servicios se repartían mucho mejor. La “ley de mili” que hacía que los del último reemplazo se libraran de servicios había sido derogada por los mandos, así que ahora eramos muchos más y los servicios más reducidos.

La cocina no estaba operativa aún. Durante los desayunos, comidas y cenas, unos camiones nos recogían y nos llevaban de nuevo a Santiago, donde comíamos de nuevo en aquel infernal comedor que yo recordaba con horror.

El primer sábado lo pasamos dando una vuelta por el paseo marítimo, disfrutando  el verano Melillense, mucho más amable que el invierno. Comíamos en el “Piscis”,en “Bodegas Madrid” o en un bar cuyo nombre no recuerdo, pero era llevado por un camarero que equivocaba los pedidos frecuentemente, lo que hizo que desde ese momento lo llamáramos “el caraja”, y así se quedó para siempre.

Sentados en el parque Hernández, Sergio ya estaba impaciente por largarse, y contaba lo que haría en su Ripollet natal mientras Pedro parecía que le daba un poco igual irse que quedarse, estaba completamente adaptado. José estaba centrado en las oposiciones que estaba preparándose en la JLT. Álvaro tuvo que volver a Madrid de forma precipitada y Javi estaba en Valencia.

La vuelta después del primer permiso abrió una nueva “época” en la mili, mucho más agradable, con un ritmo más pausado… Distinto.

Empezábamos a sentir que aquella ciudad que habíamos odiado, que nos provocó tantos trastornos… Era agradable. Recuerdo que hablando de cosas “trascendentales” en el parque en una de nuestras tertulias, Pedro me dijo: “Estos son nuestros últimos momentos de libertad…” .

Aunque pensé que el concepto de libertad  distaba mucho de lo que teníamos, ahora, con casi veinte años de perspectiva pienso que mi amigo  no estaba tan desencaminado…

 

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