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Archive for 30 junio 2015

002D7ME-111-P1_1Mi humilde barrio me parecía el paraíso terrenal: ni rastro de milicos, ni rastro de cuarteles… Pero ahora la cosa había cambiado, a pesar de llevar más de tres meses seguidos fuera, mi llegada no fue tan efusiva como durante el permiso de jura. Incluso por mi parte había algo extraño dentro de mí que no me dejaba tranquilo. Aparte de esa espada de Damocles que me recordaba constantemente que esto era algo pasajero, que Melilla me esperaba de nuevo con los dientes afilados, sentía que inexplicablemente encajaba mejor en aquel mundo “postizo” que en el que había crecido durante toda la vida.

Más de tres meses daban para muchas “batallitas” y así, mis padres, amigos, novia, hermanos, eran fusilados convenientemente con todas las “aventuras y desventuras” que yo, pobre soldadito, había sufrido directa o indirectamente. Todos  aguantaban estoicamente mi incontinencia verbal melillense hasta decir basta. En los momentos de descanso,tumbado en mi cama, tranquilo, sin tener que levantarme con el toque de diana, pensaba cosas que jamás pensé que me sucedería: echaba de menos a mis amigos de la mili…

Los días en casa pasaban rápido y poco a poco el día del retorno se acercaba de nuevo. Se podía decir que ya media mili estaba hecha y aquel lapso supuestamente interminable, aquel abismo que parecía infinito, empezaba a mostrar signos inequívocos de que realmente se acabaría más pronto que tarde, quizá iba más lento que cualquier otra cosa en el mundo, pero iba.

La sensación de temporalidad durante ese breve permiso no me permitió disfrutar todo lo que me habría gustado. Además, por la noche soñaba con frecuencia que estaba en el cuartel o en alguna parte de Melilla, lo que hacía que, aunque estaba en casa, una parte de mí no había cogido el avión…  Quizá la mili me estaba afectando demasiado.

El día que me presenté de nuevo en el aeropuerto, una sobrecogedora sensación  me atenazaba: estaba triste por volver a  dejar a mi gente, aunque tenía pensado volver a coger un nuevo permiso en breve, en cuanto se acabara agosto  volvería y me gastaría todos los días que me quedaran, que no eran pocos; pero en contraposición a ésta, las ganas de volver a ver a mis amigos de la mili eran casi tan fuertes que las otras. ¿Cómo era posible? Después de haber odiado todo lo que tuviera que ver con Melilla con todas mis fuerzas, ahora me apetecía tomarme un bocata en el “Piscis”  rodeado de mis amigos…

De nuevo, el olor a mar característico  y ese familiar paisaje cuajado de palmeras, me devolvió a lo que era ahora la realidad. Recogí mis cosas de la capilla castrense y, camino del cuartel de Santiago, me encontré con un compañero, que vino a saludarme efusivamente. Después de hablar con él, me dijo al despedirse:

-Acuérdate que no tienes que ir a Santiago, ahora estamos en el cuartel de Autos.

Joder, pensé, nueve días en casa y ya la realidad ha cambiado radicalmente. Menos mal que me ha avisado.

Con mi petate y una gran bolsa al hombro, subí la avenida juan Carlos I y enfilé la carretera de Hidún donde se encontraba mi nuevo cuartel, mi nueva casa…

 

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1290475La primera tarde en el cuartel después de la aventura en la iglesia, mi amigo Sergio y yo paseábamos por Melilla casi a paso legionario: Íbamos directos a las oficinas de PAUKN AIR. Había pedido al furri  el “pasaporte” y el certificado de residente en la ciudad. El “pasaporte” era un documento con el cual el gobierno te subvencionaba un viaje a casa en el trayecto más barato, o sea, barco y tren. Lo bueno era que podías cambiarlo por un medio más rápido, pagando uno la diferencia, claro. Solamente tenía derecho a un pasaporte, quitando el de llegada y el de la licencia.

Con esos dos papeles en la mano, podía sacar un billete directo de ida y vuelta a mi casa por muy poco dinero. Con la solicitud de permiso aprobada, me quedaba más o menos una semana para largarme durante 10 días de Melilla. Habían pasado unos cien días seguidos allí desde que volví de la jura de bandera. Tantas y tantas anécdotas se agolpaban en mi mente: Simón, Willy, Robomoro, la iglesia… Las clases de la autoescuela iban lentas ya que había días en los que necesitaba quedarme con mis amigos o ellos necesitaban que yo me quedara, pero no me preocupaban…

Estaba deseando volver a mi casa pero ya no tenía la urgencia de hace casi cuatro meses. El tiempo era magnífico en Junio en Melilla, los días eran largos y los chaquis habían entrado en compañía por lo que la frecuencia en  los servicios había bajado. Era curioso, nos habíamos acostumbrado a vivir entre basura y  hacinados e incluso había  ratos en los que casi no pensábamos en casa. Los momentos de descanso los pasábamos o bien en el club de tropa o paseando por las calles y parques  de Melilla. Poco a poco empezábamos a disfrutar de una ciudad preciosa aunque de vez en cuando nos veíamos obligados a hacer algún servicio que nos hacía regresar a la cruda realidad castrense.

Entramos a las oficinas de PAUKN AIR y curiosamente,no había nadie. Así que en unos minutos mi mano sostenía un flamante billete de avión a Madrid. Sergio me decía una y otra vez aquello de “el mes que viene puedo decir que el mes que viene me voy de permiso”. Él tenía pensado cogerse todo el permiso seguido en Barcelona. Yo necesitaba partirlo, no podía volver a pasar tanto tiempo seguido sin ver a mi novia y familia. Los llamé a todos para decirlos que ya tenía todo y que en pocos días volvería durante 12 días a casa: la mitad de los días que me quedaban de permiso. La otra mitad me los guardaría para otro permiso que ya cogería en su momento.

Cuando presenté el billete al subteniente (había que presentarlo para demostrar que te ibas, ya que estaba prohibido quedarse en la ciudad) me dijo: “Cuando te vayas, llévate todas tus cosas. Deja la taquilla vacía porque cuando vuelvas lo mismo estamos ya en otro cuartel.”

Era cierto, dejábamos Santiago y nos íbamos al cuartel de Autos, justo enfrente. Me fui directo a la iglesia a hablar con E. Javier para decirle que el día de antes de irme le llevaría unas cuantas cosas. Accedió con una sonrisa, como siempre.

En la retreta, curiosamente mi nombre surgió para una guardia. El cabrón del furri cogía a los que pedían permiso y los obsequiaba una cocina, un refuerzo o una … ¿guardia?

Había un servicio de guardia nuevo y se hacía en el cuartel de Autos, que llevaba unos días vacío, así que nos encargábamos de “cuidarlo”…

Aquella guardia fue muy suave, ya que se trataba de cuidar un recinto vacío:

El cuartel de Autos era otro centro decrépito. El cuerpo de guardia estaba cubierto por una gigantesca parra de donde colgaban racimos de uvas que nadie cogía. Allí se habilitó el comedor, ya que no se podía entrar a las naves.

La parra daba una sombra estupenda y en los tiempos entre servicios nos sentábamos a “disfrutar” de un par de horas agradables. Junio en Melilla era magnífico . Durante esos días en los que el cuartel estaba vacío, solamente un suboficial estaba con nosotros, así que las guardias eran bastante suaves, aunque por la noche la cosa cambió un poco: los colchones de las literas del cuerpo de guardia estaban infestadas de chinches… Era espectacular cómo le dejaban a los compañeros los brazos de pequeñas heridas. Cuando me tocó dormir me dejé la gorra puesta y puse los brazos como los muertos de las películas. Dos horas después me levanté rápidamente:por suerte no tenía ni una sola herida…

La guardia terminó y ya sólo quedaba volver a casa… El día del viaje me fui con mucho tiempo al aeropuerto. Disfruté aquel tiempo leyendo e imaginando que esa misma noche dormiría en mi cama en compañía de los míos sin preocuparme de ratas, mierda o imaginarias.

Sentado en mi asiento, me sentía ansioso de regresar, en el fondo estaba asustado, después de las experiencias pasadas y esperaba que en cualquier momento pasara algo: retrasos, cancelaciones… Que sabía yo.

Pero el vuelo acabó sin incidentes. Desde mi ventanilla volví a ver el cartel “Aeropuerto de Barajas”. Mi padre me esperaba de nuevo, pero esta vez solo. Volvía ver el  barrio, aquel que  parecía tan remoto en el tiempo…

Empezaba mi primer permiso desde la jura de bandera…

 

 

 

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descargaEsos días con Eduardo Javier me valieron para foguearme en ese curioso mundo religioso-militar. A pesar de que realmente el destino era uno de los mejores, si no el mejor, de toda la ciudad de Melilla, yo me sentía bastante mal al pensar en el tiempo en el que iba a estar sin ayuda en mi nuevo puesto.

Al fin, me quedé solo… La primera misa pasó sin nada reseñable. El páter Daniel seguía rigurosamente su rutina y en poco más de media hora, las puertas de la iglesia castrense se cerraban hasta la tarde… Entonces la ciudad se me vino encima. Esas mañanas civiles que disfrutaba con Eduardo Javier como si fuera un ciudadano más ahora me machacaban la mente ya que me sentía increíblemente solo, aislado y eso era lo peor que te podía pasar en Melilla. 

Durante las comidas, volvía a estar con mis amigos Juan y Jose, y por las tardes nunca me fallaron Pedro, Sergio, Álvaro y Javier , así que más o menos conseguí, una vez más gracias a todos ellos, no derrumbarme.

Un día, mientras los feligreses rezaban el rosario al tiempo que el CD lo recitaba, yo preparaba todo para la misa de la mañana cuando un señor apareció dentro de la sacristía. El aspecto, alto con bigote fino y recortado, delgado y con gafas de sol me daban a entender que se trataba de un mando jubilado. Con muy malas formas se me acercó y me dijo:

-¿Eres tú el que ha puesto el rosario? -Dijo de forma agria.

-Sí… Conseguí balbucir. Algo había hecho y no sabía qué.

-Tú no sabes que has puesto (aquí dijo algo que no consigo recordar, tenía que ver con el día. Parece ser que cada día tiene un rosario distinto, para que lo entendamos. Pido perdón por mi ignorancia al respecto)? ¡Eso es para los miércoles y estamos a Jueves! ¿Es que no lo oyes?

Me acerqué a la iglesia e hice como que escuchaba. Para mí eran todos iguales y no tenía ni la más mínima idea de si estaba bien o mal. Entonces la bombilla de la desesperación se me encendió…

-¿Qué problema hay? hoy es miércoles-Dije a sabiendas de que era jueves.

-Estás tú bueno muchacho, hoy es jueves. ¿ No sabes ni en qué día vives?

-¿Jueves? ¡Estaba convencido de que era miércoles! qué cabeza la mía. Lo siento mucho, en seguida lo cambio. Muchas gracias por avisarme.

Con esa cara de desprecio que caracterizaba a la mayoría de los mandos hacia los soldados de reemplazo se fue tan rápido como había venido y, por supuesto sin despedirse.

 

Ahora me alucina cómo conseguí salir indemne de aquel follón. Si se llega a descubrir mi completa ignorancia en dichos temas podía meterme en un buen lío. Los siguientes días procuré esmerarme a tope con todo lo concerniente a las misas. Tanto fue así que la última mañana que venía el páter Daniel mientras le vestía me dijo que le había gustado mucho mi diligencia y mi buen trabajo, así que daba tres días extras de vacaciones.

Con José Luis era distinto. Siempre charlábamos un rato antes y después de las misas, pero la verdad es que intimidaba muchísimo. Siempre tuve la sensación de que sabía mi completa ignorancia en cuanto a temas religiosos. Aún así el trato fue ejemplar, las cosas como son.

Los Domingos, me tocaba pasar el cepillo. Era lo peor puesto que, según E. Javier, tenía que pasarlo “después de las ofrendas”. Aprendí el momento de pasarlo escuchando la misa muy atento hasta que el páter terminaba de decir ciertas frases que ya no recuerdo, pero que me aprendí a fuego. Era increíble la cantidad de pasta que se recolectaba en cada cepillo. Yo lo metía en una bolsa y el páter se lo llevaba.

La semana se acabó sin más incidentes. Javier volvió y le conté lo bien que había estado. Dentro de mí, a pesar de haber pasado casi dos semanas de casi civil, me sentí aliviado de regresar al mundo que conocía, el mundo militar del cuartel de Santiago donde mis amigos, casi mi familia, me esperaban. Me alegré mucho de volver a estar con ellos todo el día. Además el general nos había concedido otros dos días extras a los que desfilamos en el desfile DIFAS … ¡ Y me dirigí  a pedir mi permiso! Esta vez pedí mi pasaporte, no tenía intención de pasar lo que pasé durante el permiso de jura. No pensaba arriesgarme a quedarme en tierra, necesitaba cada segundo en casa como el comer.

Las cosas parecía que se ponían bien… Por fin.

 

 

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