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Archive for 4 abril 2015

10177896_xMe levanté hecho puré. Eduardo Javier ya llevaba tiempo preparado y  esa fuerza y alegría que le caracterizaba (y que no perdió nunca) me contagiaba de tal forma que en muy poco tiempo ya estaba preparado para cualquier cosa que viniera.

Lo primero que hicimos fue limpiar la iglesia. Todos los días era rutina limpiar los bancos de la capilla, a pesar de que una mujer vendría a limpiar dos o tres veces a la semana. Era espectacular ver cómo Javier trataba y respetaba las cosas de la iglesia. Había sido misionero en Ecuador (creo recordar) antes de que la patria hispana le llamara para sentir el ardor guerrero Melillense. Yo había tenido muchos profesores curas y algunos eran personas fantásticas que se implicaban con su “misión”, pero Eduardo Javier era de esas personas que como yo digo, “emitía luz”. Mi opinión general sobre la iglesia en general nunca fue muy positiva, de hecho lo sigue siendo, pero hablar y tratar con   Eduardo Javier te hacía replantearte muchas ideas sobre esa institución. Pensé que si todo el mundo en la iglesia fuera como él, las cosas habrían sido muy diferentes, era una persona admirable.

Una vez que todo estuvo dispuesto, me explicó el proceso de apertura de la iglesia: las puertas media hora antes, las luces y la primera cosa que me dejó helado… El rosario. Antes de comenzar la misa, la gente que llegaba se ponía a rezar el rosario, para lo cual, teníamos un CD que había que poner todos los días, con la particularidad que cada día era distinto. Las explicaciones de Javier daban por hecho que más o menos sabía de lo que estaba hablando, pero no tenía ni idea.Entonces se me ocurrió apuntarme en un papel las pistas que tenía que poner cada día. Todo más o menos estaba controlado, excepto…

-Hay unas pistas en el CD que no se leen, por lo que tendrás que recitarlas…

Se me vino el mundo encima, no tenía ni idea de lo que tenía que hacer o decir… Estaba perdido. Entonces tuve un soplo de inspiración. Decía un pseudofilósofo japonés que una persona acorralada se vuelve mucho más creativa y en el fondo tenía razón…

Me dio por coger rápidamente el CD y ponerlo al trasluz, allí vi una mancha que pensé que sería el motivo de la no lectura.

-¿Tienes productos de limpieza?Pregunté esperanzado.

-Aquí-Respondió javier con curiosidad.

Rebusqué hasta encontrar un producto de limpieza de madera y un trapo suave. Eché una gotita de ese producto y froté suavemente el CD. “Milagrosamente” el CD volvió a reproducir todas las pistas sin problemas… Estaba salvado de momento. Javier se alegró mucho de haber podido recuperar el disco y yo me alegré mucho, mucho más…

Al poco, llamaron a la puerta, era el cura de la mañana, el Páter Daniel. Me presenté y estuvimos charlando brevemente antes del comienzo de la misa. Tengo que decir que, a pesar de que era muy amable y lo fue siempre, a mí me imponían muchísimo que fueran comandantes. Pensaba que me podía caer un buen puro si no sabía hacer las cosas de la iglesia correctamente y la verdad es que estaba muy asustado.

Esa primera misa la observé desde la puerta que daba a la sacristía y la estudié con sumo detalle. Como no sabía mucho de estas cosas, se me ocurrió aprenderme mecánicamente el proceso, ya que siempre era igual. Javier me contaba las particularidades de este Páter respecto al que vendría por la tarde. Había que tenerle la ropa preparada y allí aprendí palabras como casulla, cíngulo y otras que ya desgraciadamente no recuerdo.

Al terminar la misa, recogimos todo, el Páter se fue tan rápido como vino y nos fuimos a dar una vuelta por Melilla.

¡Qué raro se me hacía ver Melilla de paisano en día de diario por la mañana! La ciudad tenía un gran movimiento, típico de cualquier ciudad pero claro, yo llevaba cuatro meses viendo Melilla solamente por las tardes y los fines de semana. Cada hora se oía la campana del ayuntamiento tocando el “banderita, tú eres gualda” y yo observaba todo como si volviera a ser un novato más. ¡Cuántos de mis compañeros se quedarían sin ver Melilla de esta forma, después de pasar nueve meses en ella!

Me gustaba este nuevo ambiente, lo malo es que no podía disfrutarlo del todo pensando en que pronto estaría solo y me tendría que enfrentar a este nuevo y desconocido mundo.

Descubrí de nuevo que Melilla era muy bonita aunque ese velo de mimeta con el que veía todo lo ocultara. Fuimos a comprar vino de misa a una bodega cercana a la plaza de toros, la única existente en todo África… Fue de las pocas veces en las que disfruté de la ciudad:un clima radiante y soleado nos cubría mientras el mar de color azul plata nos escoltaba en nuestro camino, poblado de palmeras. Desde el paseo, con la ciudadela al fondo enfilamos el camino hacia la JLT, era casi la hora de la comida.

Con mis amigos Jose y Juan, pasamos una hora de la comida excepcional, y al terminar nos tocó volver a nuestra iglesia.

Por la tarde, la rutina se repitió (iglesia abierta media hora antes…) Entonces apareció el Páter de la tarde, José Luis.

El Páter José Luis era muy distinto. Era mucho más abierto y hablador y se quedaba más tiempo hablando con nosotros, en especial con Eduardo Javier. La verdad es que eran muy agradables ambos curas, pero en esa situación yo, al menos al principio, solamente veía dos comandantes de paisano, esperando a que fallara para mandarme al trullo y quién sabe, quedarme de “patri”, es decir, quedarse en Melilla más días, mientras tus compañeros de reemplazo se iban a la peni.

La sensación de que yo no encajaba allí se agudizaba especialmente con ese Páter, pero ya no podía hacer nada, ahora era el monaguillo “suplente” con el mejor destino de toda Melilla…

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imagesDe vuelta ya a la vida en la compañía del cuartel general y procurando olvidar las odiosas cocinas que de vez en cuando me tocaban, la vida cuartelaria continuaba jalonada por alguna que otra imaginaria o refuerzo sin que nada destacable o novedoso sucediera.

Un día, estaba en mi archivo en mi labor diaria, que no era sino escribir cartas, escuchar la radio o imaginar viajes ficticios a mi casa, cuando había tan poco que hacer había que tener mucho cuidado y sujetar la mente para que no te entrara la morriña, cuando un compañero de las oficinas de arriba apareció de repente. Supuse que vendría a por alguna coca cola o algún pastelito de los que tenía en mi cantina clandestina, pero rápidamente me dijo:

-Santos, sube que te reclaman de la capilla castrense.

Joder, llegó el momento, pensé, y subí escopetado. Allí, me enseñaron la documentación y me dijeron que llamara al conductor de servicio para que me bajara a la iglesia castrense, que se encontraba muy cerca de la plaza de España. Me fui hacia la habitación del oficial de servicio y llamé a la puerta:

-Adelante, dijo la reconocible voz de uno de los brigadas.

Abrí la puerta raudo diciendo:

-A la orden mi brigada, me han di…

El brigada estaba tumbado en la cama solamente vestido con unos calzoncillos.

-¿Si?

-Emm, me ha llegado una petición para ir a la iglesia castrense, mi brigada. He de irme y quería informarle de que necesito al conductor de servicio.

-De acuerdo, puedes ir… curilla, ja, ja.

Encima cachondeo, pensé. No soy yo el ridículo, tendría que verse.¿Qué se ha creído este gilipollas? Me dí la vuelta y preparé mis cosas.

El coche militar paró en la puerta de la sacristía de la iglesia y allí me bajé no sin antes haber sido preguntado multitud de veces por el conductor qué coño hacía yo en la iglesia castrense, a lo que yo respondía de forma vaga, ya que ni siquiera  estaba seguro de lo que me iba a encontrar allí.

Eduardo Javier estaba esparándome. La sacristía estaba detrás de la iglesia. Nada más entrar había una especie de saloncito lleno de cuadros con soldados, tanques y demás temas beligerantes. Todas estas imágenes me chocaban constantemente. En la iglesia, un Santiago montado a caballo lanceaba a un musulmán que caía sobre una media luna postrada en el suelo.

Los curas o páter como se les denominaban, curiosamente tenían grado militar. Según me contó Javier, había uno que venía por la mañana que era comandante, pero que estaba a punto de conseguir “el dos de oros” que era el grado de teniente coronel. Por las tardes venía otro que era comandante también.

La verdad es que estaba acojonado. Mi conocimiento sobre los entresijos de la iglesia eran casi nulos, apenas lo que aprendí en los cinco años en los salesianos. Eduardo javier me preparó una habitación y me estuvo explicando lo que había que hacer: había dos misas diarias entre semana y tres el sábado y el domingo. Solían durar una hora más o menos, el resto del tiempo… Liberado de servicios, guardias, vestir de mimeta, ser un absoluto y completo civil, lo cual convertía a este destino en el mejor de toda la plaza de Melilla.

Había tenido mucha suerte. De entre los aproximadamente 7500 soldados que tenía Melilla, yo había conseguido un chollo increíble…  Las comidas podía hacerlas en la JLT, por lo que podría estar con Jose y con Juan, mis buenos amigos…¿Por qué entonces me sentía tan desasosegado? Tenía miedo y al mismo tiempo me sentía culpable, muy culpable. Había gente que se lo merecía más que yo, gente que lo había pasado incluso peor y que les habría arreglado la existencia melillense, y así pasé una de las peores noches en la ciudad que recuerdo aunque dormía en un cuarto enorme, en una cama de 1,35 con un excelente colchón, no como la mierda de gomaespuma que teníamos en el cuartel. Tenía un cuarto de baño con toda el agua caliente que quisiera y una flamante taza, era el paraíso militroncho, al menos por la semana y pico que quedaba por delante. Un escalofrío me recorrió la espalda pensando en lo que me esperaba al día siguiente…

 

 

 

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Imagen 7La formación de diana se me hizo más pesada de lo habitual. De nuevo, enfundado en aquel odioso mono verde, triste veía a mis compañeros dirigiéndose a sus destinos normales mientras los señalados la noche anterior enfilábamos nuestro camino hacia aquel enorme edificio mugriento, donde tiraríamos a la basura un día de nuestra vida limpiando mierda a base de bien.

Aquellas  caras que nos observaban con una mezcla de pasotismo militroncho y curiosidad ya me eran familiares,”demasiadas cocinas”,pensé, “llevo demasiadas cocinas en esta puta mili, el furri es un cabrón”.

Empezó la maldita rutina: se echaba a suertes quién fregaba los vasos, el mejor destino en cocina… una vez más no tuve suerte, me tocaba barrer y fregar el comedor, el inmenso comedor…

Me puse a barrer en cuanto se marchó el último soldado, me había tocado con dos compañeros más, de los cuales no recuerdo su nombre aunque recuerdo que eran buena gente y juntos nos pegamos la gran barrida de por la mañana. Una vez que el comedor quedó como los chorros, descansamos en una de las mesas cuando uno de los encargados de la cocina puso encima unas barras de pan, unos embutidos y briks de zumo con varios vasos. Nos había estado observando y, como habíamos currado como bellacos, nos invitaba a un piscolabis. No era habitual que la gente trabajara mucho, pues la mayoría  pasaban de darse la gran paliza barriendo y fregando, e incluso para muchos era la primera vez que agarraban un mocho.

La hora de la comida llegó y cientos de soldados entraban al comedor para dejarlo hecho una porquería, por lo que la faena volvería en breve.  Durante la recién entrada tarde, la barrida iba un poco más lenta, las fuerzas ya no eran las mismas y en aquel maldito comedor hacía un calor de mil demonios, Junio en Melilla podía ser muy caluroso. Yo puse mi mente en standby y mientras mi escoba y fregona bailaban de un lado para otro, mi mente estaba en la ya próxima Madrid, donde mi familia,novia y amigos me esperaban. El encargado de antes, al vernos currar sin levantar la cabeza, incluso nos puso un cassette, donde una de esas radios de todo música nos amenizaban el trabajo.

La cena volvió a dejar nuestro flamante comedor hecho unos zorros de nuevo, así que volvimos a barrer y fregar aquella maldita superficie…

Al fin, ya entrada la noche, terminamos, la cocina se acababa. Entonces el cabo, que era un pedazo de cabrón como pocos, nos reunió a todos y nos dijo que durante la noche vendría una compañía de regulares que estaba en Rostrogordo y que había que prepararles una cena para ellos, por lo que necesitaba que se quedara al menos dos de nosotros para un turno extra. Para saber quién lo haría se hizo un sorteo. No recuerdo cómo fue el sorteo, solamente se que fue un tongo como una casa y le tocó a mis dos compañeros, que eran del cuartel general, claro. Las miradas entre ellos los delataban. Yo tuve mucha suerte pues solamente pedían dos personas, por lo que yo quedaba libre.

En ese momento, me hirvió la sangre con la injusticia que se había cometido con mis compañeros y me fui derechito hacia el cabo y le dije:

-Yo me quedo también.

Él me miro pensando que era gilipollas, pero accedió con una medio sonrisa en esa cara de cabrón que de buena gana le habría borrado de una hostia.

Los compañeros se volvieron hacia mí y me agradecieron el gesto, gesto que no entendía por qué había hecho pero, aunque me tocaría estar currando hasta las tantas, me hacía sentir bien conmigo mismo…

Al poco tiempo la puerta se abrió y empezaron a entrar soldados llenos de suciedad, con barbas de chivo y patillas, signo inequívoco de veteranos de regulares. Se les puso en una zona preparada, aislada del resto pra que estuvieran todos en un mismo sitio y no ensuciaran todo el comedor. La cena era frugal, coronada por un vaso de leche y un puñado de galletas.

Los soldados venían eufóricos y los gritos, bromas y cánticos se oían por todo el edificio. Entonces sin saber cómo empezaron a tirarse galletas entre ellos y se montó una batalla campal donde la comida volaba por los aires, poniendo todo el comedor echo una mierda de nuevo…

Interiormente me cagué en su puta madre y sin que hubieran terminado, me puse a barrer como un condenado. Mis compañeros hicieron lo mismo, a ver si de esta forma se daban cuenta de que nos estaban puteando… pero no.

Eran las tantas cuando se fueron y el cabo nos dijo que podíamos ir a la compañía. Reventado, me disponía a huir cuando de la rabia, me volví y les dije a mis compañeros que me esperaran. Volé hasta el sitio donde almacenaban los zumos y saque todos cuanto pude, yo me quedé los que me guardé dentro del mono y los demás los repartí a mis compañeros. Fue una reacción un tanto tonta, fruto de la rabia. Los que trabajaban en la cocina seguramente ni se darían cuenta, pero cuando llegábamos al barracón pensé: QUE SE JODAN, el que no se conforma es porque no quiere…

P.D. La foto que he subido la he encontrado en intenet, al no encontrar unas que tenía del interior del comedor de Santiago, desconozco el autor, pero no tendré inconveniente en retirarla si el autor me lo dice.

 

 

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