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Archive for 8 marzo 2014

robomoroHace unos años conté la historia que nos sucedió en Melilla sobre un personaje llamativo al que llamamos ROBOMORO. Siguiendo la línea temporal de la mili que estoy narrando, nos sucedió esta pedazo de aventura, la cual he retocado para insertarla en el momento en el que ocurrió. Si queréis leerla completa  con su acongojante (al menos para mí) final podéis hacerlo aquí :  https://rinconfilin.wordpress.com/2008/09/09/robomoro-mitad-moro-mitad-maquina-de-asaltar-todo-un-cabron/

ROBOMORO

Melilla seguía dedicándonos inmensas cantidades de tiempo, a pesar de los servicios mecánicos, disponible para escondernos del ambiente militar en cuanto tocaran paseo.

Aquel día, mi amigo Pedro y yo estábamos sentados en el parque Hernández cuando, sin venir a cuento y en medio de una conversación más bien anodina, de las de cuando estás fuera del cuartel y te faltan siglos para salir de allí, aparece un moro de la morería, un hijo de Ab-del-Krim de 1´90 por lo menos, con una cara de todo menos de bueno que se planta entre nosotros.

Con mirada ida y más fumao que toro sentado, le dijo a Pedro: “tú, dame cuarenta duros”.Pedro, como si se lo hubiera ordenado el general de división, se miró buscando esos cuarenta duros ,y algo más de propina supongo. Convencido de que el siguiente sería yo, me puse a pensar cuánto dinero llevaba, cuando….

No sé si sería el espíritu militar (la fiel infantería…), el hartazgo de que en esa puñetera ciudad no se pudiera estar a gusto nunca, no sé… , el caso es que de repente, me sorprendí diciendo : “Pedro, a éste no le des ni un duro” y me puse digno ante él, a las malas éramos dos contra uno, joder. Ahora pienso cómo sería el nivel de presión soportado en aquel momento para saltar en evidente inferioridad de condiciones contra un tío que tenía pinta de ser un auténtico cabronazo de pura cepa y pata negra. Pedro se sorprendió casi  más que él al verme enfrentado cara a cara con un tío que me sacaba una cabeza y puede que una navaja.

Por mi mente no pasaba nada más que la dignidad de alguien que estaba harto de que la tomaran con ellos como si de un saco de boxeo se tratara, estaba hasta los huevos de que no se pudiera vivir ni siquiera fuera del cuartel y a plena tarde.

Me miró con cara de mala leche y la tomó conmigo. “tú ten cuidado que un día de estos te voy a matar…”.

La leche, y yo ahí  parado, rígido,dispuesto a la batalla en cualquier momento cual bandera de la legión en pleno Aaiún. Ni todas las cabilas marroquíes habrían podido moverme de esa posición de la que el mismísimo Millán Astray estaría orgulloso… . Afortunadamente, el moro, sabiendo que estaba en desventaja se fue no sin antes amenazarme directamente a mí varias veces de muerte. Contándoselo a mi amigo Sergio salió el apodo de ROBOMORO aunque no recuerdo bien por qué, pero el cachondeo fue evidente…

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Los “chakis” la estaban “pelando de gorda”, como se decía en argot militroncho. Como el defile de las FAS estaba póximo y allí iba a desfilar hasta “wisa”, el gato que me acompañaba en los archivos y me los  dejaba sin una sola cucaracha, los mandos asaban a los reclutas con el maldito orden cerrado. Nosotros a veces nos quedábamos a verlos un rato pensando en lo mal que lo estarían pasando, igual que lo pasamos nosotros en su momento.

La gente de nuestro reemplazo estaba deseando que juraran bandera, básicamente para que el peso de los servicios mecánicos recayeran sobre  nuevas espaldas y nos permitieran vivir un poco más tranquilamente a los curtidos soldaditos del 1/96.

Desde mi oficina se oían constantemente los gritos de los auxiliares y los ruidos de los taconazos y yo seguía mi faena diaria de no hacer nada más que escribir alguna carta de vez en cuando y escuchar la radio con mi walkman.

Un día apareció el que al parecer era el mando que estaba a cargo de mi destino: el brigada Higinio. Un tipo peculiar, que en el fondo no era malo ni mucho menos. Corpulento, con una inmensa barriga y una gran barba que ocultaba una cicatriz, siempre me pareció un buen tío, pero tenía la costumbre de sacar provecho de cualquier cosa que tuviera a mano: traía el coche a que se lo mirara el mecánico  de servicio, el peluquero de la compañía cortaba el pelo a sus niños… En aquella época era habitual, pero él quizá se pasaba un poco.

Vino a verme con dos soldaditos que cargaban un frigorífico de esos de carga superior y me dijo:

– Mira Santos, no quiero que mis soldaditos tengan que pagar un dineral por las coca-colas en la cantina del cuartel, así que traigo esto y me lo vas a vender tú.

Se me quedó cara de tonto durante varios segundos. Trajeron un montón de latas de coca-cola y unos pastelitos industriales de chocolate, ese era el género de aquella cantina apócrifa.

-cincuenta pesetas por cada pastel y otras cincuenta las coca-colas, Santos… ya echaremos cuentas.

Y ahí me quedé yo, haciendo inventario de lo que me habían dado y preparando todo para la venta. Se lo comenté a mis amigos a la hora de la comida y nadie daba crédito. Evidentemente no era altruismo lo que movía al mando, pero cualquiera decía nada…

El primer día fue un desastre. Nadie conocía la cantinilla y no se vendió nada. Yo estaba preocupado por el dinero, la combinación dinero y mandos militares no me gustaba  y el lado oscuro del brigada podía ser muy poco recomendable. Así que empecé a promocionar mi cantina “pirata” y al poco empezaron a caer los primeros pastelillos y latas. Yo compraba de vez en cuando, más que nada para que se viera movimiento. Todos los días, hacía balance y apuntaba lo que se había vendido y lo que quedaba.

Metido en mis pensamientos estaba a la hora de la cena con mi bandeja metálica cargada con 6 galletas, un vaso de leche y poca cosa más, me crucé con otro soldado. Tenía un rapado recién hecho, uniforme nuevo y botas relucientes, no cabía duda, era un Chaki, pero este era familiar… no podía ser… ¡¡Sí lo era!!

-¡¡¡Joder, Antonio!!!  ¡¡¡ No me lo puedo creer !!!

Mi amigo y compañero de los salesianos, aquel que en el gobierno militar de Madrid no quiso firmar  y esperó al siguiente llamamiento se encontraba conmigo una vez más a mil y pico kilómetros de casa.

Estuvimos cenando juntos y charlamos durante todo el tiempo. Él volvió a los tres meses y se encontró lo mismo: solo quedaban plazas para Melilla y para allá que se fue. La casualidad quiso que le tocara el mismo cuartel,pero no tuvo tanta suerte como yo. Le había tocado la U.I.R de regulares y me contaba que la estaba “pelando de gorda”. Seguimos viéndonos durante días y me contaba lo que ya era familiar para mí, que se podía resumir en puteos y más puteos.

Harto ya de tanta mierda melillense, el fin de semana me armé de valor y decidí irme a ver al páter de la castrense. Le pedí prestado a mi buen amigo Pedro uno de sus jerseys para estar un poco más presentable (mi ropa estaba un poco desastrosa) y junto con él acabamos la mañana del sábado en una misa llena de militares y familiares de militares, que uno no sabía qué era peor. Al término, entramos a la sacristía y allí conocimos a Javier, el monaguillo titular  y al páter José Luis (comandante entre otras cosas). Yo estaba acojonado, pues tenía demasiadas carencias para ser monaguillo El páter aunque era comandante era muy cercano,afable y para nada militarista. En cuanto a javier, el compañero monaguillo… era un encanto de persona, tenía una personalidad muy fuerte, muy alegre y te contagiaba su alegría desde la primera palabra, era de ese tipo de personas que creo que son especiales.  Me aseguraron que no me preocupara, en cuanto hiciera falta me llamarían.

Salí encantado de haber conocido a esas dos personas que serían tan importantes para mí durante la mili y volví al cuartel contento, muy contento…

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El mes de Mayo estaba ya a la mitad. Llevábamos más de dos meses seguidos en Melilla  viviendo una vida extraña, poco  tiempo si lo comparábamos con lo que llevábamos vivido en nuestra existencia, pero en nuestra mente  parecía que no había habido  nada antes de llegar a África y aunque ya quedaba menos para largarnos de allí para siempre, nuestros planes para dentro de seis meses se antojaban un abismo temporal insalvable.

Las semanas pasaban relativamente tranquilas al habernos acostumbrado al ritmo de servicios día sí día no, mientras no nos tocaran los fines de semana, claro. El buen tiempo inundaba Melilla y daba gusto perderse los dos días del finde en las calles melillenses. íbamos muchos días al club de tropa  a comer barato viendo una película tranquilos, pero casi nunca faltaban  tampoco unos buenos bocatas en el “Piscis”, bar espléndido donde ponían unos bocadillos fantásticos de chorizo picante bien regado con ali-oli, o los siempre entrañables pinchos melillenses, manjar suculento donde los hubiera.

Lo que prácticamente nunca faltaba eran nuestra visita al parque Hernández. Siempre me encantó aquel parque de estilo andaluz en el que paseaba muchísima gente a cuaquier hora del día. Pasear por él era como volver a ser civil andando por el Retiro de Madrid o alguno similar. Supongo que a mis amigos les pasaría los mismo porque allí sentados en algún banco hablábamos frecuentemente de las cosas que haríamos cuando volviéramos a ser “normales”. El parque,situado en el centro de Melilla, nos venía bien tanto a nosotros que veníamos de Santiago como a Jose, por lo que era muy normal que pasáramos gran cantidad de tiempo allí.

Por aquella época nos dimos cuenta de una cosa: las montañas de mierda que poblaban la playa melillense iban desapareciendo a pasos agigantados y así, a los pocos días, la playa parecía ya algo medianamente parecido a cualquier playa de la “peni”, tanto fue  así que incluso algunos puestos de helados hicieron presencia, dándo un aspecto amigable a aquel desastre que nos encontramos en aquel lejano ya Febrero.

Un día. al volver de nuestro paseo por la ciudad, vimos  mucho revuelo en el cuartel. Las naves que fueron nuestro hogar durante la U.I.R. de repente volvían a estar abiertas y mandos de la Legión, de la PM y de nuestra compañía revoloteaban por allí, entonces los vimos. Sabíamos que estaban a punto de venir pero no cuándo.

Un montón de chavales pelados con el uniforme nuevecito, las botas relucientes y con unas caras bastante raras aparecieron formando en la explanada de Santiago… eran los “chakis”, nuestros “chakis”.

Recuerdo aquellas caras medio asustadas mirando de reojo hacia arriba, en posición marcial, con los auxiliares metiéndose con ellos entre las filas mal hechas. Reconocí a más de un auxiliar veterano, los mismos que nos habían puteado a nosotros. Por un momento recordé que no mucho antes yo había sido uno de aquellos reclutas asustados y lo mal que lo pasé esos primeros días, que son los peores de largo de toda la mili.

Al oírlos, bastantes compañeros bajaron y una  sensación de alegría se apoderó de nosotros, eran los reclutas del 2/96, aquellos que nos verían “toíto reventados” , como decía la canción, irnos de Melilla para no volver. Allí estábamos nosotros encima de las escaleras, apoyados en la barandilla, viendo a los “chakis” como los nuestros nos miraban a nosotros tiempo atrás. Yo pasaba de gilipolleces de novateos y cosas similares, pero los veía de una forma: eran la prueba viviente de que el tiempo pasaba en Melilla y que un tercio de la Mili ya se había quedado atrás. A pesar de que se hacía eterno, de las ganas que a todas horas nos hacían pensar en nuestra casa, recuerdo pensar nítidamente que algún día estos momentos serían nada más que un recuerdo, algo que contar a los nietos o , quién sabe, capítulos de algún blog…

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