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Archive for 18 enero 2014

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Los archivos de la compañía del cuartel general seguían lóbregos y sucios como siempre, pero eran un lugar de escaqueo fantástico. En todo el tiempo que estuve allí solamente bajó el subteniente a preguntar por un expediente y otro  mando a preguntar si tenía filtros para la cafetera …

José Luis, mi compañero del 3/96 y yo, según el argot cuartelario, su “cukli” o “cuquli” o como leches se escriba, pasábamos las horas muertos de aburrimiento, pero la verdad es que entablamos una buena amistad. A veces bajaban compañeros de su reemplazo y se montaban unas tertulias por  las que Garci sentiría envidia. Ya les faltaba muy poquito para licenciarse, y empezaban a pasar de todo lo que no fuera pensar en la “peni”. Yo disfrutaba participando de ellas casi sintiéndome uno más de ellos, hablando de lo que haríamos cuando termináramos la mili y cosas similares.

La jerga cuartelaria enseñaba que cuando te quedaba menos de un mes dejabas de ser “wisa” para ser “mesías” porque ya no te quedaban meses, te quedaban días. Todas esas tonterías que ahora me parecen lamentables, se llevaban a rajatabla por la mayoría de los soldaditos melilleros. Todos los mesías se reunían cada noche para hacer la “petada de gorras”. Esto era un corrillo de gente lanzando la gorra mientras contaban los meses que llevaban en Melilla al son de : “que no son uno, que no son dos, que no son tres… y así hasta llegar al mes que llevaban, concretamente nueve.

Nosotros, pobre bichines, soñábamos con el día en que pudiéramos petar la gorra con igual fuerza que ellos y mirábamos con la envidia de ver algo inalcanzable.

Un día, mientras charlaba con José Luis saltó la conversación acerca del pedazo de destino en la capilla castrense y me dijo: “¿quieres que hable con el páter para que seas tú el nuevo monaguillo…? Tiempo me faltó para decir que sí, que me encantaría… ¿Dejar el cuartel y vivir como un civil el resto de la mili? aunque mis conocimientos de religión se reducían a los cinco años de estudios en los salesianos, tuve que pasar por un tío religioso practicante. Nunca fui realmente creyente pero durante esos años siempre tuve un gran respeto por la gente de la iglesia, habiendo comprobado que, como en todas partes, había gente muy válida dentro de esa institución que hacía una labor ensombrecida por la postura oficial de la cúpula dirigente.. vamos, como en el ejército.

Al día siguiente, esperaba expectante el resultado de la conversación con el páter, palabra que me sonaba a otros tiempos. Había una mala noticia y una buena: La mala era que no podría ser el monaguillo “titular” ya que en regulares había un soldado que era cura  y había sido elegido con toda la lógica, claro. La buena era que podría ser el monaguillo “suplente”. Cuando se fuera de permiso, podría ocupar su puesto. Solamente tendría que pasarme un día de estos a presentarme y a hacer la “entrevista” correspondiente.

Era una excelente noticia, a pesar de no haber podido conseguir el puesto, ser suplente tampoco estaba nada mal, eso suponía estar al menos tres semanas fuera del cuartel, en magnitudes militronchas era muchísimo. Además me quedaban otras tres semanas de permiso a mí lo que hacía un total de un mes y medio fuera del puto acuartelamiento Santiago.

Quedaban apenas escasos días para que el 3/95 diera su última “petada” en Melilla y e ra tradición militroncha que el “mesías” le dejara en herencia cosas útiles a su “cukli” y no  a su “chaki”. Por cosas útiles me refiero a la gorra (venía fenomenal  tener otra mientras se lavaba una), el cinturón blanco, reliquia de los uniformes de bonito antiguos y algunas cosillas más. Aunque esta tradición muchas veces no se cumplía, como no había “Chaki” en los archivos tuve la suerte  de heredar todas esas cosas, pero la mejor herencia sin duda era haber recibido (aunque fuera durante unas pocas semanas) el mejor destino que había en ese momento en la ciudad (cosa de ka que jamás le estaré lo suficientemente agradecido).

Al fin llegó el momento de la despedida…

La noche de antes de que se licenciara el 3/95 fue muy emocionante: era la primera vez que veíamos licenciarse a un reemplazo, las caras de felicidad, gritos, llantos, abrazos, bailes y cantos hasta tarde nos hacían un nudo en la garganta.  Alguno de los otros reemplazos se abrazaban y lloraban al ver partir a los amigos, compañeros durante tantos meses…su familia. Habían compartido todos esos malos momentos y soportado la ciudad más ingrata que habían conocido hasta ese momento juntos.

Yo estaba muy triste por pensar que ya no volvería a ver a mi compañero, pero al menos me dejó una gran herencia “mesías-cukli”. Le regalé una foto que nos hicimos una vez juntos y tras un abrazo  me volví a mi barracón.

A la mañana siguiente del 3/95 ya no quedaba ni rastro. Solamente un montón de camas y taquillas  vacías que   indicaban  que allí muchos compañeros habían sobrevivido a la mili, y en Melilla, que no era moco de pavo…

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P2080062La vida seguía en Melilla y, aunque echábamos de menos  a Simón, la mili nos exigía continuar con nuestros problemas, que no eran pocos.

Respecto a nuestro desfile, lo hacíamos tan sumamente mal que los mandos decidieron que lo haríamos sentados en los camiones, con el cetme en “presenten”. Al menos estaríamos sentados, se acabó el “orden cerrado”. Cada cierto tiempo  subíamos a Rostrogordo para practicar y ensayar la forma en que bajaríamos la avenida Juan Carlos I. Era un cachondeo porque la explanada de Rostrogordo está plagada de baches enormes, por lo que era imposible mantener la posición. Más de uno acababa tirado por el suelo del camión para deleite general, aunque había que tener mucho cuidado ya que la bayoneta estaba calada en el cetme y podía provocar daños graves. No obstante éramos jóvenes y ya estábamos curtidos en mil batallas melilleras… las risas eran generalizadas.

En una ocasión, al “tito” le dio por supervisar el desfile en un día en el que el sol machacaba Rostrogordo sin piedad. El calor era insoportable y nosotros íbamos ataviados con el chaleco antifragmentos, casco y todo tipo de indumentaria que hacía que pasáramos un calor de mil demonios, evidentemente no teníamos agua ni ninguna forma de refrescarnos, claro. Al hacer un descanso al “tito” le entró la vena marcial e hizo que toda la tropa que allí estábamos nos pusiéramos en formación.

Allí, a más de treinta grados a la sombra, sin agua y encima en formación hasta que al “tito” le saliera de los huevos… qué bien, otro puteo más , como si no tuviera bastante con habernos quitado los permisos, el muy cabrón.

Hasta los mandos se veía que estaban hartos de aguantar al colega, y uno de ellos, no recuerdo quién, tuvo un fogonazo de inteligencia y mala leche cuando nos dijo:

– Todo el mundo detrás de los camiones. No os salgáis de ellos, que como nos vea el general se nos cae el pelo.. ¡vamos!

Nos ha jodido, pensé. Cuando es el pobre soldadito el que sufre, a  los mandos les importa un carajo, pero cuando ellos ya son parte del sufrimiento, se sacan lo que sea para escaquearse…

Allí acabamos. Escondidos del “tito” y a la sombra de  nuestros camiones, y de formación nada. Cada uno como podía. Así era el ejército español pensábamos, aunque la verdad era que estábamos a gusto y nadie dijo nada, se lo agradecimos profundamente.

Cuando dieron la orden de volver a los camiones y regresar a los cuarteles pensaba en lo  absurdo que era lo que estábamos pasando desde hacía ya unos meses. ¿ de qué valía esta mierda? Estaba deseando que se pasara el desfile para volver a pedir un permiso y largarme a casa aunque fuera por unos días,  pero me sorprendí de que ya no tenía la urgencia de antes. Ya llevaba más de dos meses seguidos en Melilla y éramos unos melillenses más; conocíamos las tiendas, las calles y el entorno perfectamente, nos desenvolvíamos con agilidad por todos los recovecos militares y civiles. Me encontraba realmente a gusto con mis amigos y, aunque todos habríamos dado cualquier cosa por salir de allí, empezamos a tener una estabilidad dentro de lo jodido que era estar día sí y día no entrando de servicio.

Un día, en mis archivos, mi compañero José Luis me dijo que se iba a ausentar quince días, al preguntarle por qué,  no quiso soltar prenda hasta que al final me lo dijo: se iba de moaguillo a la capilla castrense…

¿ Qué coño era eso?, le pregunté. Era un destino desconocido en  Melilla. Un soldado hacía las veces de monaguillo preparando la iglesia durante las misas dos veces al día. El resto del tiempo no tenía que ir al cuartel, no tenía que ir de soldado, nada de formar ni nada parecido. Era un civil más, excepto dos horillas al día en las que tenía que estar al quite en la iglesia. Al ser necesitado nada más que un soldado y no pertenecer a ningún cuartel era una especie de destino clandestino, muy muy afortunado. Para las veces que se iba de permiso, se llamaba a un suplente que durante esos días cambiaba la vida militar por la civil, algo muy  agradecido. Se solía mantener en semisecreto por si los enchufes se ponían en marcha y te quitaban el sitio o si a los mandos les daba por joder y hacían subir al cuartel a dormir o algo similar. Por supuesto, al ser un destino “oculto” y no pertenecer a ningún cuerpo, el monaguillo estaba exento de cualquier servicio mecánico, aunque podía subir a comer al cuartel de la JLT.

La capilla  castrense era una pequeña iglesia que se encontraba muy cerca de la plaza de España. Yo no recordaba haberla visto, tampoco era muy asiduo a dichos edificios, la verdad sea dicha, pero el destino me pareció el paraíso en aquella tierra infernal, mucho mejor que cualquier cosa que hubiera visto allí. Me alegré por él  y volví a mi vida “laboral” pensando ” ¿qué pasará cuando José Luis y el monaguillo titular, que eran del 3 /95, el siguiente reemplazo en licenciarse, se vayan…?

P.d.  la iglesia de arriba es la auténtica iglesia castrense de melilla . La foto está sacada de internet. No sé exactamente la fuente.

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entrada-hospital-militarA los pocos días Simón no era sino un recuerdo.  Teníamos tantos servicios que hacer y tantas cosas de las que preocuparnos que , aunque deseaba que volviera en perfectas condiciones, tenía que encargarme del absurdo que era la vida cotidiana en compañía. La autoescuela me ayudaba a sentirme una persona y esa hora era un oasis civil entre tanto agobio militar. Dicha autoescuela siempre me pareció muy particular: estaba en la azotea de un edificio enfrente del hotel ánfora si no recuerdo mal. Entrar allí era volver a la España de los años 60. Parecía enteramente sacada de los decorados de cualquier película de Toni Leblanc. Melilla era así, anclada en el tiempo en gran parte. No había más que cortarse el pelo en “el legionario” con sus máquinas de cortar el pelo manuales, o ver aguiluchos preconstitucionales en cada calle,  para darse cuenta de que era una ciudad especial, muy especial.

Una nueva noticia negativa aumentó la ya larga lista de infortunios: El sargento de regulares Aboy, leyenda entre los militronchos de Santiago, pasaba en unos días a cuartel general y se iba a encargar de nuestro famoso desfile. También aumentaba el rumor de que nos íbamos de ese cuartel con destino a Autos, el cuartel de enfrente.

Mientras radio macuto echaba chispas con rumores y más rumores, el tiempo pasaba y, cosas del ser humano, nos íbamos acostumbrando a vivir en esas nuevas condiciones.  Mi cabeza, aún con unas ganas de volver a casa enormes, empezó a asentarse y empezaba a aceptar que tenía una nueva familia y una nueva casa en otra ciudad. Mis amigos se habían convertido para mí en algo indispensable. Ya solamente me ponía triste cuando recibía cartas de la “peni”.

Un buen día comenzaron los ensayos para el desfile. Después de desayunar nos hicieron coger unas “zetas” (Subfusiles) y empezamos el “orden cerrado” que creíamos olvidado ya desde la U.I.R.

Recuerdo a mi buen amigo Pedro, despistado él, que era el único que llevaba la “zeta” en el lado izquierdo, provocando la primera reprimenda que vimos del famoso sargento. Tras una horita desfilando horriblemente con el consiguiente cabreo de los mandos, volvimos a nuestros destinos cuando nos encontramos de bruces con Simón. Acababa de volver de León y traía un macuto enorme lleno de bolsas de patatas, cortezas, chocolate y demás chucherías. “son para todos” dijo, y me alegré profundamente de tenerle de vuelta con nosotros, parecía bastante mejor aunque estaba muy delgado y ojeroso, más que antes de irse.

Esa recuperación que notamos se desvaneció prácticamente al día siguiente. No era sino la alegría de volver a vernos lo que pareció remontarle un poco. Nos contó lo mal que lo había pasado: cada día en León, lejos de aliviarle, el lo interiorizaba como “un día menos para volver” lo que le convirtió el permiso en un infierno. Pasaron los días y  una vez más comenzó el descenso en picado, la presión en esos días era tal que en una ocasión, harto de oír lo mal que estaba, me revolví contra él:

-no es fácil para nadie,dije, ni para tí ni para ninguno de los que estamos aquí macho, te voy a quitar la depresión a hostias.

Pensando que se iba a liar gorda, me preparé para lo peor.

-Si así se me quita, empieza a dármelas porque yo no puedo más.

Inmediatamente le pedí perdón, sintiendo por él una inmensa pena…  Maldita mili, pensé, habéis jodido la vida de mi amigo.

Un día Manolo nos dijo alicaído que a Simón le habían ingresado en el hospital militar…

El hospital militar nos quedaba en la otra punta de la ciudad, pero qué leches, Simón era de nuestra familia y como tal había que ayudarle hasta las últimas consecuencias. Allí nos presentamos al día siguiente (recuerdo que era sábado) en aquel deprimente sitio: una serie de barracones descendientes de la época colonial donde dependiendo de lo que tuvieras te tocaba uno u otro. Allí le encontramos compartiendo habitación con Mimón, un regular melillense musulmán muy simpático, que nos enseñó muchas palabras en Serja, el idioma que se hablaba en la zona musulmana. Este hombre estaba allí por haberse escapado del cuartel cuando le quedaban dos semanas para licenciarse por lo que, en vez de llevarle al calabozo acabó en el pabellón psiquiátrico haciendo compañía a nuestro amigo. Así pasamos los siguientes días visitando a Simón, llevándole lecturas y cuando nos lo podíamos permitir, nos quedábamos con él más allá del tiempo de visita, escondiéndonos detrás de las camas cuando creíamos que venían los médicos o las enfermeras, arriesgándonos a un buen puro.

Pero Simón no se recuperaba, nada podíamos hacer y día a día veíamos a nuestro amigo consumiéndose. Un día apareció en la compañía: Se iba a casa con una prórroga de dos años revisable, lo mismo definitiva. El primero de nosotros que se “licenciaba” seis meses antes. Recuerdo que me entró un sentimiento extraño mezcla de envidia y rabia terrible. Sentía que nos abandonaba sin luchar, que no había sido capaz de sobreponerse a lo que nos habían impuesto pero al ver su estado no pude sino compadecerle, había pasado las de Caín. Pedro y yo le acompañamos a la barrera del cuartel de Santiago mientras venía el taxi y hablamos de la vida civil que le esperaba. Curiosamente noté en su voz algo raro que siempre he pensado que era alivio, quizá alivio por dejar el infierno al que se le había sometido. Se despidió de nosotros con sendos abrazos y, con un nudo en la garganta, nos dimos nuestras direcciones. Él empezó a decir algo ciertamente extraño; “quizá podría haber aguantado más”, ” a lo mejor podía haberla terminado” y cosas por el estilo. Lo que es la mente, una vez liberado de la tensión se dio cuenta de lo que pudo haber hecho.

Prometió escribirnos y contarnos su recuperación, incluso dijo que lo mismo en verano se vendría a vernos unos días, no perderíamos el contacto.

Quién me iba a decir cuando miraba cómo el taxi desaparecía carretera de cabrerizas abajo en dirección al aeropuerto que no volvería a verle ni a saber de él nunca más…

P.d. Cómo me gustaría saber qué fue de mi amigo.

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Más o menos la vida cuartelera en Melilla durante  aquellos primeros meses en la compañía era un compendio infame de servicios mecánicos (refuerzos, cocinas, imaginarias, limpiezas…) e interminables días vagabundeando por la ciudad, deseando que pasara el tiempo.

Cada vez que había alguna novedad, era para peor: nos enteramos de que nuestro capitán se iba durante unos meses no se sabe dónde y nos quedábamos con el Álferez Mizzi al mando. Esto no era malo puesto que el Alférez era un excelente militar y no era un cabrón como era norma general por esos lares. El problema vino después. Acompañando a esta noticia nos enteramos de que el “tito”, como llamábamos al general de División que mandaba en toda Melilla, había cancelado todos los permisos durante un par de meses, hasta que pasara su última invención: el desfile de las fuerzas armadas que se iba a celebrar en Melilla a principios de Junio.  Eso hacía que todas mis esperanzas de volver a casa en Mayo se fueran a tomar por saco. Para mí fue un desastre emocional, la verdad es que me hundí psicológicamente y me fui escopetado a hablar con el Alférez. Una vez más me planté muy marcial y en perfecto estado de revista, esperando que al final fuera nada más que un susto, una anecdotilla que contar a los compañeros…

Pero  esta vez el alférez fue implacable. La orden era tajante por parte del “tito”: nada de permisos. Me sumí en un estado predepresivo. Estaba harto, completamente hasta los huevos. ¿Qué coño pasaba aquí? nos trataban como a perros día sí y día también. Solamente nos levantábamos porque sabíamos que quedaba un día menos para terminar, hacíamos servicios cada día, dormíamos con ratas y en condiciones insalubres, la comida era basura… Ahora pienso que incluso en la cárcel se vivía mejor, por lo menos en lo que a condiciones se refiere.

A todo esto, Simón empezó a desvariar. Tuvo un enfrentamiento con el cabo primero y gracias a Manolo, nuestro médico y amigo, Simón acabó viendo al comandante médico. Ese gilipollas pensó que estaba intentando escaquearse de la mili y tensó la cuerda haciendo comentarios dignos de su inteligencia, pero Simón ya no estaba por el juego y entre el comandante y Manolo, Simón acabó rebajado de servicios. Fue duro ver cómo mi amigo se iba consumiendo poco a poco, hasta tal punto que su madre y su hermana vinieron a Melilla para estar unos días con él. Recuerdo  el día que acompañamos a Simón a la habitación del hotel que tenía alquilada para su familia. Ellas llegaban esa misma noche y la habitación estaba disponible desde las doce de la mañana.Compramos varias tabletas de chocolate (nuestra fuente de energía) , algunas cosillas más para comer y nos pusimos a ver la tele en la habitación. Tal era nuestro estado de agotamiento que acabamos Javi, Simón, Pedro y yo dormidos durante horas, consecuencia de estar sentados o tumbados en camas con un colchón de los de verdad. Fuimos a recoger a la familia de Simón al puerto y nos volvimos al cuartel.

Nosotros les ayudábamos como podíamos, íbamos al cine, comíamos en el Piscis , los fines de semana no pisábamos el cuartel excepto para dormir, pero el ritmo cuartelario durante esos meses era infernal y, al menos para mí, mantenerlo me suponía un enorme esfuerzo. Estábamos pasando los peores días de toda la mili, peor incluso que los primeros días de UIR. El estado físico era malo, pero lo que nos machacaba era el estado mental.  El único que aguantaba  la presión era Pedro, que con su ánimo conseguía sacarnos más  de una sonrisa.

La familia de Simón se fue y Él poco a poco fue empeorando. Al final consiguió un permiso especial de quince días a ver si se recuperaba.  La verdad es que me alegré por él porque se encontraba muy muy jodido, la inactividad tampoco le ayudaba y los médicos tenían que darle ansiolíticos y antidepresivos, lo que le convertía en un zombie durante la mayor parte del día.

Cuando se fue, mi estado empeoró también. Yo no quería acabar como él y decidí actuar al respecto. Necesitaba alejarme del mundo militar lo más posible durante al menos una parte del día, así que me apunté a la autoescuela. De esta forma mataba dos pájaros de un tiro: me sacaría el carnet y aprovecharía el tiempo muerto que teníamos en otra cosa que no fuera comerme la cabeza, necesitaba ponerme una meta en la que pensar ahora que todo se estaba viniendo abajo. En la  mili todo era efímero. Apenas llevábamos unos pocos meses y habíamos tenido que cambiar de estilo de vida varias veces. ¿Qué más nos esperaba?- pensaba, una vez más tenía miedo, bastante miedo.

 

 

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