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Archive for 6 julio 2013

 

 

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Libres ya de maniobras, el 1/96 nos dedicábamos a hacer los servicios que nos asignaban sin piedad. Durante el tiempo libre, pasábamos las tardes como buenamente podíamos en Melilla: el buen tiempo se adueñó de la ciudad salvo en contadísimas ocasiones,  y ya no nos abandonaría durante el resto de la mili, por lo que no deseábamos pasar ni un minuto más del necesario en el acuartelamiento Santiago.

En cuanto tocaban paseo, salíamos escopetados para intentar desconectar del ambiente militar, nos hicimos el carnet de la biblioteca municipal, biblioteca preciosa con muy buen fondo y creo que ya lo comenté en alguna ocasión, unos cuartos de baño impecables…

Visitábamos siempre que podíamos a nuestro amigos Jose y Juan a la JLT y junto con Javi, con el que quedábamos en la nave de Regulares, volvíamos a tener casi el mismo grupo de la U.I.R. .

Lo bueno que tenía la mili (si es que tenía algo bueno) era que aunque no pertenecieras al grupo más íntimo de amigos, podías unirte a prácticamente cualquier grupo de compañeros para salir en caso de que tus “mejores amigos” estuvieran “pelando” servicios y por supuesto en el caso de que alguien se uniera a nosotros, siempre era bienvenido.

Así conocí a muchos compañeros fantásticos de los que ya no recuerdo el nombre pero sí que me acuerdo de los cafés en las terrazas de los bares, las visitas a la oficina de PAUKN airo incluso el  ir al cajero o a la lavandería,  sitios básicos para la vida militroncha.  La cuestión era no pasar ni un segundo solo, pues el naufragio mental estaba siempre rondándonos.

Simón, al que ya le dediqué un post entero https://rinconfilin.wordpress.com/2008/10/26/mi-amigo-simon/

empezó a tener problemas. El tiempo durante esas semanas post-UIR  pasaba  increíblemente lento, casi eterno. Echábamos mucho de menos nuestras casas, nuestras familias, amigos… en definitiva, nuestras vidas.

Algunas personas lo aceptaban muy bien otras un poco peor y otros… fatal. Yo me encontraba entre ellos y por supuesto él. Yo me aferraba a mi siguiente permiso en Mayo para coincidir con la festividad de mi antiguo instituto, donde mis inolvidables amigos de mi clase me esperaban. Recibía  muchos días cartas reconfortantes donde me recordaban y me echaban de menos, dejándome una extraña sensación mezcla de alegría y melancolía: mi antiguo mundo no había desaparecido.

El tiempo de mili se nos hacía una montaña difícil de escalar, sobre todo si encima vivíamos entre mierda y los furrieles nos asaban a servicios (cuarteleros, refuerzos, imaginarias, cocinas…). Fueron con diferencia, los meses más duros de la mili.

Otro cable de unión con nuestro mundo eran las cabinas telefónicas. Las monedas de cien  volaban en ellas y de las trece mil quinientas pesetas que ganábamos al mes, una gran parte acababan en las arcas de Telefónica.

De mis amigos, el caso de Pedro era excepcional. La persona apocada que era los primeros días de llegar a Melilla se había adaptado a la perfección, incluso se sentía bien allí, tanto que ni siquiera cogió el permiso de jura.  Era admirable cómo pasaba la Mili, respetado por todos, amigo de casi todos… como digo, admirable de todas todas.

El caso contrario era Simón.  Una tarde, estábamos en la plaza de las columnas en plena avenida Juan Carlos I, pegados cómo no a una cabina, cuando unos chavales empezaron a pedirle dinero a Simón mientras hablaba con su familia. Cuando cogía Simón la cabina, podías esperar un buen rato pues casi siempre caían más de mil pesetas. Después de negar a los niños con el dedo y tras la insistencia de ellos, Simón le metió un puñetazo al primero que pilló.  Aquello me dejó frío y me hizo pensar en lo mal que lo estaría pasando. Quizá había cruzado la línea de la estabilidad, línea que bordeábamos cada día, yo no lo entendía aún pero pronto empezaría el derrumbe de mi amigo.

Esta puta ciudad nos  llevaba al límite a todos, de esas semanas solamente tengo recuerdos confusos de hastío, miedo , rabia y la nítida sensación de una extrema lentitud en el paso del tiempo…

 

P.D. la cabina del fondo es la cabina donde nos dimos cuenta del declive de mi amigo.

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