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Archive for 30 marzo 2013

Fuerte San Francisco   2 5974_1196256991542_7893449_nPoco llevaba de “archivero” cuando  a las oficinas llegó una noticia bomba: el cuartel general se trasladaría en breve al cuartel de Autos. Dejábamos Santiago únicamente para los regulares. No había fecha concreta pero se pensaba en pasado el verano. Lo más cachondo es que el traslado lo haríamos con nuestros propios medios:  los soldados, claro. Los veteranos, nos decían que este rumor se llevaba oyendo desde que eran “bichines”, por lo que lo mismo nos licenciábamos nosotros sin verlo.

Yo, sin embargo estaba más preocupado en presentar mi solicitud de permiso que en otra cosa. Mi calendario estaba preparado y en un mes más o menos tenía pensado largarme una semanita.  Mi intenció era mirar las agencias de viaje en esa misma semana, pero esta vez iría directamente  a las oficiales de IBERIA o de PAUKN AIR, nada de “viajes nosequé” y mucho menos MELISUR.

Desgraciadamente, esa tarde no iría: me tocaba refuerzo. El refuerzo es un tipo de servicio en el que debías “reforzar” a la guardia de la USAC del cuartel.  Se diferenciaba de la guardia en que mientras ellos hacían dos horas de guardia y dos de descanso, el refuerzo hacía cuatro de guardia y dos de descanso. Empezábamos a las cinco de la tarde y acabábamos  a las siete de la mañana con el toque de diana.

Dependiendo del turno que te tocara podías pasarte casi una noche en vela cuando las cuatro horas de servicio iban desde la una hasta las cinco de la mañana (si no recuerdo mal).

Tuve suerte (mala, claro) y ese mismo turno fue el que me tocó esa noche. La tarde más o menos se presentó tranquila con paseos por el cuartel con el compañero de la USAC, saludando a los compañeros que se iban a Melilla mientras yo me quedaba “toíto reventado” como se decía.

Después de cenar y ya con la noche echada, me tocó el primer turno: barrera. Consistía en estar de guardia al lado de la barrera blanca y roja de la entrada durante dos horas. Con el CETME colgado, andaba de un lado para otro de la barrera para evitar quedarme dormido mientras observaba las casas de la carretera de cabrerizas y la famosísima cabina de enfrente.

Ensimismado en mis pensamientos (la licencia, permiso y todo lo que fuera perder de vista Melilla), apareció un coche a toda velocidad bajando la carretera y pasando a pocos metros de mí. frenó a mi altura y los personajes que iban dentro, cuatro moros, se dedicaron a insultarme de arriba a abajo, llamándome de todo menos guapo.

Yo me quedé a cuadros mirándoles por un segundo, y continué mi vaibén. En realidad no tenia miedo ya que tenía mi CETME con un cargador llenito, pero por si acaso, les echaba la visual de reojo. Hartos de su jueguecito absurdo se fueron tan rápido como vinieron. Hablando con el cabo, me dijo que era bastante habitual, que no le diera importancia.

Flipando en colores aún, terminó mi turno en la barrera y me destinaron  dos horitas, de tres a cinco de la madrugada, al polvorín junto a un compañero de la USAC.

Una garita solitaria que parecía una almena medieval en el techo del  susodicho polvorín, edificio que si no recuerdo mal era el antiguo fuerte de San Francisco, nos acompañaría el tiempo de guardia.

Desde allí se veía toda la carretera de cabrerizas,  una gran hilera de luces de farola con las casas bajas a los lados. Al frente, una especie de anfiteatro natural lleno de casas iguales que las que nos rodeaban: casas bajas, pintadas de colores pastel o blanco, en su mayoría con aspecto pobre. Debajo de ellas, muy cerca de nosotros, se veía el minarete de la mezquita central, coronado por una cúpula roja y blanca, dando un aspecto tan exótico que parecía que estuviéramos en alguna ciudad musulmana.

El compañero de la USAC y yo estábamos rendidos de sueño y apenas nos dirigíamos la palabra, hasta que me propuso que uno de los dos se metiera dentro de la garita y se echara al suelo a dormir durante una hora. Al cabo de ese tiempo se cambiarían los papeles. Acepté gustoso y me metí el primero dentro de la garita, lo suficientemente ancha para dejar el CETME a un lado y tumbarme ligeramente encogido.

Me desperté sobresaltado. Un mal sueño quizá. Me levanté roto por estar en el suelo con bastante frío y busqué a mi compañero para preguntarle por el turno.

Allí me lo encontré: tirado a la intemperie, con la zeta tirada y roncando como un bendito. ¡Joder! si le daba al cabo por pasarse para algo, o peor, al chusquero de guardia, nos habría caído un puro de los de acordarse toda la vida. Le desperté y le pregunté la hora. El pobre, me pidió perdón y al mirar la hora, me dijo que quedaban… ¡ cinco minutos! para el cambio de guardia. Habíamos pasado las dos horas durmiendo encima del polvorín. Lo bueno era que se acababa el turno de cuatro horas y me llegaban otras dos horas de descanso, y después diana, fin del refuerzo. Con una sonrisa por dentro, volví  a la compañía para continuar el día a día melillense con mis inolvidables amigos. había tenido suerte, ya veríamos las próximas veces…

P.D. La foto de arriba  es de justamente la garita donde pasamos esa guardia tan “relajada”.

Está sacada de la muy recomendable página:

http://fotografiasdemelilla.blogspot.com.es

La de abajo me la ha pasado mi amigo Álvaro, es la misma zona vista “en primera fila”. Muchas gracias, Álvaro.

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2jcj1goUn nuevo día se levantó con su belleza diaria de colores y contrastes  mientras nosotros, pobres ciegos, continuábamos luchando durante esas primeras semanas infernales en el destino. La cocina del día anterior ya era solamente un mal recuerdo y quién sabe, algo que contar con el tiempo…

Yo estrenaba mi flamante nuevo destino: los archivos  del cuartel general.  Una puerta gris de metal cerrada a cal y canto debajo del edificio  de la compañía era la única pista de la existencia de esa oficina apócrifa; prácticamente desconocida incluso para los mandos, parecía un paraíso para la actividad más cotidiana del soldado de reemplazo: el escaqueo.  Como se encontraba debajo de unas escaleras, era casi invisible para cualquiera que no supiera su existencia. Tenía que recoger las llaves junto al resto de los oficinistas. Era curioso que dicha oficina era la única en la que el oficinista no era ascendido a cabo, cosa que tampoco me preocupaba lo más mínimo por otra parte.

Al abrir la puerta, lo único que se veía era, resumiendo todo en una palabra, mierda. Un cuarto llenísimo de polvo, oscuro, con apenas una ventana que daba al patio donde se formaba, por lo que había que tenerla cerrada para evitar posibles mandos chusqueros curiosos. Una mesa de oficina antigua con tres cajones a la izquierda presidía la  reunión de estanterias llenas de papeles, legajos y demás documentación “confidencial”. Todo estaba manga por hombro y era imposible buscar nada en aquel desbarajuste sin orden ni concierto. Ningún papel estaba clasificado, ninguna etiqueta indicaba el año de archivo. Yo rezaba para que no bajara nadie a pedir nada…

Al principio sentía curiosidad por leer los papeles e incluso hice varios intentos para organizar aquello, pero era absolutamente imposible. Me resigné y al final bajaba mi libro de estudio ( me estaba preparando para la universidad)  mi “walkman”, y así pasaba las horas.

Esto tenía un gran inconveniente: el tiempo pasaba infernalmente lento. Cada día era un siglo interminable, ya que desde las diez hasta la hora de la salida, nadie aparecía por allí y, la verdad sea dicha, el libro de estudio no duraba mucho tiempo abierto. Me dedicaba a escuchar la radio, escribir cartas y poco más. Poco a poco empecé a entender a Simón. Allí uno era como Jack Nicholson en “el resplandor”: solo, aislado, apenas escribiendo o leyendo y comíendote la cabeza con las cosas de la mili, que eran muchas, ¿qué pintaba yo tan lejos de mi casa ahí metido sin poder hacer nada de provecho? nadie sabrá nunca las ganas que tenía de salir de allí, de esa condena absurda en aquella cárcel. Solamente había una cosa que me animaba: pensar el siguiente permiso. Con mi calendario tachado, elaboraba todos los días un plan de escapada de permiso, dividiendo el tiempo que me faltaba de mili en varias partes iguales, la idea era irme de permiso a intervalos regulares para que no se me hiciera tan largo. El próximo que me pensaba pedir era en mayo, para el 24, que era la fiesta donde nos íbamos a reunir todos los de mi clase después de haber acabado el instituto. Sí, aquella sería mi próxima meta.

 

 

P.D. si quieres saber dónde estaban los archivos pulsa sobre la foto.

Filín de Rusadir.

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cocinaVolver a Santiago después de haber “probado” la JLT era frustrante. En la formación de la noche le daba vueltas a todo eso pensando: “no puede ser todo tan bonito allí” me dije. Poco tiempo después Jose nos lo confirmó. Había mucha mierda detrás, cómo no. Detrás de cualquier cosa en Melilla siempre había lo mismo…

Metido en mis pensamientos, el cabo empezó a repartir servicios. En aquel tramo de mili, cuando eras un “bicho”, la costumbre del cuartel general era que los nuevos se inflaban a servicios, los siguientes solamente hacían imaginarias y los wisas estaban “rebajados” de todo. Era la “ley de mili”, claro. De esta forma, los primeros dos o tres meses en compañía se convertían en un infierno en los que entrabas de servicio casi día sí día no. La palabara “cocina” se emparejó con mi apellido otra vez.

“maldita sea” pensé mientras gritaba el ¡presente! correspondiente. Esta vez la hacía con Simón. Era un servicio para el que no había sido rebajado y por lo menos se me haría más corta con un compañero.

Como ya era habitual, después del desayuno nos presentamos al cabo cocina con nuestros monos verdes preparados para cualquier cosa que se nos avecinara. De momento, el cabronazo del cabo cocina puso a dos amiguetes suyos con los vasos por lo que, los demás nos repartiríamos el “pastel” del salón  y  del interior de la cocina.

A Simón  y a mí nos cogieron por separado y nos llevaron a un cuarto con una inmensa cantidad de patatas repartidas por todos los lados. Nunca había vista tantas patatas juntas. Una máquina metálica presidía dicho cuarto: “se nos ha estropeado la máquina de pelar patatas. Hay que pelar a mano todas estas” dijo uno de los que nos había conducido al lóbrego lugar.

Sentados en nuestras sillas y cuchillo en mano comenzamos a pelar kilos y kilos de patatas como si no hubiera un mañana. Recuerdo estar casi tres horas pelando las puñeteras patatas. Tenía los dedos arrugados como cuando pasas mucho tiempo en el agua y la espalda me ardía. No sé cuantos pelamos pero calculo que cada uno se haría no menos de cincuenta kilos. Al menos Simón parecía haber vuelto a ser el que era. Gastaba bromas y nos reíamos pasando un rato desagradable pero al mismo tiempo  ameno. Después de la pelada, ayudamos a terminar de fregar los suelos del salón, para caer rendidos a la hora de  la comida. Comimos y tras unos minutos de descanso volvía a estar todo hecho una pena por lo que nos tocaba continuar la faena. A unos les tocó volver a a limpiar el salón (qué desagradable y poco  agradecido era). A nosotros se nos reservaba lo bueno: limpiar las cacerolas de la comida. Inmensos perolos metálicos que sacamos llenos de restos de comida y grasa a unos grifos lamentables que se encontraban en una especie de patio interior de la cocina. En ese momento empezó la pesadilla. No funcionaban los grifos. Algo había pasado y las cazuelas tenían que estar listas para la cena, pero nuestras mentes iluminadas, nuestros faros alumbradores en la oscuridad, o sea, nuestros mandos chusqueros tuvieron la feliz idea de sacara agua de unos depósitos donde se guardaba el agua de lluvia. Yo creo que desde que llegué a Melilla no había visto llover por lo que os podéis imaginar la calidad del agua que trajeron en unos bidones de la época cuaternaria. Bueno, algo era algo. Buscamos los estropajos de rigor para ponernos con el “dar cera, pulir cera” cuando nos informaron de la segunda de la tarde: tampoco quedaba estropajo, pero vamos que tampoco pasaba nada porque no había jabón .

Sin jabón, sin estropajo y con un líquido con remoto parecido al agua debíamos dejar como los chorros un montón de cacerolas tamaño XXL, así que la imaginación hizo el resto. Cogimos trozos de  piedra, o sea de asfalto del suelo y con muchas ganas rascamos cada centímetro de metal. Ni que decir tiene que no cenaríamos ese día en el cuartel y probablemente no comeríamos tampoco al día siguiente.

Mucho tiempo después dejamos todo con aspecto limpio aunque seguramente insalubre y probablemente tóxico, pero nosotros habíamos cumplido nuestra misión. LLegó la cena y después vuelta a la batalla, esta vez ya con todo el material necesario. Rollos de estropajo enormes y cajas de jabón lavavajillas llegaron para la noche ante la alegría general.

Al fin a la 1:00 de la mañana llegamos a la compañía sin saber del todo si aquello había sucedido de verdad pues creo que nunca viví una situación tan surrealista. Melilla y la mili se superaba día a día y esos días se revelaban como una caja de sorpresas a cual peor…

P.D. La foto es la del auténtico comedor de Santiago encontrada en internet. Al fin y al cabo, bonitos recuerdos de una época que no volverá.

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