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Archive for 27 enero 2013

Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 5.900 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 10 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

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20110812_8482Al día siguiente, recuerdo que era sábado, al entrar  al baño para afeitarme,  intentando pelear entre los compañeros por conseguir un hueco de espejo, se escuchaban comentarios acerca del extraño primer imaginaria de esa noche. Preferí hacer oídos sordos y salí rápidamente para desayunar mi querido “Pochascao” con mis amigos.

Había vuelto Pedro a la compañía y junto con Sergio y Simón formábamos la “camareta” que nos separaba del resto del ambiente de aquel barracón insalubre. Aquel Sábado, nos dispusimos a buscar a Jose y a Juan, destinados a aquella cosa llamada JLT, cuartel del que no habíamos oído hablar.

Los sábados y los domingos eran, si no te tocaba “pelar” algún servicio, los mejores días de la semana, donde más civiles  parecíamos, aunque vagábamos por la ciudad si rumbo buscando volver un poco a ser los chavales normales de antes de la mili.

Nos habíamos enterado de que la JLT esa se encontraba en Melilla la vieja, por lo que en cuanto tocaron “marcha”  a las once de la mañana nos dispusimos a encontrarlo. La primavera ya comenzaba a hacer que los días en Melilla fueran más agradables y esa oscuridad triste y lóbrega del invierno dejó paso a la luz más brillante y a los colores más espectaculares en los amaneceres y anochecheres. También era muy importante que ya no era necesario parar en bares a cafetear a todas horas. Con el buen tiempo, cualquier banco en cualquier parque o plaza podía ser suficiente para pasar el día. A pesar de todo, el  odio más visceral hacia Melilla recorría mis sentidos y los de mis compañeros haciendo que un magnífico día primaveral en una zona  preciosa como Melilla la vieja  fuera invisible para todos.

Melilla la vieja, o “el pueblo” como se solía llamar es un bellísimo recinto amurallado, muy cerca del puerto, cuajado de palmeras y  rodeado por el mar. Entrábamos por la llamada “puerta de la marina” llegando a la plaza de los aljibes  donde se encontraban tres puertas de madera antiquísimas  enormes. Una de ellas estaba abierta y había un soldado de mimeta en la entrada. “Blanco y en botella” pensamos, así que nos dirigimos hacia allí y preguntamos: efectivamente, esa era la JLT y nuestros amigos casualmente se encontraban dentro. Nos indicaron que pasáramos a verlos. Entrar a un cuartel  que no era el tuyo podía significar un buen puro en el calabozo por lo que nos resistimos.

Le dijimos que por favor llamaran a nuestros amigos y que salieran ellos. Al poco aparecieron y tras abrazos de alegría nos “obligaron” a pasar. No había mandos por lo que, a pesar de nuestras reticencias, entramos.

La JLT era un mundo aparte. Ni en nuestros mejores sueños podíamos imaginarnos un cuartel como ese:  una bóveda de ladrillo rojo antiquísima la mitad de grande que nuestro barracón era la nave donde dormían los soldados destinados allí, una biblioteca con “el jueves” y por supuestísimo la lectura obligatoria en Melilla: el “puta mili”, futbolín y una mesa de ping pong. No había cocina (por lo que no había que ir a pegarse la gran paliza), la comida venía en camión desde caballería. Los fines de semana sin mandos y la leche: sin guardias ni refuerzos. Para nosotros era el paraíso en la tierra.   Habíamos descubierto un destino que apenas conocía nadie, razón por la que seguía siendo el cielo de los “enchufados”, pero lo mejor estaba por llegar. Jose tenía un cuarto para el solo. Dicho cuarto se encontraba incluso fuera del cuartel en la puerta opuesta a la de los demás. Allí había un pequeño despacho con una ventana que daba directamente al puerto de Melilla y una puerta que separaba dicho despacho del cuarto con dos camas donde estaba él. Una cafetera presidía la vista que, a nuestro modo de ver era como si le hubiera tocado la lotería castrense. Le otorgaba una independencia que nosotros solamente podíamos soñar.

Salimos con una  cara de tontos que nos duró varios minutos. Mientras tanto, nuestros compañeros nos enseñaron Melilla la vieja y sus recovecos. Vimos los cañones entre ellos el de Pedro de Estopiñán y nos sumergimos en la historia de la ciudad, historia que en otro momento hubiera sido fascinante pero que en aquel solamente era solamente  una anestesia temporal, con aquella sensación  de que “despertaríamos” y tendríamos que volver a subir la carretera de cabrerizas y entrar en Santiago, donde volvería el mundo real, un mundo hostil en el que la supervivencia prevalecía sobre los supuestos encantos de la ciudad.

A pesar de todo, habiendo “recuperado” a los amigos, ya con destino fijo ( no era demasiado malo), con un mes y pico de mili pasado y ya buscando fechas para el primer permiso ahora puedo pensar que no fue un mal día…

p.d. los que esteis interesados, podeis entrar a la web http://melillalavieja.com/tag/melilla-la-vieja-general/ y descubrireis más cosas sobre ese fantástico lugar.

 

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Lo que más recuerdo de la mili es el final. Y con el final no me refiero a las despedidas, a dejar el destino, a ceder el puesto a mi “machaca”, a levantar el dedo en modo de despedida a unos mandos que (salvo alguna excepción) se portaron muy bien conmigo. No. Con el final me refiero al final de verdad, a ese acto más bien personal que temporal de dejarlo atrás.

Recuerdo perfectamente cuando ocurrió. Fue al dejar de tocar las ruedas del avión el suelo de Melilla. Lo recuerdo claramente porque no recuerdo ni despedirme de los compañeros. De hecho, hay gente que se enteraría después de que me había ido.

El viaje desde el cuartel hasta el aeropuerto fue velado, como supongo que han de sentirse los que tienen un mal despertar de una anestesia. Sólo que había estado anestesiado ocho meses. Es la única forma en la que puedo describir el estado mental en el que se estableció mi persona. Descubrí muchas cosas de mi mismo que me han hecho ser más pausado y prudente después. Cuando descubres hasta dónde puedes llegar en una situación de tensión o bajo la presión del entorno, realmente acojona. No sé decirlo de forma más simple. Es así. Te asustas de ti mismo. Lo peor es que sé que hay compañeros que ni siquiera se dieron cuenta de esta transformación, incluso en ellos mismos, pero será por la edad con la que fui, yo lo percibí.

Cuando llegué al aeropuerto, por supuesto con suficiente tiempo, fuera a ser que hubiera problemas y me quedara en tierra, un tiempo de espera. No fue ni largo ni corto. No se me hizo eterno. El mundo era una película en blanco y negro, como si estuviera volviendo a ver Casablanca, pero con unos actores muy cutres, y yo el único espectador.

Al pasar el macuto por la inspección recuerdo pensar: “¿No me habrán metido algo los demás? ¿Anda que si ahora me paran por semejante mierda?”. A los que conozcan sabrán a qué me refiero, y por qué sería una cabronada. Tendría tela, vamos. Pero nada, todo bien, la cosa fue como tenía que ir y en veinte minutos estaba en un avión casi vacío, exactamente como me sentía yo.

No sé si alguna vez habéis estado en una casa con varias habitaciones, y una panda de críos haciendo ruido en una de ellas. A medida que vas cerrando puertas se va apagando el sonido. No hay progreso. Es un cambio brusco con cada puerta. Así me sentía en cada paso hacia casa.

Pero la ruptura final, el momento en el que la mili quedó atrás, fue cuando el avión aceleró, y con la sacudida de empezar a levantar vuelo, cuando dejó de tocar el suelo de Melilla, se cerró la última puerta, el ruido acabó, y comencé mi vida, poco más o menos, donde la había dejado ocho meses antes.

 

Nota de  Filín de Rusadir

Muchas gracias profe por compartir tu experiencia con nosotros. Has sido, eres y serás bienvenido en esta, tu casa.  Me alegro mucho de tenerte aquí desde aquel 1996 ya lejano.

Un fuerte abrazo, amigo.

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