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Archive for 23 junio 2012

El despertar de la primera mañana en compañía como tal, fue bastante triste. Se presentaba un horizonte incierto de 8 meses. Todo un mundo en el  que podía pasar de todo ( y casi todo malo ) en aquel cuartel de Santiago y en el otro cuartel, la ciudad de Melilla. Lo peor era convivir con la incertidumbre de no saber qué me depararía el destino en los siguientes segundos, minutos, horas o días. Así era la mili en compañía, la mili de verdad.

Atrás quedaba la camaradería y  el miedo del novato. Poco a poco se le perdía el respeto a la situación y la gente empezaba a revelarse como eran en realidad: unos auténticos cabrones.

Al poco tiempo empezaron a formarse guetos dentro del barracón inmundo que era nuestro “hogar”: al fondo, como siempre y copiando la ancestral costumbre arraigada por décadas de servicio militar obligatorio, los “marroneros”. Este era el sitio donde residían  los  que todos  sabemos. El resto serían minigrupos  independientes. Más o menos a la mitad nos encontrábamos Sergio, Simón y yo acompañados de gente mucho más “normal” (afortunadamente).

A Sergio, que era mecánico de coches, le destinaron a cocheras, donde se pasaba el día lleno de grasa y vestido con aquel mono verde que yo solamente utilizaba para las infernales cocinas.  Simón había sido  destinado a un sitio extraño, los archivos.

Los archivos era en realidad un cuartito que se encontraba debajo de las escaleras de donde formábamos. Era una oficina en la que casi nadie entraba a solicitar nada de nada y uno podía pasarse el día entero sentado en una silla como si de un funcionario se tratara.  “Un destino cojonudo”, pensaba yo que pasaba los días de un lado para otro sin hacer nada. Mi cabeza, sin embargo, no dejaba de funcionar y cavilar infinitas combinaciones de posibles sucesos que me podían pasar y cómo solventarlas.

Los días transcurrían lentísimos. Por las mañanas no hacía absolutamente nada y las pasaba en el barracón tumbado en mi cama mientras los compañeros que estaban destinados en el misma sección que yo mataban el rato como podían.

Estos primeros días post-UIR estaban siendo infernales para mí.Me pasaba todo el tiempo añorando mi casa, mi familia y a mis amigos de toda la vida. Cuando acababa la “jornada” y tocaban “paseo”, era el único tramo del día en el que disfrutaba un poco de la compañía de mis amigos y de la vida cuasicivil de Melilla.

Una vez bajada la carretera de Cabrerizas, desaparecido todo rastro cuartelario, comenzaba el día para mi. En aquellos primeros días después de la jura, no pudimos reunirnos con los compañeros de UIR, por lo que nosotros tres deambulábamos por Melilla, buscando algo en lo que entretener nuestras cabezas. Sergio lo llevaba muy bien, lo tenía perfectamente asumido y no protestaba casi nunca. Simón y yo éramos otro cantar. Odiábamos el ejército, la mili, Melilla y cualquier cosa que nos lo recordara.

Recorríamos Melilla cada día por un sitio distinto y conocimos casi toda la ciudad en esas tardes del  Marzo tardío. Pronto empezamos a adoptar constumbres del militroncho melillero como la del calendario tachado. Quizá era un error, pero en esos días adquirimos un calendario (nos lo regalaron en el bar D.J. por una merienda, cómo nos conocían los jodíos) y empezamos a tachar lo que llevábamos y a contar y recontar los que quedaban (damasiados a esas alturas de mili).

Descubrimos que Melilla era en realidad muy bonita, pero aunque hubiera sido la ciudad más bella del mundo para nosotros era el agujero asqueroso donde nunca podríamos ser libres y deseábamos escapar de allí cual preso de Guantánamo. Melilla la vieja, la plaza de toros, el paseo marítimo, la plaza de España… sitios bellísimos ocultos tras un velo de mimeta que lo cubría todo y lo emponzoñaba hasta el odio más visceral…

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Al día siguiente, el “quinto levanta…” nos despertó a todos de una especie de doble sueño: primero del biológico, lógicamente, y después  de uno más placentero aún:  el sueño civil…

Volvíamos a la realidad  de los ocho meses por delante, a la de los “taponazos”, “wisas” y demás zarandajas militares.

Después del “pochascao” del desayuno, nos formaron en la ya familiar explanada en varios grupos. Ya se había terminado la U.I.R del cuartel general, era el día de la asignación de destino, algo que nos inquietaba sobremanera a todos a pesar de ya saber lo que nos iba a tocar. Yo estaba destinado a Cuartel general. Tenía muy buena fama entre la gente del cuartel. Con esto quiero decir que, en teoría, se vivía muy bien. Pocos servicios, una o ninguna maniobra y mucho, mucho tiempo libre.

Personalmente,me encontraba bastante nervioso y triste. Nos separaban prácticamente a todos ya que a Ángel le mandaban a la USAC del tercio, un sitio no demasiado recomendable, pero no tan malo al fin y al cabo.  Jose y a Juan  a una cosa llamada JLT o Jefatura Logística Territorial, lo cual era algo que desconocíamos todos aún. A los pobres Álvaro y  Javi les había tocado bailar con la más fea: Regulares…

“la legión mal pagada” era el destino que todos queríamos evitar. Todos los días orden cerrado, con multitud de visitas al tristemente famoso Rostrogordo y quizá lo más exótico, un más que posible destino  a las islas Chafarinas, Alhucemas o al peñón de Vélez de la Gomera…

Únicamente Pedro y yo acabamos en  el destino teóricamente mejor (gracias a unas “influencillas” que encontró mi padre in extremis, pues yo era consciente de mi destino fatal acompañando a Álvaro y Javi).

Cuando la  extinta UIR-FB del 1/96 estuvo completamente dividida en rodajas, vinieron unos minibuses a recoger a nuestros ya ex-compañeros de fatigas. Según iban entrando en el minibús correspondiente, empezamos una serie de “despedidas expréss”, las cuales consistían en miradas rápidas a los que se quedaban y un gesto de levantamiento de cabeza. En realidad, era un “hasta luego”,  Melilla era tan pequeña que casi te garantizaba que los volverías a ver en breve. Después de que el último minibús, el de la PM, se marchó, los únicos que nos quedamos formados fuimos los grupos que se quedaban en el cuartel de Santiago: regulares y nosotros.

A los regulares pronto los metieron en los barracones correspondientes y nosotros fuimos después  conducidos a nuestro nuevo “hogar”.

El nuevo barracón era justamente el contiguo al que habíamos ocupado durante la UIR. Al entrar se me vino el mundo encima: una enorme nave poblada solamente por literas metálicas  sin colchones que estaba en un estado absolutamente decrépito hacía que añorara fervientemente  el antiguo. Los cuartos de baño daban auténtico asco y el aspecto de insalubridad era absoluto. Inmediatamente después nos hicieron trasladar los colchones de nuestra antigua nave a la nueva.  Empezó un caos de soldados, colchones, idas y venidas y más de un incidente, pues muchos aprovechaban para dar el cambiazo a su mierda de colchón de gomaespuma por uno de  muelles. Yo fui de los primeros en trasladar el mío a mi nueva litera y una vez hecho me senté fuera de la nave hasta que nos mandaran hacer algo más.

En ese momento vino Pedro corriendo:

–  ¡Felipe! ¡Te están quitando el colchón!

Salí pitando hacia mi litera y me encontré a un “compañero” que me estaba robando mi “supercolchón” de muelles con todo el morro. Tras amenazarle con varias acciones que no pondré,  me lo devolvió de mala gana. Quizás en otras circunstancias, me habría dado igual, pero ya no era el apocado civil de mi vida normal, ahora era  soldado melillero, y estaba dispuesto a cualquier cosa para defender lo mío aunque fuera un asqueroso colchón. Lo “bueno” era que no cambiaban la ropa de cama, teníamos que seguir con esa misma que no se había cambiado en un mes, por lo que los que tuvieron éxito con los “robos” (que los hubo) tuvieron que dormir con la ropa de un mes de otro…

Por fin, la situación se normalizó. Los nuevos mandos nos hicieron esperar en las oficinas de la compañía  para poder pasar al despacho del capitán.

El capitán era Dios. Nos podía hacer pasar la mili como unas vacaciones o nos podía poner en la mierda durante los ocho mesazos restantes.

Yo veía cómo iban saliendo los compañeros, unos contentos, otros un poco más fastidiados y alguno visiblemente jodido.

Estos mandos, militares profesionales, los que debían proteger y defender la patria aunque tuvieran que pagar con su vida, se dedicaban a hacer bromitas pesadas preguntando a los soldados por sus estudios y vida profesional. Recuerdo el caso de un compañero que era biól0go. El mando en cuestión le dijo que precisamente iban a hacer un estudio de biología en ese momento. El compañero emocionado, se le encendieron los ojos al oirlo, le preguntó en qué consistía dicho estudio. El mando con su risa patética de gilipollas le respondió que de las plantas de los floreros de la compañía…

Al fin salió Pedro, con no demasiada buena cara, le habían dado  uno de los mejores destinos de Melilla; Casetas de la playa. Consistía en cuidar una residencia de veraneo para ciertos mandos de altísima graduación y actuar como si de un mayordomo para todo se tratara.

Buff, pensé, me quedo solo. No tengo ningún amigo del grupo de la UIR, la jodimos. Mi moral empezó a tambalearse, pero entró en barrena cuando salí de la entrevista con el capitán. Me habían destinado a la sección de protección, la antigua  NBQ (unidad nuclear, biológica, química) . Luego me enteré de  que era la unidad a la que destinaban a los que no sabían qué hacer con ellos (¿demasiados enchufes para pocos puestos?).

Mientras nos ubicaban, estuvimos varios días a la deriva por aquel cuartel centenario sin hacera absolutamente nada. Aquella espera era terrible, interminables horas dando vueltas o incluso tumbado en la cama, con la mirada perdida y la mente a toda velocidad viajando a miles de kilómetros de allí, y encima solo. Quizá lo único bueno que tenía aquello era que enseguida podías entablar amistad ( la desgracia le hace a uno mucho más sociable).

Muy poco tiempo pasó (aunque para mí eran eones) cuando el compañero de al lado me preguntó si quería que fuéramos a la ciudad (acababan de tocar salida) a comprar algo.

Era un tal Simón, le conocía de vista ya que era compañero de UIR. No todos éramos provenientes de Santiago, había multitud de enchufados de otros cuarteles que eran absolutos desconocidos para mí.

Necesitaba salir de allí, así que le dije que sí. Tuvimos la suerte de congeniar muy rápido (compartíamos opiniones sobre muchas cosas, entre ellas el embolao aquel llamado servicio militar)

Al poco se unió Sergio, otro compañero de UIR, con el que formamos una especie de grupo que nos permitió tirar para delante. De los demás no sabía nada excepto de Javi y Álvaro, que cuando podíamos, en el comedor y en los descansos nos reuníamos para poder charlar. Unos días después Pedro volvió de casetas de la playa y pidió reincorporarse, lo cual fue excelente para mí y para el compañero que destinaron en su lugar…

Yo mientras, seguía revoloteando por el cuartel, sin nada qué hacer, pero al menos había reconstruido parte de lo que era fundamental para sobrevivir: Unos buenos amigos…

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