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Archive for 24 diciembre 2011

El permiso de jura tocaba a su fin. Una semana en casa era poco, demasiado poco para un recluta sin vocación como yo. Ahora tenía que volver a esa ciudad y a ese mundo militar  a los que odiaba con toda mi alma. Solamente me animaba el pensar que ya llevaba una muesca en mi haber, una letra P escondida bajo la visera de la gorra, que me recordaba que el camino estaba empezado. Era costumbre militroncha poner una palabra de nueve letras escrita bajo la gorra (solamente una letra cada mes como la condena de un preso). Lo más habitual era “península” o “todo acaba”. Me decanté por la primera opción ya que me parecía un poco menos trágico. No obstante, aunque si hubiera podido librarme lo habría hecho sin dudarlo, tenía ganas de ver a  mis compañeros de fatigas melillenses. Nos iban a separar a algunos ya que nos habían destinado a sitios distintos incluso a otros cuarteles. Así, a mí y a Pedro nos destinaron al cuartel general, a Jose y a Juan a una cosa llamada  JLT, a Ángel le destinaron  a la USAC del tercio de la legión y a Javi y a Álvaro a regulares. Recordé el día en que nos formaron a todos en aquel patio del cuartel a leernos nuestros destinos y el contraste de caras entre unos y otros (o cómo  tíos como  armarios se derrumbaban como un niño…)

El día de la marcha, pude despedirme de mi novia, amigos y familiares. Mi padre me llevó de nuevo al aeropuerto de Barajas. El sitio que hace una semana era el paraíso, ahora era oscuro y gris: mi barca donde un Caronte vestido de militar me acercaría al inframundo.

Una vez en el avión Madrid-Málaga todo volvió de repente. Multitud de chavales rapados-signo inequívoco del militroncho- poblaban el avión y los gritos y las bromas se oían a un volumen estridente. Mientras, el resto de viajeros, con cara de circunstancias, intentaban pasar el trago con su revista IBERIAVIÓN rogando por dentro que el avión llegara lo antes posible. Bueno, pensé, por lo menos esto no es el tren, en una hora estoy en Málaga y en otra más en Melilla…

Pero el avión no salía. Tenía el tiempo de conexión con el otro avión muy justo y si no salíamos pronto, iba a tener problemas… otra vez. Empezábamos bien, no había salido de Madrid y ya la puta mili me estaba jodiendo desde la distancia. Otros diez minutos más de espera ya me estaban poniendo nervioso cuando de repente se desveló el misterio del retraso: apareció una figura enorme como un balón de Nivea de 1,80, tremendamente familiar: Don Jesús Gil y Gil, por aquella época alcalde de Marbella y presidente del atlético de Madrid,  aparecía como un elefante en una cacharrería seguido por su séquito de lameculos y personal de IBERIA escoltándolos.

Era como una peli surrealista, algo así como “despega, que no es poco”(José Luis Cuerda, toma nota…). Todo el mundo mirándole gritando, mientras él, encantado, hacía su show igual que si estuviera delante de las cámaras, y todo ello en el minúsculo espacio de un avión. Ese era el motivo del retraso del despegue . ¿qué más cosas raras me depararía el destino? pensaba desasosegado…

Por fin, el avión salió de Madrid aunque yo ya estaba ausente desde hacía ya bastante tiempo. Ya  no era el yo civil, sino el militar: a la defensiva, desconfiado de todo y, por qué no decirlo… acojonado.

En poco menos de una hora llegamos a Málaga. Mientras un grupo de milicos se quedaban con Gil (ignoro para qué), yo salí corriendo a buscar mi petate ya que me quedaba muy poco tiempo para el vuelo de enlace a Melilla. En mi carrera, observé que otro chaval corría en la misma dirección que yo. Era Juan Carlos, otro compañero de fatigas melillenses que tenía que volver conmigo al mismo sitio y, claro está, estaba tan intranquilo como yo. No debíamos perder ese avión o nos crujirían los mandos. Tras unos minutos angustiosos, nuestros petates salieron por la cinta transportadora y cargados con ellos (casi quince kilos en ristre) salimos zumbando para ver a qué puerta de embarque debíamos dirigirnos. Como no podía ser de otra manera (ya me imaginaba que no iba a ser fácil) había que cruzar el aeropuerto para llegar a la puerta de embarque de nuestro vuelo de PAUKN AIR. Petates en la espalda y bolsas de mano volvíamos ” a la puta carrera” haciendo gala de  nuestra condición de soldaditos, y salíamos zumbando hacia la puerta de embarque. Milagrosamente llegamos cuando faltaban sólo escasos minutos antes del cierre, cuando la señorita de la entrada nos dijo: ” el vuelo se ha retrasado por una avería en el avión, teneis que esperar en la sala “. Joder, después del estresazo del vuelo y de  la angustia de la carrera aeroportuaria, resulta que estaba retrasado. Por supuesto, esa información no estaba reflejada en los monitores, claro. Parecía que todo lo que tuviera que ver con nosotros y con Melilla no tenía importancia ninguna…

Tras lavarnos un poco (llegamos sudando como pollos asados), nos fuimos a la sala de espera. Allí se juntaban muchos compañeros de compañía nuestros y por lo menos la espera se hizo mucho más agradable. Ya el chip estaba cambiado. No hacía ni tres horas que había abandonado Madrid y ya era un recuerdo lejano, en algo había avanzado respecto al anterior viaje.

Cuando nos dijeron que ya podíamos embarcar, casi fue como un descanso, ya estaba deseando que pasara lo que tuviera que pasar,  quería escapar del limbo de los intranquilos. Cuando despegó el avión, una sensación de alivio me invadió: todo había salido bien… hasta que el avión empezó a moverse de forma alarmante: estábamos en medio de una tormenta colosal en el medio del mar, solamente unos diez minutos nos separaban de Melilla y estaba visto que el destino quería jodernos todo lo que pudiera y más. El avión rebotaba una y otra vez entre nubarrones cada vez más oscuros, y una lluvia fuerte golpeaba nuestro avión que, no sé por qué, no remontó hasta situarse por encima de las nubes como tantas veces había visto hacer en otros vuelos.

Los  flashazos en el cielo  nos indicaban  que incluso los relámpagos nos rodeaban de forma preocupante. Eso o era Dios que nos estaba haciendo fotos para descojonarse de la cara de gilipollas que se nos había quedado.

Pero el avión llegó. Era casi de noche cuando pisé  suelo africano y reconocí las luces familiares de la ciudad. Volví a aspirar ese olor característico de las ciudades con mar y, resignado, regresé  en taxi al cuartel de Santiago. Allí estaban mis amigos de nuevo, Jose, Javi, Juan, Pedro, Sergio, Álvaro… Comenzaba de nuevo la aventura.

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