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Archive for 29 octubre 2011

6:00 de la mañana. Media compañía ya se había  ido la tarde anterior a sus casas y la otra media andábamos levantados en actitud frenética, preparando la salida de la maldita Melilla. No podía creerme que en unas horas volvería a ver a mis amigos, novia y familia. Sólo quedaba coger un avión a Málaga y otro más hasta Madrid. Esa era la última vez que pisaba el barracón de la UIR de la compañía del cuartel general. Un mes menos para la licencia, una muesca en la gorra, sólo quedaban ocho más…

El toque de diana nos daba el pistoletazo de salida para escaparnos del infierno melillense. La puerta del acuartelamiento Santiago se llenó de taxis frenéticos por llegar al aeropuerto mientras el soldado de la garita, veterano ya, se reía de nosotros al tiempo que exclamaba ” ¡ya volvereis, bichos!”.  Cargados con el petate y la maleta, con el pelo recién rapado en la flamante peluquería “el legionario”, parecíamos más unos reclutillas que venían a empezar el servicio, la diferencia estribaba en nuestra cara  de felicidad absoluta.

A pesar del catarrazo, preocupante ya, el petate que pesaba un huevo y la maleta que también pesaba lo suyo, me movía con total agilidad entre los compañeros desesperados por coger el taxi que habían reservado la noche anterior. Tras unos minutos buscando, conseguí entrar en el taxi que había reservado para mí solito.

Mientras la enorme luna de Marzo iba desapareciendo del paisaje, mi mente viajaba unos cuantos kilómetros por delante de mi cuerpo imaginándome dentro del avión camino de casa con una sonrisa estúpida en la cara. El taxista me sacó de mi estado onírico mientras empezaba su típica charla de compromiso preguntando a dónde iba, cuánto tiempo llevaba en Melilla y qué me parecía la ciudad.

Respondiendo de la forma más diplomática posible, sin decirle que mataría a quien fuera por un día fuera de Melilla, observaba la ciudad desde la altura. La verdad es que, siendo un asco de sitio, era bonito. Una vez más no pude sino maravillarme del amanecer Melillense dando ese aspecto exótico y bellísimo  a la ciudad.

De pronto nos encontramos en otro maremagnum de taxis a las puertas del aeropuerto.

-¿Qué pasa?-pregunté.

-El aeropuerto no abre hasta las 8:00.

Joder, pensé, es que ni para eso eran normales. El aeropuerto abría a esas horas ya que no disponía de luces en las pistas. De poco había valido el madrugón. Allí nos encontramos todos los militronchos haciendo cola,como si la del paro fuera, casi una hora.

A las 8:00 entramos y, como mi flamante vuelo de PAUKN AIR a Málaga no salía hasta las 10:00, me quedé con algunos compañeros de compañía en la cafetería mientras escuchábamos a Rocío Jurado como hilo musical…

Una vez en Málaga debería coger un vuelo de IBERIA hasta Madrid. Lo malo era que no disponía de reserva para ese vuelo, si había plazas volaría, si no, no. Siempre que había volado así (mucho más barato) no había tenido problemas, por lo que no le  dí mayor importancia.

A las 9:45 me despedí de la gente y con una cara de felicidad que era para verla, me metí en el minúsculo reactor camino de Málaga. Escasos minutos después despegamos, dejando África.  Me parecía estar viviendo un sueño. Abandonar siete días el infierno era la felicidad absoluta, nada podía hacer cambiar esa sensación.

El vuelo tocaba a su fin. unos veinte minutos escasos duraba el vuelo Melilla-Málaga.

Ya en el aeropuerto de Málaga, todo era REAL, como yo recordaba las cosas: ni un solo militar, un aeropuerto enorme, con sus tiendas normales… un gustazo volver al mundo de verdad. Melilla ya no era más que un mal sueño…

Llegué muy ufano al despacho de IBERIA con mi billete a casa, que salía en una hora.

– Lo siento, pero no hay plazas, dijo la mujer que despachaba los billetes.

-¿eh?

El mundo se me vino encima. Nunca me había pasado esto, y todo por no asegurar y gastarme la pasta, joder. La última vez que lo hago, pensé. Como era hijo de empleado de IBERIA, la mujer me dijo que intentaría que el capitán me dejara volar en el transportín, que es una silla plegable que hay en la cola del avión, donde se sientan las azafatas. Eso me dio esperanza, aunque dependía de una persona que lo mismo me negaba el viaje. Para empeorar, detrás mío aparecieron otros dos milicos que habían cometido la misma torpeza que yo y también eran familiares de empleados, por lo que el capitán ahora debía autorizar tres transportines.

Yo no sabía cuántos transportines tenía ese avión, lo que sí que sabía era que yo iba primero y no iba a dejar que nadie me arrebatara mi sitio, en caso de que pudiéramos viajar, claro.

Los minutos se convirtieron en angustiosos siglos, en los que los tres esperábamos ansiosos la llamada de la azafata con la respuesta del capitán. Además, con el billete que tenía en la mano,en caso de no poder volar, esto mismo me podía pasar con el siguiente vuelo, con el siguiente y así sucesivamente…podría tirarme días en el aeropuerto.

Maldiciendo mi mala suerte una vez más, pensé en qué podría hacer para solucionarlo. Lo mismo podría ir  a la estación del tren y por lo menos volver  a casa, aunque llegara a las tantas…

De repente, la azafata con pinta de estar hasta las narices de vernos con nuestras caras de circunstancias, nos dijo que el capitán nos dejaba volar como un favor, pero que no era lo normal, etc…  del resto no recuerdo nada, sólo que podía volver a casa. En ese momento mi mente hizo OFF, estaba agotado física y mentalmente.

Cuando quedaban cinco minutos para que cerraran las puertas, entramos en el avión escopetados. Una vez en el aire,  volví a ser persona y, aunque estaba más que feliz por volver a Madrid, estaba a la defensiva con todo, en cualquier momento podía pasar algo que me jodiera el permiso de jura…

Tras cincuenta minutos tediosos sentado en una silla plegable amarilla, con el petate y la bolsa de viaje al lado, por la ventanilla observé algo ya familiar. La especie de maqueta que se veía debajo era mi Madrid, un tesoro incalculable que me esperaba con los brazos abiertos. Al fin, el avión aterrizó justo en frente de un  cartel que decía :” AEROPUERTO DE BARAJAS”. Había llegado a casa…

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El tiempo, ese pequeño trozo de existencia que se nos ha dado,  es una maldita carretera de un solo carril en el que es imposible hacer un cambio de sentido. Solamente la memoria nos permite revivir, que no retornar, aquellas experiencias pasadas. De las malas (experiencias) no hablaré, pues esas vuelven como fantasmas cada noche para recordarnos que somos humanos y que como tales estamos formados, en parte, de ellas.

Hoy hace ya treinta y siete años que estoy aquí sobreviviendo, “buscando la belleza en este asqueroso mundo”, como decía Trecet  en sus diálogos 3. Es hora de hacer un alto en el camino y echar la vista hacia atrás para ver lo que he recorrido, dónde me encuentro y hacia dónde quiero ir.

Atrás quedan tantas cosas…personas y lugares remotos en el tiempo vuelven en ocasiones a la memoria, quizá más borrosos o idealizados, pero manteniendo esa sensación agridulce de nostalgia.  Familiares que ya no están, amigos que por alguna razón ,o tal vez ninguna, se distanciaron para siempre. Incluso lugares emblemáticos que ya no existen… o existen pero hace mucho que  no paso por ellos.

Desgraciadamente, en algunos casos existe también la conciencia de la efimeridad, es decir, tener conciencia de  que estás viviendo situaciones  que  por su naturaleza son efímeras, pasajeras. Saber que el pequeñajo de pelo rizado que corre, enreda y juega a todas horas por  casa, pronto dejará de ser niño y tener conciencia absoluta de que voy a echar muchísimo de menos jugar con él a los coches o a los superhéroes es algo que a veces me viene a la cabeza sin querer. Resulta realmente complicado sentir nostalgia “por adelantado” pero es algo que no se puede evitar en muchas ocasiones.

Supongo que me estoy haciendo mayor…

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