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Archive for 4 septiembre 2011

El tiempo pasaba lento, estaba deseando que llegara el día siguiente para poder salir de Melilla aunque fuera una semana. Estaba deseando volver a ver a mi novia, mi familia y a mis amigos. Tumbado en mi litera, agotado por la jura, el sueño comenzó  a invadirme. Un ratito de siesta y,  aunque sea me voy a la ciudad a dar una vuelta solo ya que no encuentro a Pedro, pensé. Ya no sentíamos el miedo inculcado por los mandos y nos daba igual bajar solos a recorrer Melilla.

Con el petate prácticamente preparado, los billetes de avión a buen recaudo y dinero para el taxi al aeropuerto, me sentía casi llegando a Madrid, pero de repente una voz me sacó de mi mundo.

– Tú, levántate que te vienes conmigo, y ponte el uniforme.

Me quedé a cuadros. Era el cabo cocina, el cabrón con pintas que nos obsequió con una de las peores experiencias de aquellos nueve meses,volvía a jodernos.

Por más explicaciones que intenté dar, me fue imposible evitar volver a la cocina. Ahí descubrí el pastel: Mi amigo Pedro y varios soldados más de nuestro reemplazo estaban currando como cosacos desmontando el tinglado de la mañana, todo ese recibimiento a las familias tenía que estar fuera para la hora de la cena y el inmenso comedor debía estar despejado para entonces.  Pero, ¿por qué lo estábamos haciendo soldados que se supone estábamos de permiso de jura?.

Indignado, me fui al cabo ya sin pensar en las consecuencias de mi acto y le pedí explicaciones de un modo que rayaba la altanería, estaba dispuesto a llegar hasta el general de la división si fuera preciso recurriendo la orden.

– Los soldados a los que le tocaba cocina hoy, sabiendo que iba a ser una de las peores, no han aparecido y tengo orden de coger a cualquiera que esté ocioso…

Hijos de la gran puta, tanto unos como otros, y encima era orden directa, no podía hacer nada. Resignado me fui con el grupo de condenados y empezamos a desmontar las mesas enormes de madera donde hacía apenas unas horas reíamos felices con medio cuerpo en la peni.

Los tablones de la mesa eran tan pesados que los retirábamos entre seis personas. Lo malo era que después de retirar todas las mesas, trabajo durísimo, había que terminar la tarea como si de  un turno de cocina normal se tratara  (cientos  de vasos  por fregar, suelo por barrer… Dios, otro infierno).

Encima habíamos empezado tarde y la cocina se convirtió en una contrareloj en la que todo debía estar dispuesto para la cena.

a la hora de la cena, todo estaba preparado. Los soldados se encontraron un comedor impecable.  De los desertores  no había ni rastro y  los  que curramos, apenas éramos unos despojos agotados. Pero claro, faltaba recoger la cena, esto no había acabado.

Por fin, a eso de la 1:00 de la mañana, cuando estaba completamente roto, muerto de sueño y con la espalda hecha añicos, terminamos la pesadilla y  nos fuimos a nuestro barracón con la sensación de haber hecho el primo de una manera espectacular. Pero en el fondo, ya daba igual. A  las 7:00 de la mañana cogería un taxi camino del aeropuerto,  a las 12:00 estaría en casa y eso no me lo podía quitar nadie.

O eso pensaba…

 

 

 

 

 

 

 

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