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Archive for 15 junio 2011

Pues sí, aunque no es seguro (no es que tenga demasiado tiempo, la verdad), me he propuesto realizar lo que creo que es un paso más en esta labor de hacer del blog algo ameno.

La idea es continuar escribiendo las batallitas de siempre, pero poco a poco aparecerá otro botón de SOUNCLOUD debajo de la “BSO ”  en el que se podrá oir, con mi voz, nada de programitas, la misma batallita.

Con el tiempo espero que TODAS las batallitas tengan su BSO y su correspondiente audio. Va a ser una labor larga, pero a mi entender es algo que nadie ofrece en este universo blogero ( o por lo menos no tengo noticia ).

Los asiduos lectores del blog, podeis opinar qué os parece la idea.

Filín de Rusadir 2011

 

P.D. De momento queda postpuesta la idea, ya que es una labor de chinos. Encima, las pruebas que hice no me gustaron nada, así que de momento seguiremos como hasta ahora. Voy a hacer pruebas con un software para que sea el pc el que lea, ya veremos…

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Melilla, 17 de Marzo de 1996: El día había llegado. Íbamos a jurar bandera y a  hacer  todas esas cosas que les gustaban a los mandos, pero en lo que yo pensaba era, lógicamente, en que al día siguiente (no ese mismo día gracias a MELISUR), volvería con mi familia, mis amigos y, por encima de todo, con mi novia.

Estrenamos el traje de mimeta nuevo después de un mes con el viejo día tras día sin lavarlo (qué grata experiencia, gracias mandos). Me sorprendió sobremanera pensar una cosa al observar a la compañía en general: En ese mes habían conseguido el objetivo. Ya  no éramos conejillos asustados. Nuestros movimientos coordinados, nuestra actitud altamente marcial y las inexplicables ganas de que todo saliera bien nos hicieron pensar en que no hay nada como un puteo sistemático, contínuo, junto con unas hostias bien dadas a tiempo y un poquito de lavado de cerebro  apelando constantemente a nuestra hombría en caso de que las cosas salieran mal,  para convertir al recluta en soldado.

Ya casi no quedaba nada de los civiles que metieron a la fuerza en aquel camión en el puerto. Un mes después, éramos parte del engranaje militar de la época, como diría Roger Waters, otro ladrillo en el muro.

Formamos en el patio del cuartel de Santiago formando un cuadrado perfecto. Espontáneamente empezaron las bromas y las chanzas cuartelarias en posición de descanso en las que, misteriosamente, los mandos, antes serios cabrones dispuestos siempre a jodernos,  participaban activamente, algo que agradecimos. Incluso algún auxiliar nos regaló los oídos con un “sois unas mariconas”, algo que entendido en el contexto, era más que un piropo.

Bastante tiempo después, la U.I.R del cuartel general desfilaba en dirección al patio de armas, donde empezaría la ceremonia.

Al llegar, nos sorprendió el panorama que nos encontramos. Había multitud de civiles alrededor de unas vallas engalandas con la bandera española. Habían venido muchos familiares de compañeros. Me habría gustado que mis padres hubieran podido venir, pero no pudo ser.

Era un espectáculo ver la banda de música y a  los gastadores de la compañía de mar que nos acompañaban en tan importante acto junto con el capellán castrense que dirigiría la liturgia precedente a la jura.

Empezaron a aparecer mandos de todos los rangos, uniformes de “bonito” con estrellas por todas partes nos observaban con actitud de quedarse con nuestras caras por si, alguno metía la pata, meterle un puro de narices.

El vago recuerdo de que dispongo a partir de ese momento es de pensar por todos los medios no meter la pata. Recuerdo también que el CETME al poco tiempo empezaba a pesar más y más, y tuve que recurrir a trucos para sujetarlo con el ceñidor sin que se notara demasiado.

La banda comenzó a tocar el pasodoble ” Soldadito español”.  Era la hora de salir desfilando de uno en uno para besar la bandera. Desde que llegué ni se me pasaba por la cabeza besar la bandera que me había llevado hasta el culo del mundo para ser puteado de la forma más vil, pero algo había cambiado ese día…

Todos estábamos henchidos de gloria marcial y militar. Desfilamos en cuadro como nunca, los taconeos al hacer la posición de firmes sonaban al unísono y las palmadas de descanso eran descomunalmente ruidosas al tiempo.

No sé que sería, si la gente jaleando, aplaudiendo, la felicidad de pensar que esto se terminaba, que empezaba un paréntesis de una semana, no sé, pero salimos, yo incluido,  desfilando de forma que ni la legión lo habría hecho mejor. Al pasar frente a la bandera, no pude evitar la sensación de orgullo. Allí estaba yo, un pringao que siempre despotricaba sobre los temas militares, más tieso que un palo besando la bandera rojigualda como si de su madre se tratara, mientras cientos de personas aplaudían. Incluso llegué a oír algún grito femenino de “¡ guapo ! “, sin duda hecho por alguien que me había confundido con algún pariente, novio o similar pues observando el vídeo de la jura, es imposible prácticamente distinguir a un soldado de otro a esa distancia…

El himno de infantería y la ofrenda a los caídos daban por terminada la jura.

Esos dos temas musicales aún los tengo grabados a fuego en el cerebro (gracias otra vez, mandos), y quince años después soy capaz de recitarlos de principio a fin…

Orgullosos, cansados, sudorosos, pero contentísimos, nos felicitamos, nos abrazamos entre todos al ver que todo había salido bien y nos llevaron al inmenso comedor del cuartel donde habían preparado un ágape especial para nosotros y nuestros familiares.

Gambas, langostinos, embutidos de todo tipo, un dispendio como nunca volvimos a ver allí, adornaba las mesas que allí habían dispuesto los pobrecitos soldados a los que les tocó cocina aquel día.

Una hora después nos marchamos cada uno a recoger sus cosas. Todos mis amigos salvo Pedro se iban esa misma tarde a casa.  El barracón a los diez minutos estaba totalmente desierto. Pensé en salir a la ciudad hasta la noche, pero no encontraba a Pedro y no tenía intención de salir a Melilla solo, así que me tumbé en mi cama agotado,  esperando que el sueño me invadiera rápidamente y me tuviera así mucho, mucho tiempo…

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A pesar de todos nuestros problemas, puteos, shocks militares y demás aventuras Melillenses, el tiempo pasaba; Quizá lento, muy lento, pero ya la jura de bandera estaba a un paso. La idea de volver a casa aunque fuera una semana, era posible, casi podíamos alcanzarla.

No obstante, Melilla no iba a dejarnos marchar así como así: MELISUR, la agencia de viajes que gestionaba los vuelos de regreso a casa hizo algo que no he vuelto a ver desde ese día. Cogió nuestros vuelos reservados y pagados y a algunos nos los cambió de fecha, con dos cojones. Por sus santas narices yo perdía un día de permiso. Un día fuera de Melilla era algo de un valor incalculable, no lo habría cambiado ni por todo el oro del mundo. El pollo que le monté a la chavala de la agencia que me lo dijo fue tal que tuvo que salir el dueño a explicarme que eran lentejas. O las tomas o las dejas. Acojonante.

Mis amigos tuvieron que contenerme y consiguieron que saliera sin más altercado. Más tarde, recapacité: No se podía luchar contra los elementos. Una vez más había que agachar la cabeza y aceptar lo que nos daban sin rechistar.

Mis amigos, quizá por ser mayores que yo, me hicieron ver que era inútil cabrearse. Melilla era demasiado para unos cuantos reclutillas perdidos en el infierno.

Era increíble cómo , personas que no hacía un mes ni se conocían, procedentes cada uno de un punto de España, acababan siendo mi apoyo vital en esos oscuros y fríos días.

El tópico dice que en la mili se hacen los mejores amigos. Tengo que reconocer que tuve mucha suerte de conocer a los que fueron mis amigos en ese tiempo.

No había día en que no nos necesitáramos los unos a los otros. Nos ayudábamos en todo lo que hacía falta. La única forma de pasar esos días y salir airoso del marrón en el que nos encontrábamos era teniendo unos buenos compañeros de fatigas.

Además, fue casualidad que todos durmiéramos en la misma zona, por lo que se formaba una especie de camareta, un islote asilado del barracón en el que cantamos (esa guitarrita, Jose), reímos, sufrimos y, sobre todo, conseguimos que esos días fueran llevaderos.

Lo malo es que pronto llegaría la Jura de bandera y  era segura nuestra separación…

P.D. Este post está especialmente dedicado a mis inolvidables amigos de U.I.R: Pedro, Jose, Juan, Ángel, Javi …  Dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno, yo digo que en el “infierno” tuve también amigos, y de los mejores (¿ Qué habrá sido de Ángel, Juan y Javi?)

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Por fin he conseguido insertar un reproductor en el blog. Al no ser de los de pago (Desgraciadamente soy pobre), es muy complicado ambientar musicalmente las historias del blog.

Ahora, gracias a SOUNDCLOUD podré paliar en la medida de lo posible esto. La idea era que la música sonara al abrir los post y que cada batallita tuviera la suya propia. Eso me ha sido totalmente imposible, por lo que la solución menos mala ha sido poner un botón. El que quiera leer las batallitas con la música que he asociado a ella puede pulsarlo. El que no, pues seguirá como hasta ahora.

En la mayoría de los casos pondré música que me traslade a  la época de la batallita.  Ya sé que esto es muy subjetivo y que lo que para mí es un recuerdo musical, para otro no lo será  pero bueno, es un comienzo. De momento habrá uno de tema principal .

“SENSE EL RESSÒ DEL DRING ” de Pascal Comelade, es el tema que he elegido como tema principal del blog. Hecha con instrumentos de juguete,  tiene un deje de antaño , de recuerdos infantiles, lejanos. Al mismo tiempo es de una belleza hipnótica. Alejada de cualquier  parámetro comercial, tiene cierta similitud con este blog:  escritura sencilla, donde el supuesto interés estaría en lo que se cuenta, no en cómo se cuenta.

Poco a poco iré poniendo la BSO a las batallitas…

Filín de Rusadir 2011

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Corría el año 1993. Todos los amigos del barrio y yo, rondábamos los 18 añitos  (quién los pillara ahora). Era la época de los dragones y mazmorras, de los grandes partidos de fútbol, de aquellas inolvidables tardes de cine, de  viajes a KRAKOVIA… tantas y tantas cosas que ahora se han quedado reducidas a un recuerdo y , las más significativas, a  batallitas de blog…

El mes de Junio  fue muy caluroso, haciendo  del barrio un horno. Las clases acababan de terminar y, como no  podíamos ni acercarnos al polideportivo por el calor, nos dio por andar, desde el barrio pasando por la calle Alcalá hasta Manuel Becerra.

Aquella tarde íbamos, como siempre, desvariando sobre nuestras aficiones, música, fútbol, cine y demás cuando nos quedamos parados frente a una pared.

Esa pared estaba empapelada con carteles de conciertos entre los que destacaba sobremanera uno: El gran tubo doblado, símbolo del “TUBULAR BELLS 2 ” de Mike Oldfield. Aquel enorme cartel anunciaba un concierto en la plaza de toros de las ventas el 17 de Septiembre.

También explicaba los dos tipos de entradas que había: normal y sentado. El precio era muy alto para la época (4.000 pesetas), pero no había problema. Mike Oldfield era uno de los más grandes ídolos musicales para algunos de los colegas y por supuesto, míos. Nuestros gustos musicales eran excepecionalmente diversos; desde Mike Oldfield, David Arkenstone, Jean Michel Jarre, Loreena McKennitt, Enya o Himekami, pasando por Jethro Tull, Pink Floyd , Asia, Toto, Boston y similares, acabando por Helloween, Iron Maiden, Scorpions y grupos de esa cuerda. Quitando la estúpida música de discoteca, nos gustaba de todo.

Allí nos fuimos al CRISOL de la calle Goya,  escopetados, a por el anhelado boleto que nos permitiera disfrutar de una de las más grandes obras musicales de todos los tiempos.

Llegamos nada más abrir y en cinco minutos ya disfrutábamos de una entrada los cuatro a los que nos alucinaba. Era una entrada de las de antes. Grande, en color, con el logotipo tubular; y lo mejor de todo era que teníamos la fila 4.

Ese día empezaron las elucubraciones: ¿Llevará telonero? ¿ Será David Arkenstone el telonero?. Lo que parecía seguro era que íbamos a estar muy cerca, disfrutaríamos del Rock sinfónico impecable del maestro a escasos metros de él.

También era nuestro primer concierto, lo que convertía el recital en todo un acontecimiento. La ilusión disparada, las ganas de disfrutar de la música… todo era un maremagnum de emociones.

Pensamos incluso en largarnos después del concierto al aeropuerto a esperarle para que nos firmara la entrada, pero no llegamos a ese frikismo extremo.

Los tres meses de verano pasaron largos. No había día que no habláramos del concierto y, según se acercaban los días, se convirtió prácticamente en el único tema de conversación.

Por fín, el gran día llegó y juntos cogimos el 106, aquella línea de bus que tanto habíamos usado y que aún tendría yo que usar muchos años más.

Ahí llegó el primer y gran chasco de la noche. Estábamos en la fila 4, sí, pero de las gradas de la plaza de toros. El escenario quedaba a varios metros, quizá cientos. Después de la gran desilusión, empezó el telonero. Había telonero,  un guitarrista flamenco que empezó bien, pero al rato ya nos aburría y cabreaba al mismo tiempo. Queríamos oír el sonido metálico de las campanas tubulares y lo queríamos YA.

A las 9:30 en punto empezó lo que quizá ha sido el mejor concierto al que he asistido en mi vida.  El escenario se pobló de decenas de músicos en lo que era una especie de concierto clásico con instrumentos de Rock. Creo que nunca he aplaudido tanto. Disfrutábamos cada segundo, cada nota, cada sonido. En el momento en el que los gaiteros del tema “tatoo” aparecieron, toda la plaza se vino abajo. Estábamos totalmente rendidos al sonido espectacular y el montaje de lujo de Mr. Oldfield, que , al frente de los músicos pasaba de un instrumento a otro con la maestría de un genio. De los teclados a varias guitarras acústicas, españolas, eléctricas, banjo, y por supuesto las famosas campanas tubulares, provocando una vez más el éxtasis de las veinte mil personas allí presentes.

Había pasado más de una hora y media largas cuando, después de terminar su opus y hacer varios bises y canciones clásicas, el escenario se apagó. Todos aullábamos de rabia con el grito de “otra, otra” y cuando parecía que ya todo estaba terminado, se encendió un foco hacia el centro del escenario. Allí apareció con una mandolina el señor Oldfield para deleitarnos con el final del “TUBULAR BELLS “, llamado también, “Sailor´s hornpipe” , comenzando pausadamente y terminando con una velocidad endiablada. Dos columnas de fuegos artificiales anunciaron el fin del concierto, esta vez definitivo.

Nos fuimos a cenar al McDonalds de la calle Alcalá hablando, recreando, contando miles de anécdotas acerca de lo que sería a la postre uno de los mejores momentos compartidos con mis amigos de toda la vida David, Miguel y César.

Muchos años después encontré el audio de ese concierto, aunque la calidad es mala y el concierto está empezado,  merece la pena oírlo y volver a recordar aquel fantástico 17 de Septiembre de 1993.

 

Aquí os dejo el link por si a alguien le interesa.

 

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