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Archive for 21 mayo 2011

Para llegar a la  jura de bandera quedaba ya poco. Había sido el mes más raro de toda mi vida, el mes en el que más experiencias había acumulado. No obstante, en estas “aventuras y desventuras de un recluta en apuros”, entre barrigazos, marchas nocturnas  (https://rinconfilin.wordpress.com/2009/10/04/de-marcha-nocturna/ )     , orden cerrado, cocinas y demás lindezas cuartelarias, también hubo momentos de asueto. Esos momentos eran como oro en paño ya que    casi parecíamos tener una vida normal.

En ellos descubrimos que Melilla, siendo una ciudad con cosas horribles e indignas de finales de siglo, también tenía cosas bonitas.  El centro era una belleza de estilo modernista. Melilla la vieja o “el pueblo” como la llamaban, era una antigua fortaleza amurallada que tenía casi quinientos años de antiguedad.  Rodeada de  exóticas palmeras, contenía la única capilla de estilo gótico de África.

La plaza de toros (única en África también),  el barrio de las tapas (que no recuerdo el nombre) o los bazares del barrio del  mantelete se convertían en agradables descubrimientos, unos pequeños oasis  en aquel desierto de marcialidad militar y miseria.

A nivel particular, se estaba de lujo en el edificio de la UNED y su cafetería, donde junto con mis amigos volvíamos a ser un poquito civiles, al igual que la biblioteca municipal, de la que nos hicimos socios porque tenía los mejores cuartos de baño…

Quizá la palma se la llevaba para mí el parque Hernández. Un enorme parque de estilo andaluz ,precioso. Allí pasamos muchas  tardes civiles recorriéndolo de un extremo a otro, charlando de las cosas que haríamos cuando volviéramos a casa con la licencia.

Para los militares de reemplazo,  los sitios de obligada visita eran los bares. Existía toda una red de bares preparados para los milicos, en la que nosotros comíamos, merendábamos e incluso cenábamos los fines de semana.

Los Sábados y Domingos, si no teníamos servicios que realizar (o “pelar” en el argot de mili), tocaban marcha a las once de la mañana y no había que volver hasta retreta (las 21:45).

Esos días eran lo mejor de la semana con diferencia. Pocos momentos fueron tan buenos como aquellos fines de semana de U.I.R. en los que desconectando el chip militar, pasábamos la mañana de domingo viendo el partido de segunda del plus con un café ardiendo, sentados en el “londres”, bar mítico con un montón de teléfonos públicos en forma de típica cabina británica.

Los teléfonos públicos… en la época en la que los móviles aún eran casi cosa de ciencia ficción, los teléfonos públicos eran nuestro único hilo de contacto directo con el mundo real. Todavía se escribían cartas pero tardaban tanto que para hablar con casa había que buscar una cabina libre (cosa realmente difícl con más de siete mil soldaditos buscando).

El tiempo pasaba volando esos días, a diferencia de la semana. Caminando por las calles melillenses uno casi se olvidaba de que no era más que un insignificante recluta y volvía a ser un civil más. Recorrimos tiendas de discos, de instrumentos, volvíamos a recuperar al menos parcialmente nuestras aficiones del mundo real, compartiéndolas con  mis amigos,  mis inolvidables amigos de la U.I.R. y de meses sucesivos Pere, Jose, Juan, Javi, Ángel, Sergio y aquellos que mi memoria ya no pudo recordar.

Lo malo era la vuelta al cuartel. Volver  a subir la carretera de Cabrerizas rodeado de compañeros con el aspecto de corderos que vuelven al matadero, era desalentador. En ese momento volvían los pensamientos de libertad, de rabia,de cansancio de estar allí en contra de nuestra voluntad perdiendo el tiempo. Un tiempo precioso de juventud que se nos escapaba entre uniformes, Cetmes y servicios cuartelarios…

 

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Un nuevo día despertaba para nosotros. Un día menos para volver a casa. La visita al tercio ya era un recuerdo para nosotros y ya  la jura se acercaba.  La instrucción  empezaba a ser demencial con su maldito orden cerrado a todas horas. Tenía que quedar perfecta, tanto que  a algunos les tocaba hacer horas extra por la tarde(cruelmente les llamaban “el pelotón de gastadores”). Nuestros instructores empezaban a ponerse nerviosos y nos regalaban relajantes sesiones de diez minutos  con el CETME terciado o la vez que nos tuvieron una hora en posición de descanso, postura ésta que producía un  espectacular dolor de espalda mientras intentaban sacarnos de la formación con comentarios hirientes.

Ése día había premio.No nos mandaban hacer gimnasia, nos hacían subir carretera arriba una vez más en dirección a los pinares de Rostrogordo. El día anterior estuvimos preparando las posiciones de tiro e incluso algunos probamos los disparos con balas de fogueo. Existían multitud de leyendas militronchas respecto al tiro: “hay que hacer un mal resultado porque si haces uno bueno te mandan regulares de fusilero”. “Una vez un recluta se dio la vuelta y le disparó al de al lado en la cabeza…” La lista era infinita.

Me preocupaba más la segunda parte de la fiesta: íbamos a hacer orden de combate. Eso significaba esgrima de CETME y los famosísimos “BARRIGAZOS”.

Los “barrigazos” eran otra nueva pesadilla para los pobres soldaditos: la famosa pista americana. Creada para deleite de mandos cabrones y profesionales del ejército, poco o nada de gracia ni utilidad había de tener con nosotros.

Llegamos a Rostrogordo a primera hora de la mañana. El tiempo amenazaba lluvia y el frío principio de Marzo propiciaba un ambiente bastante desagradable. Nos repartieron una vez más en tres grupos o “secciones”. Unos empezarían tiro, otros a la pista y el resto a la explanada que lindaba con los pinares.

Mi sección tuvo la “suerte” de empezar disparando. El campo de tiro era una gran explanada acabada en un precipicio o “cortado”, como lo llamaban allí. Las dianas eran lo único que se interponía entre nosotros y el mar Mediterráneo, bueno,  y unos cuantos metros hacia abajo, claro.

Lo primero que nos hicieron fue cambiar los CETMES. Los que usábamos nosotros estaban totalmente hechos papilla y para no crear un estropicio balístico, fueron sustituidos por otros nuevos, procedentes del tercio de la legión. De hecho, unos cuantos legionarios eran los encargados de suministrárnoslos.

Por turnos, nos colocamos en las posiciones de disparo, que eran tres: de pie, rodilla en tierra y cuerpo a tierra. Yo no creía las leyendas respecto al tiro pero, por si acaso, en cuanto pude disparar descargué todo el cargador prácticamente sin apuntar. cuando se terminaba cada cargador, pasaba uno de nuestros instructores a ver los disparos y darnos nuestra puntuación. El cabo primero de la legión que se encargaba de nosotros me dio mi puntuación y la resaltó con un ” ¡esto es una mierda!”…

¡uf!, pensé, por lo menos no voy a ir a fusileros. El resultado de mi sección en general fue desastroso. Creo que casi todo el mundo pensé lo mismo que yo y disparó de la misma forma.  A algunas dianas  les faltaban tiros y  otras, las de al lado normalmente, tenían más agujeros de los que debían.

Al acabar de disparar, se rotaron las secciones. Ahora tocaba la explanada. Nos dieron nuestro CETME defectuoso y de regalo una mochila con un montón de cosas que se supone era lo que se llevaba en una campaña normal, entre ellas, la ración de campaña que consisitía en unas latas, un trozo de chocolate y poco más.

Todavía recuerdo con “cariño” cuando nos hicieron ponernos cuerpo a tierra y tras aderezar el suelo con cristales de botellas rotas, nos obligaron a  reptar encima de ellas, arrastrándolas con nuestro cuerpo durante los interminables metros que nos separaban del final.

Contiuamos con la esgrima de CETME, con carreras, saltos y otras lindezas, pero lo bueno faltaba por llegar…

Ahí estaba, la famosa pista americana. Muy parecida a las que salen en las pelis de Rambo y similares. Ahí estaba laUIR del cuartel general,   subiendo y bajando la pista. El plato final era la leche. Había que meterse por una especie de agujero, reptar por una trinchera cubierta  por alambre de  espino y salir por otro agujero a modo de salida.

Lo que estaba quedando medianamente digno a vista de nuestros instructores, se volvió una tragicomedia, como tantas veces sucedió en aquellos meses.  Entrar entramos todos en los agujeros, pero a medida que transitábamos la trinchera, nuestras mochilas se enganchaban con el alambre de espino provocando un atasco que ríase usted de los de la M-30 madrileña.

Si hubiera habido algún mando importante no habría sabido si reír o llorar, pues la escena de ver a los instructores levantando los alambres de espino para que los soldaditos pasaran por debajo sin engancharse, era igual de cómica que  triste.

El capitán, supongo que fastidiado por el esperpento presenciado, nos obligó a volver al cuartel a paso ligero con el CETME en perfecta posición terciada. Si algo de cachondeo hubo con la pista, se nos quitó de repente con aquel marathon infernal durante varios kilómetros con el maldito CETME que a cada paso pesaba más y más, mientras nuestros auxiliares nos arengaban con sus ya familiares comentarios y amenazas por si alguno cometía la torpeza de caérsele.

Ver a algunos compañeros rotos de cansancio mientras esos cabrones lo insultaban y amenazaban para que pudiera continuar era patético. Aunque sentías lástima por él,  no se podía hacer nada por ayudarle. Eso significaba que la  mentalidad militar  ya entraba en nosotros a sus anchas, tanto que incluso algunos “compañeros” mostraban una sonrisa cruel, cuando hacía semanas ellos mismos no eran sino corderitos en el matadero.

Las puertas del acuartelamiento Santiago se abrieron y la Compañía entró como si de los Regulares se tratara: Cetme terciado, rodillas hasta el pecho, aire relativamente marcial… Cuando llegamos a la compañía, la mayoría nos derrumbamos agotados, sumergidos en un mar de sudor y deseando que por lo menos durante ese mes no hicieran más “fiestas” como aquella…

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    El día en que todo se volvió gris volví a andar el camino que durante tantos años  había recorrido, sabiendo que esta vez  sería la última.

El encapotado cielo de enero rabiaba de frío, ese frío duro, inclemente, que hiela la sangre,aunque, la sensación de gelidez habría sido exactamente la misma si   ese día   el sol hubiera radiado con su máxima fuerza.

A mi mente venían una y otra vez los recuerdos de otros tiempos más sencillos cuando paseaba por esas mismas calles de la mano de mi madre.

Al pasar por aquel edificio alto que sobresalía de los demás, sin saber por qué, me acordé de aquel pobre perrillo que siempre estaba en la ventana del bajo que daba justo a la acera,  por la que siempre pasábamos. Recordé aquella mirada triste, anhelante de  poder estar al otro lado de su prisión de cristal. Mi madre y yo lo mirábamos al pasar con pena y, con esa ilusión que sólo un niño puede tener,  deseaba que algún día lo consiguiera. Desperté de mi recuerdo al  darme cuenta de que había estado parado en frente de aquella ventana durante minutos.

Me obligué a continuar andando. Los rojizos edificios parecían teñidos de ese color gris mortecino y los escuálidos árboles, huérfanos de hojas, se veían contagiados por ese sol que se negaba a salir y daba un aspecto lóbrego a todo lo que me rodeaba.

Cómo pasa el tiempo, pensé. Aquel barrio había sido mi segunda casa durante muchos años. Nunca pensé que ahora había   que despedirse de él de esta forma. Algo desde dentro se negaba a aceptarlo, como si de  un mal sueño se tratara, parecía que al poco me despertaría y volvería todo a la normalidad…

Enfilé la calle del castillo de Peñafiel: ahí estaban esos edificios bajos de color morado  flanqueados por  dos hileras de coches en las que, cuando éramos críos, rebuscábamos mientras pasábamos con nuestro viejo 127 para adivinar quién había llegado antes que nosotros.

En seguida llegué a la puerta del portal. Antes de entrar eché un vistazo alrededor… Ese familiar espacio de tierra delimitado por tres árboles había sido muchas cosas durante esa época: estadio de fútbol, lugar de intercambio de cromos, reunión de primos…

Me decidí a subir a la casa que había sido cuartel general de tantas reuniones familiares, de nochebuenas y nocheviejas, de esas mañanas de reyes donde todos los primos nos reuníamos para pasar inolvidables momentos de infantil felicidad. Volvía a haber reunión familiar, reunión triste  esta vez, de despedida y llantos.Conocía esa casa a la perfección, incluso  parecía todo normal… Casi esperaba que ella apareciera para darme un beso como hizo siempre.

La casa estaba llena de gente, como hacía años no estaba. Habría parecido normal, de no ser por ese maldito color gris, que  inundaba todas aquellas  habitaciones donde de pequeños lo pasábamos tan bien. Lamenté que mi última tarde esa casa fuera tan  oscura, tan amarga…

Tenía la seguridad de que esa  sería la última vez que me encontraría allí; una y otra vez observaba esa mesa con tapete de ganchillo, esas sillas chirriantes, el mueble, presidido por aquella vieja tele Westinghouse  adornado por una enorme cantidad de fotos enmarcadas en un intento de mantenerlo en mi memoria ¿ Qué pasaría con todas esas cosas? Para mí eran tesoros de valor incalculable, algo que sería delito cambiar, mover o tirar.

Entonces, llegó la hora de abandonar para siempre la casa y empezaron las despedidas de rigor hasta que, poco a poco, ese pequeño piso de San Blas  quedó completamente vacío.

Del momento en el que se cerró la puerta para siempre, sólo recuerdo nítidamente una cosa: ese maldito y odioso color gris…

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Recuerdo la época en la que el barrio era nuestro único  mundo. Más allá  no existía nada, ni nos atrevíamos a aventurarnos solos por aquellos parajes distantes. Apenas unas cuantas calles eran suficientes para nosotros, pobres críos que con una pelota medio pinchada y algunas visitas financiadas con cinco duros a los frutos secos éramos felices. No existían las depresiones ni los transtornos de ansiedad, nunca oímos hablar de hipotecas ni de enfermedades que se salieran de las comunes como resfriados o gripes.

En el colegio, alucinábamos con las historias de Don Ángel y , en el patio , cada día viajábamos veinte mil leguas bajo el mar metidos en aquel entrañable “NAUTILUS”. Ya en casa, Nuestros Spectrums echaban chispas con aquellos prehistóricos juegos monocolor que nos transportaban, con mucha imaginación, a fantásticos lugares donde luchábamos con monstruos de pesadilla montados en nuestras naves espaciales.  En la tele sólo echaban “Barrio Sésamo”, excepto los fines de semana que los lagartos  de “V” nos preparaban el terreno para la posterior batalla de pistolas de juguete en invierno, y de agua en verano. A veces subíamos a casa de alguno para ver alguna parte de la trilogía de “la guerra de las galaxias” en versiones piratas de calidad infame en los vetustos VHS o  BETA.

El tiempo pasó tan rápido que penas nos dimos cuenta, nuestro mundo poco a poco se fue haciendo más grande. Cada vez más cosas por hacer, más oportunidades. Después sin querer, de forma instintiva,  nos distanciamos buscando nuestro hueco en la vida.  Nos hemos hecho mayores, nos hemos casado (casi todos), hemos hecho cientos de cosas distintas a las cuatro cosillas  que hacíamos de críos en nuestro insignificante mundo de cuatro calles y aún así, no puedo evitar sentir una terrible nostalgia al acordarme de aquel barrio lleno de obras, de los descampados en los que jugábamos, de mis amigos y de aquella reducida vida infantil  tan increíble que tuve la suerte de compartir con ellos.

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Aquel día me levanté cansado, hecho papilla. Mi catarro había tomado dimensiones estratosféricas. La instrucción era cada vez más dura, la comida seguía siendo basura y el ánimo, después de lo acontecido, no estaba muy elevado.

Melilla estaba siendo una gran prueba de resistencia física y mental para nosotros, pobres reclutas que nunca sentimos el ardor guerrero. Aún así, la estructura militar intentaba por todos los medios inculcarnos el espíritu marcial.  Ese día nos llevaban al tercio Gran Capitán, primero de la legión, para ver si alguno tenía ganas de quedarse allí el resto de la mili y convertirse así en legionarios de reemplazo.

Ya cuando nos cargaron en los ya familiares camiones de transporte de “ganado”  (así era como nos sentíamos dentro), pudimos observar a los soldados de nuestro cuartel haciendonos gestos con la mano en señal de negación. Nos decían con signos que no nos quedaramos en el tercio por nada del mundo. Tanto era así que incluso el soldado que nos abrió la barrera nos hizo la señal fatal.

La mayoría ya teníamos en mente la negativa. Ni en mis mejores sueños pensaba pasar el resto de la mili dando más barrigazos que los estrictamente necesarios. Con la experiencia de Almería y con nuestros instructores legionarios ya tenía batallitas suficientes para mis nietos…

El camión subió la carretera de Cabrerizas,  y en pocos minutos llegamos al cuartel de la legión. Allí nos estaban esperando multitud de legionarios que, en actitud muy amigable, nos  “asesoraban”, contando las maravillas de ser un caballero legionario.

“Ser legionario es la hostia” ,me dijo uno cogiéndome del hombro como si fuera amigo mío de toda la vida. ” Al tercer día ya estarás disparando pepinos con un mortero …”  mi cerebro puso el piloto automático asintiendo a todo lo que decía aderezándolo con un “joder, que pasada” o  un ” la leche, tío” pero en el fondo lo que deseaba era que el individuo se cansara de contarme lo cojonudo que  estaba y se fuera a tomar por culo.

Yo no deseaba para nada ser legionario, ni servir a mi patria de esta manera. Sólo quería terminar mi servicio cuanto antes sin hacer mucho ruido, largarme a casa y olvidarme para siempre de esa pesadilla castrense.

Luego nos pusieron unos cuantos vídeos de las actividades que se podían hacer si te convertías en legionario y, la verdad, sonaba todo muy convincente. Incluso pensé que era una buena salida para la gente que le gusta este tipo de cosas. Desgraciadamente yo no me incluía en ese grupo, pero si yo respetaba sus ideas y sus maneras ¿por qué no nos respetaban a nosotros?. El que no se quedara con ellos, era poco menos que un maricón, alguien que no tenía valor suficiente, y despectivamente nos llamaban “pistolos”. Otro gran valor de la legión era el kilo de hostias diario que te podías llevar por parte de los mandos.  Aunque nos juraron oficialmente y perjuraron que no se pegaba a nadie, “extraoficialmente” nos dijeron que como no hicieras las cosas como ellos querían, ya podías darte por “matizado”. Se llevaba un tipo de golpe llamado “jumo” que consistía en un puñetazo en el pecho. Allíse estilaba tanto que incluso se organizaban campeonatos. Cuando querían “jumearte” a conciencia,  te hacían subirte el ceñidor hasta el pecho, entonces te inflaban a hostias y no te dejaban ninguna marca. (se lo hicieron a un compañero, o eso nos dijo).

A la hora de comer, nos llevaron a un comedor que hay que reconocer que era muy superior al nuestro. Era tal su interés por que nos quedáramos que incluso nos traían las bandejas a las mesas como si de un restaurante se tratara.

Más tarde descubrimos su interés que no era otro que el de largarse de permiso unos días por cada recluta “captado”. Todo era una pantomima, un engañabobos para que tu “asesor” saliera de allí por cuenta tuya.

Un mundo nuevo (otro) se abría a nuestros ojos. Otra forma de ver la vida y la mili en aquella melilla del año 1996 que no dejaba de sorprendernos y que, a la fuerza, iba dejando una gran huella en nosotros.

Por fin, nos recogieron nuestros camiones. Desde allí mientras cogíamos el camino a Santiago pude observar que algunos de los compañeros que vinieron a la ida, se habían quedado en el tercio para el resto de los nueve meses. Al poco, algunos regresaron y nos contaron su aventura…

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