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Archive for 5 marzo 2011

Después de la traumática experiencia del primer día de paseo urbano, a la fuerza tuvimos que volver a nuestras obligaciones castrenses.

Poco a poco íbamos entrando en ese mundo  militar. De acelerar ese proceso se encargaban concienzudamente nustros instructores con un lavado de cerebro total y metódico.

En una de esas charlas en las que nos explicaban los pormenores de nuestra nueva existencia, nos dijeron que este primer mes de febrero-marzo, nos hallábamos en algo llamado U.I.R. , la unidad de instrucción al recluta que básicamente era el período de instrucción en el que nos convertiríamos en verdaderos soldados cuando jurásemos bandera. Todo ese tiempo lo dedicarían a eso, a jodernos la vida hasta que desfiláramos como los ángeles para que el vídeo de la jura nos quedara “perita”.

Los compañeros  de otros reemplazos también se encargaron de recordarnos el escalafón oficioso de ese sitio. Éramos “bichines”, lo más bajo de la mili, novatos que ni siquiera estábamos en destino, la carne de cañón. Lo seríamos hasta que entraran los del siguiente reemplazo,  que serían nuestros “chaquis”, a los que debíamos putear por “ley de mili” . Tres meses después entrarían los últimos  a los que veríamos, los “cuqlis” que debíamos cuidar de los anteriores. Entonces nosotros seríamos los “wisas”, los amos y señores del acuartelamiento.

La vida cotidiana era muy simple, como toda la vida militar por lo menos a esos niveles: Por la mañana, ejercicio, y orden cerrado hasta la hora de comer. Por la tarde, orden cerrado o clase teórica, y así día tras día con honrosas excepciones  y aderezado con lo que se llamaba “servicios mecánicos” que era pasar un infernal día en la cocina del cuartel. En Santiago, un cuartel con tantos soldados que alimentar tres veces al día, esos servicios a la patria  se hicieron dignos de un capítulo especial de esta serie. Los fines de semana descansábamos excepto si tocaba algún servicio de limpieza, cocina o puteos similiares.

A nivel personal, todo se vivía como una especie de pesadilla extraña. Contenía todos los ingredientes desasogantes de dichos sueños, pero no conseguías despertar ni aunque lo intentaras de mil formas. Todos estos elementos iban minando nuestra resistencia personal psíquica e incluso física pues la comida no era de muy buena calidad, hacíamos mucho ejercicio y  descansábamos  poco y mal.

Las noches en mi caso eran casi visto y no visto. Después de la esperpéntica revista nocturna en pijama al borde de la cama, las luces se apagaban y yo normalmente caía profundamente dormido hasta la mañana siguiente al son del “quinto levanta, tira de la  manta”.  El estado de nuestros subconscientes también estaba ligeramente desquiciado. Una ocasión  me desperté a media noche y la nave  parecía una tertulia. Los compañeros en sueños hablaban  cada uno con su historia onírica y a alguno incluso distinguí oír que decía  ” A ver si me libro de esta U.I.R. “.

Mientras tanto, Melilla seguía deparándonos sorpresas, la mayoría desagradables. Un día decidimos ver la playa, dar una vuelta por el paseo y prepararnos para el verano, que aunque quedaban varios meses, nos lo íbamos a comer allí enterito.

Pasamos el puente del Río del Oro, nombre pésimamente puesto pues era un charco pútrido que despedía un olor desagradable, sin duda producido por la cantidad de mierda que descansaba es su lecho.  Un poco después llegamos al paseo. Era del tipo de ciudad costera normal.  Habría pasado por ser el paseo marítimo de cualquier ciudad de Levante o Andalucía, excepto por un pequeño detalle: En la arena vimos lo que no he vuelto a ver en ninguna playa ni siquiera en invierno. Había Montañas de basura, montones de más de un metro de porquería que dibujaban una cordillera grotesca. Ni la playa era normal en este sitio, pensamos. Iban  a ser unos nueve meses, largos, muy largos…

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