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Archive for 28 febrero 2011

Otro nuevo día amaneció en Melilla con los consiguientes gritos e incomodidades pasadas que se convertirían poco a poco en cosas cotidianas, apenas sin importancia.

Vestidos con nuestro nuevo traje de “mimeta”, salimos hacia el comedor para desayunar. Al salir del cuartel no pudimos sino maravillarnos de aquella bellísima vista que se presentó ante nuestros ojos:  Desde nuestro barracón vi lo que sería uno de los más bonitos y espectaculares amaneceres que nunca observé aún a día de hoy. Es quizá la imagen que más se me quedó grabada durante mucho tiempo. Las palmeras, los edificios, nuestro cuartel, todo  aparecía bañado por una increíble cantidad de colores producidos por el sol, un sol que apenas sobresalía del horizonte azul. Eso nos hizo descubrir que aquel agujero infecto al que habíamos ido a parar tenía cosas bonitas, muy bonitas…

Después de desayunar el “pochascao”-una especie de colacao cuyo parecido con el original era únicamente el color- nos formaron en la explanada del cuartel.

Desde esa hora y hasta el final del día estuvimos haciendo “orden cerrado”. Era una forma de decir “todo el santo día desfilando y haciendo el cabra con el CETME”. También tuvimos la “suerte” de conocer a todos nuestros instructores, hasta nuestro capitán.

Nuestro capitán, era un militar a la vieja usanza: gafas de sol,  perilla reglamentaria y una pinta de mala leche que hacía que te temblara la voz al hablar con él o las piernas cuando pasabas cerca. Era Dios. El que decidía si ese día íbamos al cielo o al inferno.

Luego estaban los mandos intermedios. Éstos se preocupaban concienzudamente de putearnos lo que pudieran con tal de que el día de la jura desfiláramos como Dios manda. Delegaban en nuestros auxiliares, que eran compañeros de reemplazo superior, que era lo mismo a decir casi mandos para nosotros, pobres reclutas.

Al fin, terminó nuestra “jornada” y nos dejaron salir de paseo a la ciudad. Hacía cuatro días que había salido de casa y no había podido dar una vuelta en libertad como una persona normal.

Esa tarde, bajé con Ángel  a dar una vuelta por la parte más o menos cercana del cuartel. Llegamos a la avenida Juan Carlos I, y allí pude ver qué tipo de ciudad era Melilla.

La avenida era una calle grande con dos carriles para coches  que llegaba directamente hasta la plaza de España, donde se encontraba el ayuntamiento y el casino militar. La formaban multitud de edificios de estilo modernista, muy del tipo del barrio de Salamanca de Madrid. Parecía totalmente una ciudad “normal” a nuestros ojos. Estaba llena de tiendas; muchos bares repletos de soldados, bazares y algo que nos llamó la atención: joyerías. Había muchas joyerías repartidas por la avenida y calles adyacentes.

al enfilar la avenida, se nos acercó un musulmán (en aquella época, moro) y nos dijo algo de forma ininteligible. Al preguntarle qué decía respondió:

– Que si queres grifa, grifa buena.

En plena calle, delante de todo el mundo nos estaban ofreciendo droga, como quién pide la hora, increíble. Tras la negativa, continuamos andando. Otro moro, cargado de ropa, relojes y demás cacharros se nos acercó y una vez más nos ofrecieron mercancía, aunque esta vez de otro tipo. Al echar un vistazo vimos que absolutamente todo era de imitación, desde los  relojas hasta los pantalones, pero denotaban un gran esfuerzo por parte de los falsificadores, recuerdo que hastal los Levi’s tenían  el holograma de autenticidad…

Poco después, nos llegó la cara más amarga de la ciudad. Niños de unos 6 años deambulaban buscando clientes para venderles unos chicles de una marca marroquí.

Esas caras sucias, llenas de mocos, transmitían tal cantidad de tristeza que se nos partía el alma. Era increíble ver cómo los melillenses los apartaban como si nada, como si no existieran. Esta ciudad era totalmente descorazonadora, dentro del cuartel, insoportable, fuera casi peor.

Un niño se me acercó con la caja de chicles en la mano, pero no  me ofreció ninguno. Tan sólo me pidió una galleta de las que estaba comiendo en ese momento del tipo “principe”.

No pude hacer otra cosa más que darle todo el paquete mientras le sacudía el pelo cariñosamente.

Al poco volvimos al cuartel, pensando en cómo era posible que en España a finales del siglo XX, todavía los niños tuvieran que pasar por estas situaciones y maldijimos a todos los políticos, a los  de aquí y sobre todo a los de nuestro país vecino, Marruecos.

Con la pena saliendo por nuestros poros, volvimos a ponernos el mimeta para cenar y la formación nocturna, con la sensación de haber vivido un mal sueño.

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DE VEZ EN CUANDO…

De vez en cuando la vida te da un respiro, un pequeño paréntesis en esta dura vida ” de mayores ” y se porta bien permitiéndonos volver a otros tiempos en los que nuestras preocupaciones eran simplemente si llovería al día siguiente o si tendríamos ocupado el campo de fútbol del polideportivo.

Hace unos días volvimos a juntarnos los amigos  ” de toda la vida “. Hacía tiempo que la idea rondaba pero nunca dejó de ser eso, una idea, llena de buena intención, pero nada más.

Gracias a Roberto,  se pudo materializar y, al fin, conseguimos reunirnos casi todos los que fuimos hace ya muchos años, inseparables amigos.

A pesar de todo el tiempo que ha pasado desde la última vez que nos juntamos, la sensación era mágica. L0s lazos que siempre nos habían mantenido unidos seguían estando allí, igual de fuertes que entonces…   Ya no importaba dónde estábamos sino CUÁNDO. Habíamos vuelto a ser los chavales de siempre  aunque todos tuviéramos pareja o hijos acompañándonos.

Hubo tiempo para todo. Para acordarnos de los que no habían podido venir y para recordar todas las batallitas que pasamos juntos; esos pequeños tesoros que intento reflejar mal que bien en este “almacén”.

No pude evitar sentir cierta sensación extraña al ver a nuestros hijos jugando juntos de  la misma forma que nosotros lo hacíamos hace ya más de 30 años. Quizá era el vértigo de sentir cómo el tiempo vuela, cómo habíamos pasado de ser unos niños a ser unos hombres cercanos a la cuarentena tan rápido, sin darnos cuenta.

Corrieron las risas, las bromas, la alegría de vernos de nuevo. Salieron de nuevo palabras casi olvidadas como “cholita” o ” krakovia”,  nos pusimos al día en cuanto a compartir nuestras vidas con los demás y dimos gracias por poder volver a vernos a pesar de algunos problemas graves de salud.

Cuando llegó la hora de irnos, decidimos que habría una segunda reunión. No podíamos dejar que esta amistad se volviera a alejar durante otro lapso de tiempo tan largo.

Por mi parte, al coger el coche ya de vuelta a casa, sólo podía pensar en lo tonto que había sido al permitir habernos distanciado de las personas que, a pesar de todo el tiempo que hacía que no les veía, significan tanto para mí.

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Esta foto congeló para siempre uno de los momentos en los que más cerca tuvimos un título.

Corría el año 1994. El “krakovia” era ya una realidad. Oficialmente nos habíamos estrenado hacía unos pocos meses en el torneo “Eva Perón” haciendo un papel bastante digno(con uno de los poquísimos goles que marqué en toda mi “carrera”). En esa época éramos una pandilla  a prueba de bombas y recuerdo con cariño todos  y cada uno de los momentos que compartí con mis amigos en esa inolvidable época.

Nos apuntamos a  un torneo de verano en el barrio madrileño de La Elipa. Seguíamos teniendo esa necesidad adolescente de querer comernos el mundo en todos y cada uno de los aspectos de la vida, y ése no era menos.

A una hora en la que todavía hacía un calor infernal, nos presentamos con nuestra flamante indumentaria gris y negra, dispuestos a dejarnos hasta la última gota de sangre en el campo.

poco antes de empezar el partido, llegaron nuestros contrincantes: Se llamaban “Argelia” y entonces nos dimos cuenta del por qué: un montón de gente que, por aquella época no era frecuente ver, procedían de dicho  país con un entrenador que bien habría pasado por uno de los traficantes de armas que salían en las series ochenteras “El equipo A” o “Corrupción en miami”.

Nuestra calidad se reducía casi siempre a dejar que los hermanos Dani y Raúl se sacaran alguna jugada de  las suyas, mientras nosotros más o menos aguantábamos el tipo.

Nuestras fuerzas poco a poco empezaron a menguar a causa del calor sofocante que reinaba. Después de un titánico esfuerzo y cercados en los últimos minutos por los africanos, se decidió sacar a Jose al campo. Podíamos decir que mucha técnica no tenía y su primera intervención al ir a dar un balón fue definitiva al pasar éste por debajo de su pierna y propinar un tremendo patadón en la tripa al contrincante. De todas formas, se consiguió una victoria agónica, pasando tal cantidad de apuros que recordaba a los partidos del atleti.

Una vez terminado el partido, el árbitro nos vino a decir que estábamos clasificados para semifinales ya que se habían presentado pocos equipos. El espectáculo era un poco patético. Algunos vomitamos, otros estaban a un p: ¿?aso de la lipotimia, pero qué cojones, estábamos en semifinales, a un paso de la final.

Entonces se nos presentó un grave poblema que minaría el ánimo del equipo durante los días previos al partido: ¿quién se quedaría el trofeo?. Buenas peloteras se formaron. Todo el mundo quería tenerlo en su casa y reclamarlo significaba enfrentarse al resto. La ilusión de conseguir una copa era tal que se decidió que lo turnaríamos una semana cada uno en una decisión salomónica que, vista con la perspectiva del tiempo, me hace sonreír mientras escribo.

Por fin, el día del partido llegó. Una buena noticia nos hizo tener aún más ganas de jugar. El equipo rival venía sin reservas y sus integrantes  parecían salidos de una biblioteca(ahora se les llamarían “frikis”).

Ahora sí que lo teníamos cerca. Seríamos campeones. La final estaba a un paso…

Los “frikis”  sin reservas nos metieron un baño que nos quitó la tontería de un plumazo. menos mal que vinieron los justos si no no sé qué habría pasado.

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¡¡¡ Compañía!!! ¡¡¡ Diana !!!. Centenares de ojos se abrieron al mismo tiempo. Segundos después, los reclutas ya estábamos haciendo la cama a una velocidad de vértigo. No hay nada como un ” al último le voy a meter un puro que se va a enterar” en boca de alguien con uniforme de la legión y cara desencajada para “quitarse la caraja”-como nos decían.
Rápidamente pasamos a los servicios para prepararnos, lavarnos y demás menesteres postnocturnos.
El servicio era una colección de lavabos que en su día fueron blancos sobre un suelo del mismo color, en cuyo frente había un espejo gigante que recorría las cuatro paredes.
En principio no era un mal comienzo, hasta que descubrimos que el agua caliente brillaba por su ausencia, pero lo peor estaba por llegar.
A la izquierda de los lavabos había un pasillo que llevaba directamente a la sala de los horrores: una fila de unas seis puertas translúcidas de cristal en las que se vislumbraba perfectamente a los compañeros en una posición que podríamos calificar de “poco digna”. Las tazas habían sido sustituidas por el diseño “taza turca” consistente en un agujero en el suelo. Este tipo de taza poco vanguardista tenía varios inconvenientes, aparte de la incomodidad de estar en cuclillas unida al espectáculo garantizado que se ofrecía al ser perfectamente visible, había que unirle algo mucho más escatológico si cabe: La puntería, que debía de ser milimétrica, pues era muy probable que al entrar tuvieras que vértelas con algún souvenir mal atinado.
Si a todo le unes el hacinamiento de todos los que éramos en aquel barracón, del concepto de “comodidad” o “intimidad” sólo quedaba el recuerdo de mi casa y mi habitación que, aunque compartida con mi hermano, era el ritz comparado con eso.

Cuando terminamos de prepararnos, salimos a formar al patio del cuartel de Santiago.
Dicho patio era una explanada entre seis barracones blancos. Cada barracón tenía su enseña, no obstante era curioso que los tres de enfrente nuestro se hallaban decorados con una media luna atravesada por dos fusiles. Eran la primera, segunda y tercera compañías de regulares, cada una con su “eslogan” (no recuerdo dichas frases, pero eran del tipo “me atrevo” y cosas por el estilo).
Las nuestras no eran tan ardorosas y, por mi parte ni falta que hacía.
El grupo quedó formado y contado por nuestros auxiliares. A aquel personaje legionario con barba de chivo se le unieron varios más,aunque no todos eran legionarios;algunos incluso llevaban galones en los hombros.
Nos dividieron en varios grupos o “secciones” como lo llamaron y se dispusieron a darnos una charla de “bienvenida”.

– Ahora ireis a por vuestro traje de mimeta. Os darán dos, pero ,hasta vuestra jura, sólo os pondreis uno.
Eso hacía un total de treinta días sin cambiarnos de ropa. El sueño de todo tío.
Había dos tipos de trajes: El “mimeta” que era el de soldado de toda la vida y el de “bonito”. lo de mimeta era porque se suponía que se mimetizaba con el entorno.

– Melilla es una ciudad normal-continuó el instructor-No hagais caso de todo lo que se habla o se cuenta; pero evitar los sitios oscuros y no vayais en grupos de menos de cuatro…
Totalmente normal-pensé- en mi barrio si no vamos diez o doce no salimos de casa, no te jode…
– Como os decía es como cualquier ciudad, pero no os acerqueis a la cañada de la muerte…
Sólo con oír esa frase quedé totalmente convencido de dos cosas: No iría a la cañada esa ni aunque me prometieran 15 días de permiso extra (por lo menos a esas alturas de mili no), y la segunda era que sí, Melilla era como cualquier ciudad normal, pero del tercer o cuarto mundo.
Después de aleccionarnos con otras “normalidades” melillenses, uno no sabía si salir a la ciudad o quedarse los nueve meses en nuestro chalet abarraconado, pero dicha decisión fue aclarada rápidamente:
Los servicios se cerraban desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, no se podía comer ni beber dentro, no había tele y los ruidos de los veteranos ponían nerviosos a lo pobres nuevos: Saldríamos a la ciudad aunque nos estuviera esperando el ejército marroquí en zafarrancho de combate.
Las perspectivas no eran muy alentadoras en cuanto lo que nos esperaba fuera, pero cuando nos explicaron lo que nos esperaba dentro, la cosa no fue sino a peor.
Palabras como “barrigazos”, “rostrogordo”, “maniobras” o “imaginarias” salían por la boca de los instructores, haciendo que nos quedáramos como estábamos prácticamente.
Por fin, llegó un pequeño descanso. Allí tuve la suerte de coincidir una vez más con mis compañeros de litera y adyacentes. Encajamos perfectamente y poco a poco nos iríamos convirtiendo en la pandilla durante ese mes hasta la jura.
Un rato después nos dieron el famoso traje de mimeta. Ahora ya lo éramos. Bueno, aún no, pero pareciamos de todas todas un soldado, un soldadito español…

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