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Archive for 20 junio 2010

En la época en la que nuestros spectrums echaban chispas de tanto jugar con ellos, en la que nuestras preocupaciones se reducían a ver si no llovía para que no se nos fastidiaran nuestros partidos de fútbol, había un lugar de referencia, el sitio donde más tiempo pasábamos después del polideportivo. Ese sitio era el videoclub REX.

El REX era el típico videoclub de barrio de los 80.  Este tipo de locales tuvo su gran apogeo en la época dorada de los  reproductores de vídeo, cuando competían el BETA , el VHS y en menor medida, el 2000.

Para nosotros era el lugar donde descubríamos nuevas películas, nuevas formas de entretenerse. Por aquel entonces, se estrenaban multitud de títulos de esos que ni siquiera pasaban por los cines y, grandes aficionados al cine, todos los fines de semana acabábamos alquilando alguna cinta, generalmente de terror, aunque también eran muy de nuestro agrado las bizarras producciones de acción de unos STALLONE, SWARZENNEGGER y similares, en su época de esplendor.

Muchos de esas pelis, ahora son de las que llaman “de culto”. Teníamos la manía de alquilar cosas que , veinte años después, es prácticamente encontrar ni siquiera una referencia en internet. 

El REX Tenía dos tipos de películas en cuanto al alquiler se refiere. Los estrenos más o menos normales que editaban las multinacionales de siempre, con su precio “normal” de 200 pesetas, y la zona “barata”. Por veinte duros podías alquilar películas de distribuidoras desconocidas, normalmente nefastas y supercutres. Ahí teníamos un filón, pues las otras casi siempre estaban alquiladas.

En esa zona “oscura” descubrimos, por ejemplo,  la apócrifa continuación de ” la noche de los muertos vivientes” en la que, solamente ver la portada ya te daba miedo de lo cutre que era.  Poco a poco, el REX se convirtió en nuestro templo sagrado, nuestro lugar obligado de fines de semana. Entre todos, por poco dinero, pasábamos unas tardes magníficas. Después de nuestro partidito de rigor… ,  una peli ochentera, normalmente de ínfima calidad, pero para nosotros eran la leche, y si eran insoportables, se sustituían por una tertulia tipo “qué grande es el cine” pero sin aburrir a las piedras. La  casa de Dani y Raúl eran nuestros cines particulares, y allí fueron incontables los tostones que nos tragamos.  Me vienen a la memoria películas como “el espíritu del zombie”, cosa que no duró ni diez minutos dentro del reproductor, muchas de las de Chuck Norris, hasta las de Pajares y Esteso, películas en las que nos partíamos de risa. Incluso nos vimos las de los Hombres G, algo que aunque no se podía decir en público, coincidimos todos en que nos gustó, qué leche.

Como suele ser normal, el tiempo pasó y dejamos de tener interés en esas cosas y, poco a poco, empezaron a desaparecer los videoclubs, con el auge de las televisiones privadas. Un día, cuando volvía del instituto, comprobé que las puertas del REX no volverían a abrirse nunca. La verdad es que me importó más bien poco en ese momento, pero, al pasar el tiempo, uno recuerda cosas que aunque, fugaces, te dejan un recuerdo imborrable.

P.D. Sirva también este post de réquiem para los videoclubs de nuestra infancia, complementarios al REX: El DISNEYLANDIA, el VIDEOCLUB 85, JONAVISIÓN, ANUSKA, y alguno que seguro me dejo.

Filín de Rusadir.

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HASTA SIEMPRE, “MUCHACHO”

Con sus trajes de marca, su toyota celica, su música clásica. Su mala leche, su sordera, su pluma. Con su genio y su triste figura. Con su apoyo cuando pintaban bastos en la empresa, con sus comisiones a pachas. Con su elegancia,  sus óperas, sus manías. Con su misoginia y su bigote. Con sus zapatones de siete leguas. Con sus “muchachos” y  sus “tías chochas”… con todo eso, de repente, se nos  fue.

Un placer haberte conocido, compañero. Nos veremos en el infierno.

Filín de Rusadir .2010.

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EL REGRESO

Durante catorce largos años fue mi sueño. En todo ese tiempo ha sucedido de todo, muchísimas experiencias que también se quedarán grabadas para siempre, pero Melilla siempre fue especial. Desde el día de la licencia, aquel feliz 9 de Noviembre de 1996, no había momento en  que no recordara alguna batallita o tarareara sin querer alguna canción cuartelaria, por no hablar de  los sueños:Fueron cientos las veces en que  soñé que volvía al vetusto cuartel de Santiago a hacer la “segunda mili” o los errores burocráticos que me hacían volver a hacer un mes más allí.  Al principio eran sueños muy veraces, se desarrollaban de una forma muy coherente, dejando al despertar una sensación extraña, mezcla de angustia y por qué no decirlo,nostalgia.

Al cabo de los años, esos sueños eran una mezcolanza extraña, inconexa, incluyendo  gente incluso que nunca estuvo allí, pero ese poso, esas ganas de regresar seguían con la misma fuerza de siempre.

Por fin llegó el día en el que, billete en mano, volvía con mis compañeros y amigos del 1/96 a visitar la tierra que nos marcó para siempre. Desde el avión ya se respiraba una atmósfera irreal, onírica. Tantos recuerdos, los amigos que se quedaron por el camino (¿qué habrá sido de Sergio y Santi?), tantas cosas que recordar en tan poco tiempo… .

El reencuentro con los amigos en el Aeropuerto sólo fue el preámbulo de lo que se avecinaba, la amalgama de sensaciones empezaban poco a poco a rebosar nuestras mentes mientras bajábamos por la puerta de embarque , pero lo “peor” estaba por llegar.

Cuando, desde la ventanilla del avión, se empezó a ver la línea de la costa Africana, algo dentro de cada uno de nosotros cambió de repente. Volvíamos a ver esa familiar silueta, esa especie de maqueta que poco a poco se hacía más grande; era la ciudad de nuestras desgracias y nuestras ilusiones. La última vez que la vimos teníamos todo por hacer, fue quizás la bienvenida dolorosa al “mundo de mayores”, como suelo llamarlo.

Al tomar tierra y salir al aeropuerto, empezamos a sentirnos como en el 96, parecía que no había pasado el tiempo a pesar de los profundos cambios que a simple vista se apreciaban en la ciudad.

Todas las batallitas militares, anécdotas y canciones fluían con rapidez, identificando cada zona de Melilla con alguna y, casi siempre, terminando con un “cómo ha cambiado”.

Quizá ese “cómo ha cambiado” podría ser el resumen de nuestro viaje . Prácticamente todos los lugares que frecuentábamos en la época militar habían desaparecido,  y sólo los cuarteles, vacíos, ruinosos, daban testimonio de esa época.

El cuartel de Santiago y de Autos ahora no eran sino espectros de lo que un día fueron, y subir la carretera de cabrerizas sin ver soldados ni gente relacionada con los acuartelamientos, nos resultó realmente extraño.  Ver las puertas cerradas, los edificios destrozados y comprobar que su derribo era inminente nos creó una melancolía extraña, sin sentido. Debimos haber venido antes, pensamos.

Con la certeza de que había sido la última vez en nuestra vida que veíamos los lugares donde pasamos nuestros nueve infernales meses y después de multitud de fotografías, bajamos a recoger al último compañero que venía en otro vuelo. Después de 14 años, volvíamos a estar con mi buen amigo Jose. Ahora ya no era 2010 ,era 1996  y lo fue durante todo el fin de semana. La sensación al volver a recorrer las calles melillenses con mis compañeros fue indescriptible. Empezamos a recordar a toda le gente que  nos faltaba en este viaje (Sergio, Santi, Javi y tantos otros ).
Por fin recorrimos Melilla la vieja de arriba a abajo, e incluso nos dejaron entrar en el casino militar y en el club de tropa, donde estuvimos tomando unas cervezas tranquilamente en las mismas mesas donde las tomábamos en el 96.

Los melillenses fueron encantadores y cuál fue nuestra sorpresa al decirnos los militares que echaban de menos nuestra presencia allí.  una vez  más pensamos el “cómo ha cambiado” y acabamos el día tomando algo en una terraza con el mediterráneo detrás, apenas a unos metros. Agotados charlamos, reímos, soñamos, recordamos… bajo la luna de África, con la ciudadela de fondo.

Al día siguiente, renovadas las fuerzas para continuar, el tiempo se nos estropeó un poco, no pudimos observar la gran paleta de colores y tonalidades  que se forma sobre la ciudad en el  amanecer melillense, uno de los más bellos que he conocido nunca. Aún recuerdo el espectáculo de ver cómo la luz del sol, descompuesta en miles de coloridos tonos bañaba lentamente los edificios, las palmeras, el mar…

Los cortados de aguadú nos esperaban previo paso por Rostrogordo y el Tercio de la Legión, donde recordamos el “incidente” de la marcha nocturna. Poco después conocimos de primera mano cómo está el pescado de la zona, famoso por su excelente sabor, por no decir de las pastas morunas y, por supuesto , el té. No obstante, lo que buscamos y encontramos una vez más después de catorce años era algo más adictivo que cualquier sustancia que nos ofrecían en el 96: El pincho melillense, plato delicioso, que nada tiene que ver con el típico pincho de la península. Dimos buena cuenta de todo ello, no sin antes llevarnos para casa, las especias Kifkif, imprescindibles para hacer el pincho en nuestra cocina.

Pronto tocaba marcharse al aeropuerto para abandonar la ciudad, felices por haber vuelto, tristes por dejarla, lo mismo que el día de la licencia. Una vez más, había que separarse de los amigos para regresar al mundo “real”. Una cosa teníamos en mente: regresar antes de que pasen otros catorce años. Volver a juntarnos otra vez para volver a visitar a la reina del mediterráneo, la increíble ciudad de Melilla.

Un GRAN abrazo a mis grandes amigos, compañeros de fatigas, Jose, Álvaro y Pere.  A todos los que también  fueron mis amigos allí y  que se me perdieron por el camino; Sergio, Santi, Javi,  Ángel, Adolfo, Simón, Juan… en definitiva a todos la gente que para bien o para mal conocí en aquel inolvidable 1996.

Filín  de Rusadir. Melilla 2010 y.

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