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Archive for 25 febrero 2010

PARECE QUE FUE AYER…

Parece que fue ayer cuando jugaba en el “techo” con mis amigos, las clases de Don Ángel, partidos de fútbol en descampados con pelotas pinchadas.

Parece que fue ayer.Tardes enteras jugando al spectrum en teles de blanco y negro. Cambio de cromos en la plaza de quintana. Batallas épicas con soldaditos de plástico,el mejor avión de papel.

Parece que fue ayer cuando el planeamos los “novillos” perfectos,cuando diseñé mi submarino,cuando terminamos el colegio y empezamos el instituto , cuando las primeras ilusiones fracasaron.

Parece que fue ayer cuando nos hicimos mayores y votamos a los verdes en grupo. Nuestra primera discoteca . Las partidas de mus y de póker. La primera nochevieja con los amigos.

Parece que fue ayer cuando viajamos en busca de  castillos. Noches de Karaoke y futbolín. Cine y perritos calientes.Aquellas navidades en Alcorcón.

si, parece que fue ayer.

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Por fin , el tren “estrella” paró su lento caminar en su destino final : Almería. Los reclutas bajábamos hechos papilla y , sólo el nerviosismo y por qué no decirlo, el miedo, era comparable al cansancio que sufríamos en general. En la estación, los militares uniformados que nos esperaban, nos metieron en camiones que, una vez llenos de gente, salían hacia el siguiente tramo del viaje, el puerto. Aún quedaba el barco hasta Melilla.

Almería, la verdad , me pareció la ciudad más fea del mundo.El tiempo tampoco ayudaba demasiado a mejorar el ambiente, pues hacía un frío polar y las nubes junto con  la llovizna convertían la ciudad en lo más parecido al infierno (hasta ese momento).

Una vez que el “rebaño” fue descargado en una zona del puerto habilitada para tal fin, nos vimos “asaltados” por una legión de vendedores ambulantes que, ansiosos, intentaban colocarnos productos de primera necesidad militar como betún, candados y algunos artículos más que ya no recuerdo.

El tiempo pasaba y el sol no acababa de salir en la mañana, ya avanzada. Algo raro pasaba pues el barco todavía no estaba en el muelle y llevábamos mucho tiempo esperando. El cansancio era enorme, no habíamos comido nada y  tanto tiempo de  incertidumbre no ayudaba en absoluto.

Después de unas dos interminables horas, un militar, que debía ser un mando a juzgar por sus galones, se dirigió a nosotros en voz alta, mientras los soldados de la policia militar, nos obligaban a guardar silencio.

Una vez más, malas noticias: el barco no salía. El mal tiempo obligaba a quedarnos un día por lo menos en Almería. El que quisiera o pudiera, se podía quedar por sus medios en la ciudad, y los que no, se les llevaría a un sitio donde pasar el día. Mi primo y yo convenimos en quedarnos con los militares y que fuera lo que Dios quisiera. Volvimos a los camiones y acabamos en un lugar insospechado y sorprendente: La base de  Viator, el tercio “Juan de Austria”, tercero de la  Legión.

El cansancio que sentía era ya inosportable. para colmo, según pasábamos por los barracones legionarios, se abrían las ventanas y legionarios con sonrisas crueles gritaban: ¡¡¡ vais a flipar !!!!!,   ¡¡¡¡¡ vais a flipar !!!!,  ¡¡¡¡ esta noche vais a flipar !!!!!.

La sensación de aquella mañana era indescriptible. No podía creer lo que estaba pasando, quizá era un mal sueño. Pero la realidad volvió de golpe, cuando nos llevaron a un almacén enorme. Una vez allí, nos dijeron que no había camas para nosotros y que nos habilitaban el polideportivo para poder dormir. Lo malo era que había que montar las camas… 

Creí que ya no podía ser peor el primer día de mili, pero poco después tuve que cambiar de  opinión. Montamos en total unas quinientas literas. mil cabeceros, mil colchones y mil somieres, todo ello sin dormir y sin comer desde hacía ya tantas horas que ni lo recordaba.

Después de montar las mil camas, nos llevaron , por fin, a la cantina de la base ,donde pudimos comer algo.

La cantina de la legión me sorprendió, allí había una cantidad de gente muy pintoresca, personajes que parecían sacados de una película de esas de blanco y negro, gente que solo salían en las batallitas de los abuelos: El soldado borracho, el legionario de barba hasta el pecho y gafas de sol como en las fotos de soldados de los 70, y así hasta encontrar especímenes de todas las razas y características.

Por fin, la noche llegó, estábamos agotados, nos metieron en el polideportivo y allí, pudimos dejar nuestras cosas y echarnos en una de las camas. Parecía que llegaba el descanso, pero, una vez libres de tarea y de presiones, muchos compañeros se vinieron abajo y tíos como armarios lloraban como niños desamparados. Aquello era surrealista: hacinados, sucios, derrengados, observábamos una escena de lo más desagradable, hay que pasar por eso para poder describir la sensación. Di las gracias por estar con mi primo, si no habría sido insoportable.

Se apagaron las luces,  los cabrones de los legionarios habían prometido “visitarnos ” para no se sabe qué. Los mandos, al final nos pusieron guardia de la policía militar, aunque no lo supimos hasta el día siguiente, pues al minuto yo ya estaba dormido, recuerdo que antes de dormir, estuve pensando que había pasado el que fue, con diferencia, el peor día de mi vida hasta ese  momento, y eso que aún no habíamos llegado a Melilla.

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ATRACO A LAS 6

Recuerdo aquellas meriendas que, todas las veces que podíamos permitirnos, nos dábamos en mi barrio, una vez salíamos del instituto y quedábamos los amigos de toda la vida.

Dichas meriendas no es que fueran un dechado de salubridad, pues consistían en un bollo, con cuanto más chocolate mejor, y una coca-cola, pero estaban cojonudas, la verdad sea dicha.

Los bollos más famosos del barrio quizá fueran las palmeras de “pichandufas”, establecimiento con solera en el barrio, donde la palmera era espectacular, grande, blandita, con una capa de chocolate de más de medio centímetro… joder, se me hace la boca agua de recordarlo. Pero los cuernos y los triángulos no le iban a la zaga. Eran descomunales y deliciosos al mismo tiempo… (¿quién se acuerda de ellos ahora?).

Aquel día no nos  dio por ir ahí, sino al horno nuevo que habían hecho  al lado de los salesianos, mi instituto de la época.

Por el camino tuvimos la suerte de encontrarnos con Dani y su flamante Seat ibiza, cómplice inolvidable  de muchas aventuras, así que conseguimos convencerle para que se uniera  a la “excursión”.

Pocos minutos después, Dani, aparcó el coche muy cerca del horno, en doble fila (ya en esa época lo del sitio estaba jodidillo). Raúl bajó y fue a comprar el cargamento de bollos. Nosotros, continuamos con el cachondeo normal de la época imagino que hablando de lo usual con esa edad, (chicas, algo de fútbol, más chicas y alguna otra cosilla supongo ).

De repente, la puerta del copiloto se abrió con violencia. una caña de chocolate y crema se estampó contra el  parabrisas dejando todo el interior nevado de migas. Al instante Raúl ,desencajado, entró en su asiento gritando !!!!! corre, corre ¡¡¡¡¡. Nos quedamos todos en silencio, flipando con la situación, pero aún así, Dani salió escopetado como en las mejores películas policiacas hollywoodienses. El SuperIbiza salió picando rueda por las destartaladas  calles cercanas a una gran velocidad, la cara del conductor a escasos centímetros del cristal y la mano derecha  en la caja de cambios, presta a cualquier subida o  bajada  de marchas.

Nosotros, estábamos acojonados. Yo pensé que había visto algo peligroso allí y lo primero que me vino a la mente fue un atraco. Dani preguntaba: “¡¡¡qué pasa!!!”, pero Raúl solo respondía que fuera al barrio lo más rápido que pudiera.

poquísimos minutos después llegábamos al barrio con un estado de nervios considerable. Un frenazo chirriante y violento nos indicó el final de este frenético escape.

Cuando ya el shock pasó, le preguntamos a Raúl qué coño había pasado . Quizá había que llamar a la policía y todo. Por un bollo nos íbamos a meter en un asunto quizá peligroso.

– ¿Qué coño ha pasado ahí dentro?- decíamos todos .

Esperando algo espectacular, algo que pudiera ser contado en un blog con el paso de los años (je je), y su respuesta fue acojonante:

– Que me ha dado mal las vueltas …

Dani montó en cólera, pues nos había puesto en peligro a nosotros y a mucha gente en el trayecto. Nosotros flipábamos. No sabíamos si partirnos de risa o montarle un pollo. Al final decidimos la primera opción , claro, éramos jóvenes….

( Lo siento, pero si no lo cuento reviento)

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Los días, antes lentos y monótonos, ahora pasaban a toda pastilla y , por f in, el día indicado, llegó. Una suerte de última hora hizo que mi primo,compartiera la “suerte “de conocer Melilla desde dentro, con lo que , por lo menos no iríamos solos en el viajecito.

Tuve que  dejar a mi novia en su casa excepcionalmente pronto con una muy amarga despedida, pues tenía que últimar los detalles de la “excursión”. Ya  en el autobús de vuelta, ni siquiera los acordes rockeros de TOTO puestos en el walkman conseguían evadirme del angustioso desasosiego que sentía por dentro.

Dejaba todo lo que conocía, novia, familia, amigos para , por fin marcharme a , posiblemente el lugar más lejano de mi casa, la puta Melilla.

Maldiciendo la hora en que corté la prórroga, llegué a casa con una cara de  miedo, mala leche y sorpresa tal que, mis padres me preguntaron si estaba bien, y no era para menos, estaba blanco como el papel.Tras poner un par de excusas tontas para disimular el miedo, me dispuse  a cenar lo que fue lo único decente que comí en días.

En la tele, el numancia, equipo de segunda b, ganaba a un barsa humillado que, solo respondía haciendo faltas a su rival, pero nada de eso importaba, yo miraba una y otra vez el billete de tren:  “Tren Estrella: salida : 23:00 de Chamartín llegada: Almería 8:00 am.”

Muchas horas me parecían, pero pensaba que pararía a recoger reclutas por el camino.

Por fín, llegó el momento de salir para la estación. Cargado con mi mochila bien llena de los productos necesarios para algo de lo que no tenía ni puta idea, llegamos a chamartín con tiempo suficiente para encontrarnos con mi primo y mis tíos.

El andén estaba atestado de padres, madres chavales y mochilas. recuerdo el murmullo nervioso y la adrenalina que casi se podía masticar.Mi tía y mi madre nos miraban con cara rara, es un recuerdo extraño y , la verdad es que nunca sabré lo que pasaba por su cabeza en ese momento.

Al montar en el tren y despedirnos de las familias, empecé a notar una sensación extraña. Entrábamos en una tierra desconocida, con gente desconocida, con todo desconocido. Si hay algo que produce una desazón mayor que el peor de los destinos es la ignorancia de saber qué iba a ser de nosotros.

Cuando descubrimos que lo de tren “estrella” era solo por ponerle un nombre era ya demasiado tarde: Yo le hubiera puesto otro más acorde como “tren puta mierda” o algo similar.

El compartimento estaba compuesto por dos hileras con tres plazas por hilera. Recuerdo que me senté en la ventana, desde donde las madres, la mayoría con cara desencajada, despedían a sus hijos con cara muy similiar.

El tren empezó su lento rodar camino de Almería: El viaje había comenzado. Nuestro compartimento estaba formado por  dos catalanes, un extremeño un  madrileño, mi primo y yo.

Al poco de comenzar el trayecto, el tren se empezó a llenar de humo, los nervios hacían que los cigarros y los porros se consumieran con una rapidez pasmosa. Yo, acurrucado junto a la ventana, no hacía sino maldecir las veces en que fui al gobierno militar, en haber firmado ese papel y en qué coño hacía  ahí aguantando a toda esa gentuza, por no decir el ambiente ,que me producía naúseas, ya que ni fumaba ni fumo aún ahora.

El compañero madrileño resultó ser un enterado de todo lo referente a los cuarteles de Melilla,  así que empezó la correspondiente ronda de preguntas sobre los destinos tocados. Yo, tenía unas ganas inmensas de averiguar a qué coño pertenecía el mío.

-¿Qué cuartel te ha tocado?- preguntó.

-Santiago-respondí-Acuartelamiento Santiago.

-Bufff. Regulares. Mal rollo.

Recordé las palabras de mi amigo Ernesto:”mientras no te toque regulres vas bien”, bueno, pues no podía ir peor.

El resto de la noche la pasé intentando inútilmente descansar. Todavía, el shock de saber que me había tocado regulares no había sido asimilado. Pero , por otra parte, deseaba llegar y enfrentarme  a lo que me esperaba en esa ciudad que, sin conocerla, era ya lo más odiado en mi vida.

Por fin, la noche más larga daba paso a una mañana gris, casi sin sol. El tren “estrella” paró su lenta maquinaria en la estación y , como pudimos bajamos a una Almería tomada por los militares que nos esperaban como de si un rebaño de ovejas  se tratase…

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EL ÁLAMO

En mi antiguo barrio, como en casi todos los barrios  supongo, hubo una panda de chavales de la que podíamos decir que cualquier actividad que hacían, rozaba el delito, cuando no se metían de lleno, claro.

Desgraciadamente, tuvimos la mala suerte de cruzarnos un día en su camino, cierto viernes por la tarde en  que nos disponíamos a echar unas partiditas al billar.

al cruzarnos por la calle que va al bar donde íbamos a jugar, uno de ellos, le pegó un empujón a uno de los nuestros, que, lejos de achantarse, se lo devolvió, pillándolo por sorpresa y mandándole medio metro para un lado.

parecía que todo se quedó en eso. Ellos se fueron por su lado y nosotros por el nuestro a jugar nuestras partiditas. Un rato más tarde pudimos ver por qué se habían ido sin decir nada:  una legión de delincuentes nos estaban esperando alrededor del bar para recordarnos que con ciertas “personas” no se jugaba.

Nos quedamos de piedra. No había salida posible y éramos muchos menos que ellos. Nos acercamos a la puerta del bar para ver el panorama cuando, al vernos exclamaron: “¡¡¡tienen palos!!!”. Se referían a nuestros tacos de billar.

La partida ya no tenía sentido, evidentemente, pero quisimos terminarla, a pesar de que, por los nervios, no acertábamos ni un golpe.

Los dueños del bar, viendo cómo estábamos, se decidieron a salir para intentar pacificar un  poco el ambiente, pero no había manera, estábamos crucificados para esta gentuza.

 En un último esfuerzo, la dueña les dijo que llamaría a la policía, pero las carcajadas  que recibió la echaron para atrás pensando en que mejor no meterse, por lo que pudiera pasar.

Al final se quedó en una pelea uno contra uno, los que habían tenido el conflicto. Curiosamente, el que salió de ellos, no era él sino su hermano mayor, pero ya no había forma de protestar. Nuestro compañero, consiguió encima darle bien para el pelo, lo cual hizo que se enfurecieran aún más.

Refugiados una vez más en “el álamo” como lo llamamos después de broma entre nosotros, sucedió , por fin, el desenlace:

quedamos, muy dignos, en una pelea conjunta. Nosotros contra ellos. A la mañana siguiente, como si de “West Side Story” se tratara.

Lo que no sabían es que guardábamos un arma secreta…

a la mañana  siguiente, por nuestra parte no se presentó ni dios a dicha pelea…. .

Ahora, con el tiempo, recuerdo con gracia, cómo me llamó Dani al día siguiente y me preguntó que por qué no bajaba nadie esa mañana ….

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