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FELIZ CUMPLEAÑOS, VIEJO AMIGO…

Dentro de unos días se cumplen 30 años de la salida al mercado del Spectrum. No diré nada acerca de lo que supuso en el mundo de la informática, pues es un hecho que se puede mirar en cualquier lado, por ejemplo, este: http://es.wikipedia.org/wiki/Sinclair_ZX_Spectrum

os recomiendo ( a los que le guste el tema, claro) echar un vistazo a la página

http://www.speccy.org/foro/  . Aquí  podeis bucear en un océano de retro bits, entre hardware prehistórico con su software anticuado en el que el juego más pesado ocupa lo que un virus de  hoy. Un mundo que antes necesitaba  estanterías completas para guardar el soft en  vetustas cintas. Ahora todo ese software que se editó en aquella inolvidable época cabe en un CD ( y sobra espacio).

Ese cacharrito negro, con sus dientes de goma, fue la fuente de entretenimiento principal de muchos niños, pero no fue  todo  diversión: abrió todo un universo de posibilidades y de nuevas vocaciones… ¿quién no quiso ser programador de juegos en aquella época?

Yo, como ya puse en otro post, sucumbí al spectrum cuando mi gran amigo Carlos me lo enseñó un día en el que volvíamos del colegio. Aquel aparatito poco mayor que una calculadora, conectado a aquella vieja tele en blanco y negro, nos transportó a enormes aventuras espaciales, donde lo mismo luchábamos mano a mano con el mismísimo Luke Skywalker para librar a la galaxia del malvado imperio en STAR WARS, como  disparábamos a los proscritos en aquel pueblo del oeste del GUNFRIGHT, todo ello después de merendar, en los días del pan y chocolate.

Todavía juego de vez en cuando al JET PAC o al MATCH DAY… hasta al GHOSTBUSTERS, con su voz digitalizada saliendo de ese altavoz de un canal. Por culpa  del “gomas” de 48k, mi vida laboral se unió de forma directa o indirecta a la informática y, aunque ahora disponemos de  todos los adelantos que podamos soñar, no hay nada como ponerse con el emulador correspondiente a jugar con esas manchas monocolor que hacían las veces de gráficos…

No tendría espacio para poner los juegos aquellos que me encantaban, aquellos con los que soñábamos en clase, los que salían en la revista MICROHOBBY o MICROMANÍA. Aquellos por los que pelábamos con “los del barrio de abajo”.

Cierto es, como he puesto más arriba, que a veces los pongo y… en realidad me parecen casi todos un horror. Ya no son jugables en su mayoría (otros siguen siendo fantásticos entretenimientos), pero eso es  lo de menos. Me encanta escuchar su música de sonidos  monocanal, sus personajes transparentes de un solo color, las cargas lentísimas con esas rayas y ruidos estilo fax, incluso espero impaciente un “Tape loading error”  porque parece que, en cualquier momento aparecerá mi madre por detrás para decirme que me llama Carlos para ir al “techo”  a jugar al fútbol hasta la hora del  colegio, donde nos estarían esperando todos los amigos de aquella clase  de Don Ángel…

Feliz cumpleaños, viejo Spectrum . Y que cumplas muchos más.

EL NIÑO DE PELO RIZADO

El otoñal sol se oculta rápidamente dándole un tono ocre al parque “el paraíso” de Madrid. En una pequeña zona de columpios apenas queda una madre con su niño pequeño. Tiene unos cuatro o cinco años, pelo rizado y viste un peto de cuadros sobre un jerey claro.  Primero  se sube en la torre, incapaz de parar ni un momento, se monta cabeza abajo en un columpio en forma de semicírculo y se queda un ratito en esa posición para que su madre pueda ver lo bien que lo hace. De vez en cuando, un “Mami mira lo que hago”  busca que su madre certifique con una sonrisa o  con alguna palabra de reconocimiento su febril actividad infantil.

Entonces decide subir al desconchado tobogán, Everest oxidado en el que apenas unas vetustas manchas revelan su color verde original. Con no poco esfuerzo asciende los metálicos escalones  observando cómo ,a cada paso,  el suelo va alejándose de él. Consigue sentarse en la cima.  Desde allí se ve casi todo su mundo: apenas  unos cuantos edificios del barrio de  Simancas que para él se encuentran lejísimos.  En  uno de ellos viven sus abuelos, es su segundo barrio. Desconoce que más pronto que tarde no serán más que el recuerdo de un pasado distante.

El frío aire otoñal  le golpea en la cara, llena  de satisfacción:  ha subido una inmesa distancia él solito. De vez en cuando, mira a  su madre y le grita para que vea lo mayor que se está haciendo…

Se sienta, preparado para la vertiginosa bajada… pero en el último instante se para. Está sentado a una gran altura y decide quedarse allí, en su majestuoso trono, llamando una vez más a su madre.

Ella le llama, le dice que baje, que es la hora de irse… . Él niño de pelo rizado se empuja ligeramente para bajar, pero al momento se vuelve a sentar. Está muy alto, su madre no puede cogerle, así que decide continuar sentado observando sus dominios.  Ella le vuelve a llamar, “venga baja, que va a venir papá del trabajo…” pero ahora manda él y no piensa bajar. Es el Rey del Parque y sus alrededores, por tanto del mundo. Mira en todas direcciones fijando la vista después en su madre. Una sonrisa pícara la responde: “no” y ríe como solamente puede reír un crío…

Tras intentarlo varias veces sin éxito, su madre, riéndose por dentro, le obliga  a bajar, y el niño de pelo rizado   debe obedecer. Además va a volver del trabajo su papá, y seguro que le trae alguna cosa, como hacía tantas veces.

Se queda con ganas de ir a ver a sus abuelos, pero su madre le convence diciéndole que irán al día siguiente después del cole.

Así, el niño de pelo rizado vuelve a su casa, contento, ignorando que pronto crecerá y ya no volverá a sentirse el rey del mundo nunca más…

EL MUNDO QUE VIENE

Reconozco que llevo mucho, demasiado quizás, tiempo sin actualizar el blog. El motivo es que he retomado mis estudios universitarios, a los que encima he añadido las clases de inglés. A todo esto se le suma mi trabajo nuevo, que me quita más tiempo que el anterior y… voilá, a tomar por saco el blog.

No obstante, no puedo dejar de poner mi granito de arena protestona por la situación actual de, iba a decir del país pero se extiende a todo en general.

Supongo que en esta pasada vorágine capitalista neoliberal tan salvaje que hemos vivido/sufrido, nadie ha pensado en el futuro,  ni en que no somos simples unidades de consumo. Tampoco en que esta vida se compone de muchas más cosas que comprar, tener o trepar (en el peor sentido de la palabra).

Ahora que hemos agotado el ciclo, que la gallina de los huevos de oro ha sido brutalmente exprimida nos deberíamos dar cuenta de una cosa:nos han engañado. Y hemos sido tan gilipollas de dejarnos timar cuando nos hicieron ver que  podíamos ser señoritos pudientes incapaces de mezclarnos con los proletarios. Todos queríamos chalets, coches de gama alta y mientras, los dueños del capital dejaban caer sobre nosotros las migajas de un pastel mucho mayor, del cual se atracaban día tras día.

Nos convertimos en un país en el que un albañil doblaba el sueldo de un profesor universitario sin pensar que el constructor se hacía multimillonario de la noche a la mañana con el beneplácito de los políticos de turno.

Tiramos por tierra los valores que durante años costaron sangre, lágrimas y años de cárcel. Nadie quería escuelas públicas ni sanidades universales, ” el que quiera que se lo pague “. Preferíamos usar los impuestos en colosales obras inútiles para todos excepto para los bolsillos de los de siempre. Y mientras, los trabajadores pegándonos entre nosotros   por ver quién era menos obrero: era el “money boom”. Frente a eso, las ideologías morían ahogadas en un mar de billetes de 500 ,blanqueados o no, daba igual. Nadie quería sindicatos, ni auténticas izquierdas que defendieran a los trabajadores, ¿ para qué? si todos éramos potentados…

El fútbol y la telemierda se convirtieron en el nuevo opio del pueblo, desbancando a la religión que prometió venganza: nadie le quitaría la exclusiva de manejar al rebaño de ignorantes.  La cultura entraba en coma irreversible, estado del que es difícil que se recupere, ¿Para qué estudiar si trabajando en la obra ganas el triple? el estudiante era, a los ojos de la sociedad un tonto merecedor de mofa. España e incultura andarían siempre de la mano como términos equivalentes…

Nadie pensó que eso tendría un final, que la burbuja global explotaría, que ahora nos encontramos sin valores, sin dinero, sin casa, sin futuro…  sin nada.

Nadie pensó que nuestra mala cabeza la han de pagar nuestros hijos, no los  de los grandes jerifaltes. Ellos han ganado toneladas de dinero y, por mucho que pierdan, todavía seguirán en la opulencia ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos.

Hemos despertado del sueño. Hemos despertado y nos hemos dado cuenta de que somos el pardillo que se ha dejado engañar con el timo de la estampita. Los  lacayos de los peces gordos con sus perros guardianes que lucen correas de oro, nos han terminado de morder dejándonos sin fuerzas de responder a la pregunta: ¿Quién manda aquí? La respuesta es más que obvia:ellos. Siempre mandaron ellos.

¿Qué cara le pondremos a nuestros hijos cuando nos pregunten por qué vivíamos mejor nosotros que ellos? ¿ y cuando nos pregunten por qué dejamos que nos engañaran? ¿ Por Qué?

Filín de Rusadir 2012

“EL PINTOR DE BATALLITAS” EN 2011

Este es el resultado del año 2011 de “El pintor de batallitas”. Ha sido un buen año para el blog, a pesar de no poder dedicarle el tiempo que quisiera, pero bueno. Lo dejo aquí para el que lo quiera leer.

Muchas gracias a todos los que entráis a este sitio y a todos los que os molestáis en comentar las batallitas del abuelo Filín de Rusadir.

Un abrazo a todos

http://rinconfilin.wordpress.com/2011/annual-report/

UNA MILI EN MELILLA (XX). BIENVENIDOS… DE NUEVO

La explanada del cuartel de Santiago era un cuadrado delimitado  en sus lados frontal y trasero por sendos tres barracones.  Los más cercanos a la salida estaban, cercados por una barandilla, a una altura mayor que los otros de tal manera que para bajar a la explanada o a los barracones inferiores había que bajar unas escaleras. Había escaleras en  ambos vértices, en lo que podríamos denominar barracones 1 y 3 del lado del cuadrado. Los laterales estaban formados por un edificio nuevo, que contrastaba con el resto de las construcciones adyacentes( centenarias o más)  a la derecha; Era “la plana”: lugar extraño donde no se sabía nada de lo que hacían, solamente que tenían unas camaretas y unas instalaciones muy superiores a las nuestras. A la izquierda se encontraba una construcción baja que separaba el cuartel de la carretera de Cabrerizas. Techada en negro, con el resto encalado de un blanco intenso aunque bastante desconchado y decrépito, al igual que el resto de las edificaciones del cuartel. En ella se encontraba las instalaciones del Cuartel General, mi destino. También se hallaban al otro lado de la pared cercano a los barracones de regulares, el bar del legionario, concretamente los servicios. En ese bar, propiedad de la hermandad de legionarios (no sé mucho más) se reunían multitud de soldados del cuartel para degustar todo tipo de  bocatas, dieta básica del soldado de reemplazo en Melilla. También disponían de toda la parafernalia propia de esa época, banderas, llaveros, camisetas y recuerdos de esa experiencia tan poco grata para mí, al menos durante ese tiempo.Ése era, de forma somera, mi nuevo hogar, conocido ya durante el mes de la UIR, pero ahora se antojaba distinto:  durante ese primer mes de instrucción, los reclutas estábamos un poco separados del resto de la gente (supongo que para evitar novatadas y gilipolleces).

Al día siguiente entráríamos en compañía, compartiendo barracón con todos los compañeros de otros reemplazos… ¿Qué es lo que nos esperaba? nadie a esas alturas tenía ni idea.

Todavía nos encontrábamos disfrutando de la última noche de pseudolibertad con los amigos inseparables (hasta ese día) de UIR… La luna llena (lo recuerdo con claridad tantos años después…) iluminaba toda Melilla de forma asombrosamente bella.

Esa noche clara de Marzo, libre de nubes, la ciudad nos ofrecía un  excepcional regalo de bienvenida  mientras nosotros, formados y de nuevo vestidos de mimeta disfrutamos de una relajada retreta, llena de bromas, chistes, canciones… Los instructores, no hacía mucho, auténticos cabrones, se desvelaban ahora como eran : militronchos como nosotros, simplemente se habían incorporado antes. Los mandos era otra historia, pero aún así esa noche se me antojó la más agradable de todas las que llevaba en Melilla.

¿Qué pasaría en los siguientes días?

P.D. las fotos que pongo hoy son del  auténtico cuartel de Santiago en el estado en el que está ahora. No son mías, no nos atrevimos a saltar el muro. Las podeis encontrar en: http://server4.foros.net/viewtopic.php?t=203&mforum=chafarinas

UNA MILI EN MELILLA (XIX): DE VUELTA AL INFIERNO

El permiso de jura tocaba a su fin. Una semana en casa era poco, demasiado poco para un recluta sin vocación como yo. Ahora tenía que volver a esa ciudad y a ese mundo militar  a los que odiaba con toda mi alma. Solamente me animaba el pensar que ya llevaba una muesca en la gorra, una letra P escondida bajo la visera de la gorra, que me recordaba que el camino estaba empezado. Era costumbre militroncha poner una palabra de nueve letras escrita bajo la gorra (solamente una letra cada mes como la condena de un preso). Lo más habitual era “península” o “todo acaba”. Me decanté por la primera opción ya que me parecía un poco menos trágico. No obstante, aunque si hubiera podido librarme lo habría hecho sin dudarlo, tenía ganas de ver a  mis compañeros de fatigas melillenses. Nos iban a separar a algunos ya que nos habían destinado a sitios distintos incluso a otros cuarteles. Así, a mí y a Pedro nos destinaron al cuartel general, a Jose y a Juan a una cosa llamada  JLT, a Ángel le destinaron  a la USAC del tercio de la legión y a Javi y a Álvaro a regulares. Recordé el día en que nos formaron a todos en aquel patio del cuartel a leernos nuestros destinos y el contraste de caras entre unos y otros.

El día de la marcha, pude despedirme de mi novia, amigos y familiares. Mi padre me llevó de nuevo al aeropuerto de Barajas. El sitio que hace una semana era el paraíso, ahora era oscuro y gris: mi barca donde un Caronte vestido de militar me acercaría al inframundo.

Una vez en el avión Madrid-Málaga todo volvió de repente. Multitud de chavales rapados-signo inequívoco del militroncho- poblaban el avión y los gritos y las bromas se oían a un volumen estridente. Mientras, el resto de viajeros, con cara de circunstancias, intentaban pasar el trago con su revista IBERIAVIÓN rogando por dentro que el avión llegara lo antes posible. Bueno, pensé, por lo menos esto no es el tren, en una hora estoy en Málaga y en otra más en Melilla…

Pero el avión no salía. Tenía el tiempo de conexión con el otro avión muy justo y si no salíamos pronto, iba a tener problemas… otra vez. Empezábamos bien, no había salido de Madrid y ya la puta mili me estaba jodiendo desde la distancia. Otros diez minutos más de espera ya me estaban poniendo nervioso cuando de repente se desveló el misterio del retraso: apareció una figura enorme como un balón de Nivea de 1,80, tremendamente familiar: Don Jesús Gil y Gil, por aquella época alcalde de Marbella y presidente del atlético de Madrid,  aparecía como un elefante en una cacharrería seguido por su séquito de lameculos y personal de IBERIA escoltándolos.

Era como una peli surrealista, algo así como “despega, que no es poco”. Todo el mundo mirándole gritando, mientras él, encantado, hacía su show igual que si estuviera delante de las cámaras, y todo ello en el minúsculo espacio de un avión. Ese era el motivo del retraso del despegue . ¿qué más cosas raras me depararía el destino? pensaba desasosegado…

Por fin, el avión saló de Madrid aunque yo ya estaba ausente desde hacía ya bastante tiempo. Ya  no era el yo civil, sino el militar: a la defensiva, desconfiado de todo y, por qué no decirlo… acojonado.

En poco menos de una hora llegamos a Málaga. Mientras un grupo de milicos se quedaban con Gil (ignoro para qué). Yo salí corriendo a buscar mi petate ya que me quedaba muy poco tiempo para el vuelo de enlace a Melilla. En mi carrera, observé que otro chaval corría en la misma dirección que yo. Era Juan Carlos, otro compañero de fatigas melillenses que tenía que volver conmigo al mismo sitio y, claro está, estaba tan intranquilo como yo. No debíamos perder ese avión o tendríamos problemas. tras unos minutos angustiosos, nuestros petates salieron por la cinta transportadora y cargados con ellos (casi quince kilos en ristre) salimos zumbando para ver a qué puerta de embarque debíamos dirigirnos. Como no podía ser de otra manera (ya me imaginaba que no iba a ser fácil) había que cruzar el aeropuerto para llegar a la puerta de embarque de nuestro vuelo de PAUKN AIR. Petates en la espalda y bolsas de mano volvíamos ” a la puta carrera” haciendo gala de  nuestra condición de soldaditos, y salíamos zumbando hacia la puerta de embarque. Milagrosamente llegamos apenas unos minutos antes del cierre, cuando la señorita de la entrada nos dijo: ” el vuelo se ha retrasado por una avería en el avión, teneis que esperar en la sala “. Joder, después del estresazo del vuelo y de  la angustia de la carrera aeroportuaria, resulta que estaba retrasado. Por supuesto, esa información no estaba reflejada en los monitores, claro. Parecía que todo lo que tuviera que ver con nosotros y con Melilla no tenía importancia ninguna…

Tras lavarnos un poco (llegamos sudando como pollos asados), nos fuimos a la sala de espera. Allí se juntaban muchos compañeros de compañía nuestros y por lo menos la espera se hizo mucho más agradable. Ya el chip estaba cambiado. No hacía ni tres horas que había abandonado Madrid y ya era un recuerdo lejano, en algo había avanzado respecto al anterior viaje.

Cuando nos dijeron que ya podíamos embarcar, casi fue como un descanso, ya estaba deseando que pasara lo que tuviera que pasar, pero no quería seguir en el limbo de los intranquilos. Cuando salió el avión, una sensación de alivio me invadió: todo había salido bien… hasta que el avión empezó a moverse de forma alarmante: estábamos en medio de una tormenta colosal en el medio del mar, solamente unos diez minutos nos separaban de Melilla y estaba visto que el destino quería jodernos todo lo que pudiera y más. El avión rebotaba una y otra vez entre las nubes cada vez más oscuras, y una lluvia fuerte golpeaba nuestro avión que, no sé por qué, no remontó hasta situarse por encima de las nubes como tantas veces había visto hacer en otros vuelos.

Los  flashazos en el cielo  nos indicaban  que incluso los relámpagos nos rodeaban de forma preocupante. Eso o era Dios que nos estaba haciendo fotos para descojonarse de la cara de gilipollas que se nos había quedado.

Pero el avión llegó. Era casi de noche cuando pisé  suelo africano y reconocí las luces familiares de la ciudad. Volví a aspirar ese olor característico de las ciudades con mar y, resignado, regresé  en taxi al cuartel de Santiago. Allí estaban mis amigos de nuevo, Jose, Javi, Juan, Pedro, Sergio, Álvaro… Comenzaba de nuevo la aventura.

UNA MILI EN MELILLA (XIIX): CON PERMISO…

Bajé del avión a paso lento, mirando todo de un lado a otro como el que viaja a un sitio completamente nuevo y en él se encuentran las mayores maravillas del mundo. Sin embargo no era sino Madrid, aquel Madrid que me conocía de cabo a rabo, observé la cruz blanca que está en Paracuellos, el pueblo de Barajas que se encuentra tan cerca del aeropuerto, la terminal, el resto de los aviones…

No había rastro del monte Gurugú, ni tampoco había musulmanes. Ni un solo uniforme militar a la vista, era como si hubiera despertado de un sueño, de un mal sueño.

Solamente el pesado petate me recordaba que había algo extraño en aquello, ese maldito bulto me decía que no estaba allí para quedarme, sino que en una semana volvería a ese mismo aeropuerto, esta vez de manera no tan feliz.

Esa sensación extraña me acompañó durante todo el permiso de jura. No obstante, cuando a lo lejos vi  a mi padre y a mi hermana que me esperaban para llegar a casa, casi conseguí quitármela de enmedio.

- ¡Hola soldado! dijo mi padre, medio en broma mientras mi hermana flipaba con la pinta que llevaba y el aspecto físico con el que volví…

Había adelgazado varios kilos, me encontraba enfermo y unas negras ojeras contorneaban mis ojos. En el cuartel, aunque lo había notado no le dí importancia, el físico no es una cosa de la que preocuparte en la mili, pero al llegar a casa…  la ropa me quedaba grande, tosía como un carretero, la cabeza me dolía y una expresión rara en mi rostro se instaló durante el permiso de jura.

Cuando llegué a casa, parecía que había llegado a Beverly hills, toda mi casa y en especial el cuarto de baño se me hacían  sacados de un reportaje de esos estúpidos programas de cotilleo en el que el rico de turno cobra pasta por enseñar su mansión.

Al verme mi madre, inmediatamente se dio cuenta (las madres lo saben todo de sus hijos), y lo primero que hizo fue ponerme un plato de lentejas de tamaño descomunal. Lo siguiente fue obligarme a ir al médico, pero no a ese matasanos militar que te dopaba con antigripales, sino a uno civil, uno de verdad. Le dije que iría, pero al día siguiente (En esa época no había tantos problemas de citas con la sanidad como ahora) después de comer iría a ver a mi novia, por supuesto.

Mi novia, al verme se quedó a cuadros, me dijo que, al abrazarme, antes de irme a Melilla, no me abarcaba y ahora sí que podía hacerlo.

Dimos una vuelta por su barrio tranquilamente, no paré de hablar (bastante mal por cierto) de la mili, de Melilla y de todo lo referente a ellos.

Serían poco más de las ocho de la tarde cuando empezé a encontrarme mal. Me sentía totalmente agotado, había sido un día durísimo, llevaba desde las seis menos cuarto despierto, después de la extenuante jura y de la horrorosa cocina que vino después, mi cuerpo había dicho “basta”. Me fui a casa tan fastidiado que cené algo rápido y me fui a la cama.

Casi doce horas después me desperté. Mi catarro se había convertido en algo brutal, incluso con fiebre, pero me decidí a continuar este permiso y exprimirlo hasta el último segundo. Me fui disparado al médico que al verme, se quedó a cuadros con el pedazo de catarro que traía, me atiborró a recetas y, al salir me fui a ver a mis amigos.

Mis amigos de toda la vida. Volvía a estar con ellos como si nada hubiera pasado, contaba anécdotas hasta decir basta, que mis amigos oían estoicamente, algunos preparándose para lo que se les venía encima.

Los días empezaron a pasar rutinariamente, disfrutando hasta de lo que antes habría sido una pérdida de tiempo. Cuando el cuarto día pasó, una sombra empezó a surcarme el rostro, ¿cuánto quedaba para irme? ¿tan poco? ¿por qué tenía que volver al infierno…?

¡¡ CENTENARIO !!

Increíble pero cierto. Con ésta son ya cien entradas en el blog.

Cien trocitos de tiempo, cien experiencias pasadas hace ya mucho.Cien cuentos, cien cosas sin importancia, cien cosas imprescindibles, cien partes de mí, cien partes de vosotros…

Casi nunca releo los posts, aunque sé que debería para corregir algunas cosillas que me dejo por ahí ( al ser totalmente improvisados y escritos  del tirón tienen muchos defectos tanto formales como de narración).

Sin embargo, cuando me he dado cuenta de que éste era el post centenario (no lo tenía planeado), no he podido resistir la tentación de hacer un nuevo alto y echar la vista atrás. He leído todos los títulos de las  entradas. Inmediatamente han venido a mi mente los contenidos, las historias que consideré en su momento que eran válidas para compartir con la gente que estuvo conmigo en aquellos lejanos momentos. Salvo honrosas excepciones ( el gran Klurosu sobre todo), muy poca gente mostró interés en recordar esas experiencias. Eso me desanimó mucho porque al principio, empecé a escribir para mí. No era sino una forma de no olvidar todas esas cosillas entrañables que corren el peligro de ser aplastadas por la maldita vida “de mayores”. Pero tenía la esperanza de que, de la misma forma que me gustaba volver a aquellos momentos,   a las personas con las que los compartí, también les picaría el gusanillo de la nostalgia.

En general no fue así pero, curiosamente comenzaron a dispararse las visitas hasta llegar a las 22.o0o a día de hoy. Gente de muchos lugares sentían identificados con muchas de mis entradas convirtiéndolas en casi familiares a pesar de no tener nada en común. Así, “EL PINTOR DE BATALLITAS” subió más de 13.000 puestos en el ránkig WIKIO en apenas unos pocos meses.

De todas formas, mi mayor satisfacción cuando me pongo a escribir es saber que esas batallitas quedan “en conserva” para que cualquiera consumirlas en cualquier momento. Bueno va, lo reconozco, y también para volver a jugar  al fútbol en “el techo” o echar unas partiditas al Spectrum, o quizá jugar al “imperio cobra”. Tal vez sea para volver a mi barrio de hace veinte años para estar con mis amigos de toda la vida, pero no mucho porque he de ir a clase, la del KAPUR  con Don Ángel o de los salesianos con todos mis profes curas. A lo mejor lo hago para hacer la mili en Melilla, para jugar al fútbol en el AMPHÍPOLIS o para pasar una tarde de cine o de videoclub en compañia de mis  amigos.

O lo mismo es que intentando  escapar del Tic tac del cocodrilo,  Peter Pan, medio calvo, con barriguilla y arrugas, se ha dado cuenta de que es casi cuarentón…

UNA MILI EN MELILLA (XVIII): AEROPUERTO 96

6:00 de la mañana. Media compañía ya se había  ido la tarde anterior a sus casas y la otra media andábamos levantados en actitud frenética, preparando la salida de la maldita Melilla. No podía creerme que en unas horas volvería a ver a mis amigos, novia y familia. Sólo quedaba coger un avión a Málaga y otro más hasta Madrid. Esa era la última vez que pisaba el barracón de la UIR de la compañía del cuartel general. Un mes menos para la licencia, una muesca en la gorra, sólo quedaban ocho más…

El toque de diana nos daba el pistoletazo de salida para escaparnos del infierno melillense. La puerta del acuartelamiento Santiago se llenó de taxis frenéticos por llegar al aeropuerto mientras el soldado de la garita, veterano ya, se reía de nosotros al tiempo que exclamaba ” ¡ya volvereis, bichos!”.  Cargados con el petate y la maleta, con el pelo recién rapado en la flamante peluquería “el legionario”, parecíamos más unos reclutillas que venían a empezar el servicio, la diferencia estribaba en nuestra cara  de felicidad absoluta.

A pesar del catarrazo, preocupante ya, el petate que pesaba un huevo y la maleta que también pesaba lo suyo, me movía con total agilidad entre los compañeros desesperados por coger el taxi que habían reservado la noche anterior. Tras unos minutos buscando, conseguí entrar en el taxi que había reservado para mí solito.

Mientras la enorme luna de Marzo iba desapareciendo del paisaje, mi mente viajaba unos cuantos kilómetros por delante de mi cuerpo imaginándome dentro del avión camino de casa con una sonrisa estúpida en la cara. El taxista me sacó de mi estado onírico mientras empezaba su típica charla de compromiso preguntando a dónde iba, cuánto tiempo llevaba en Melilla y qué me parecía la ciudad.

Respondiendo de la forma más diplomática posible, sin decirle que mataría a quien fuera por un día fuera de Melilla, observaba la ciudad desde la altura. La verdad es que, siendo un asco de sitio, era bonito. Una vez más no pude sino maravillarme del amanecer Melillense dando ese aspecto exótico y bellísimo  a la ciudad.

De pronto nos encontramos en otro maremagnum de taxis a las puertas del aeropuerto.

-¿Qué pasa?-pregunté.

-El aeropuerto no abre hasta las 8:00.

Joder, pensé, es que ni para eso eran normales. El aeropuerto abría a esas horas ya que no disponía de luces en las pistas. De poco había valido el madrugón. Allí nos encontramos todos los militronchos haciendo cola,como si la del paro fuera, casi una hora.

A las 8:00 entramos y, como mi flamante vuelo de PAUKN AIR a Málaga no salía hasta las 10:00, me quedé con algunos compañeros de compañía en la cafetería mientras escuchábamos a Rocío Jurado como hilo musical…

Una vez en Málaga debería coger un vuelo de IBERIA hasta Madrid. Lo malo era que no disponía de reserva para ese vuelo, si había plazas volaría, si no, no. Siempre que había volado así (mucho más barato) no había tenido problemas, por lo que no le  dí mayor importancia.

A las 9:45 me despedí de la gente y con una cara de felicidad que era para verla, me metí en el minúsculo reactor camino de Málaga. Escasos minutos después despegamos, dejando África.  Me parecía estar viviendo un sueño. Abandonar siete días el infierno era la felicidad absoluta, nada podía hacer cambiar esa sensación.

El vuelo tocaba a su fin. unos veinte minutos escasos duraba el vuelo Melilla-Málaga.

Ya en el aeropuerto de Málaga, todo era REAL, como yo recordaba las cosas: ni un solo militar, un aeropuerto enorme, con sus tiendas normales… un gustazo volver al mundo de verdad. Melilla ya no era más que un mal sueño…

Llegué muy ufano al despacho de IBERIA con mi billete a casa, que salía en una hora.

- Lo siento, pero no hay plazas, dijo la mujer que despachaba los billetes.

-¿eh?

El mundo se me vino encima. Nunca me había pasado esto, y todo por no asegurar y gastarme la pasta, joder. La última vez que lo hago, pensé. Como era hijo de empleado de IBERIA, la mujer me dijo que intentaría que el capitán me dejara volar en el transportín, que es una silla plegable que hay en la cola del avión, donde se sientan las azafatas. Eso me dio esperanza, aunque dependía de una persona que lo mismo me negaba el viaje. Para empeorar, detrás mío aparecieron otros dos milicos que habían cometido la misma torpeza que yo y también eran familiares de empleados, por lo que el capitán ahora debía autorizar tres transportines.

Yo no sabía cuántos transportines tenía ese avión, lo que sí que sabía era que yo iba primero y no iba a dejar que nadie me arrebatara mi sitio, en caso de que pudiéramos viajar, claro.

Los minutos se convirtieron en angustiosos siglos, en los que los tres esperábamos ansiosos la llamada de la azafata con la respuesta del capitán. Además, con el billete que tenía en la mano,en caso de no poder volar, esto mismo me podía pasar con el siguiente vuelo, con el siguiente y así sucesivamente…podría tirarme días en el aeropuerto.

Maldiciendo mi mala suerte una vez más, pensé en qué podría hacer para solucionarlo. Lo mismo podría ir  a la estación del tren y por lo menos volver  a casa, aunque llegara a las tantas…

De repente, la azafata con pinta de estar hasta las narices de vernos con nuestras caras de circunstancias, nos dijo que el capitán nos dejaba volar como un favor, pero que no era lo normal, etc…  del resto no recuerdo nada, sólo que podía volver a casa. En ese momento mi mente hizo OFF, estaba agotado física y mentalmente.

Cuando quedaban cinco minutos para que cerraran las puertas, entramos en el avión escopetados. Una vez en el aire,  volví a ser persona y, aunque estaba más que feliz por volver a Madrid, estaba a la defensiva con todo, en cualquier momento podía pasar algo que me jodiera el permiso de jura…

Tras cincuenta minutos tediosos sentado en una silla plegable amarilla, con el petate y la bolsa de viaje al lado, por la ventanilla observé algo ya familiar. La especie de maqueta que se veía debajo era mi Madrid, un tesoro incalculable que me esperaba con los brazos abiertos. Al fin, el avión aterrizó justo en frente de un  cartel que decía :” AEROPUERTO DE BARAJAS”. Había llegado a casa…

EL TIEMPO Y LA MEMORIA

El tiempo, ese pequeño trozo de existencia que se nos ha dado,  es una maldita carretera de un solo carril en el que es imposible hacer un cambio de sentido. Solamente la menoria nos permite revivir, que no retornar, aquellas experiencias pasadas. De las malas (experiencias) no hablaré, pues esas vuelven como fantasmas cada noche para recordarnos que somos humanos y que como tales estamos formados, en parte, de ellas.

Hoy hace ya treinta y siete años que estoy aquí sobreviviendo, “buscando la belleza en este asqueroso mundo”, como diría Trecet  en sus diálogos 3. Es hora de hacer un alto en el camino y echar la vista hacia atrás para ver lo que he recorrido, dónde me encuentro y hacia dónde quiero ir.

Atrás quedan tantas cosas…personas y lugares remotos en el tiempo vuelven en ocasiones a la memoria, quizá más borrosos o idealizados, pero manteniendo esa sensación agridulce de nostalgia.  Familiares que ya no están, amigos que por alguna razón ,o tal vez ninguna, se distanciaron para siempre. Incluso lugares emblemáticos que ya no existen o existen pero hace mucho que  no paso por ellos…

Desgraciadamente, en algunos casos existe también la conciencia de la efimeridad, es decir, tener conciencia de  que estás viviendo situaciones  que  por su naturaleza son efímeras, pasajeras. Saber que el pequeñajo de pelo rizado que corre, enreda y juega a todas horas por  casa, pronto dejará de ser niño y tener conciencia absoluta de que voy a echar muchísimo de menos jugar con él a los coches o a los superhéroes es algo que a veces me viene a la cabeza sin querer. Resulta realmente complicado sentir nostalgia “por adelantado” pero es algo que no se puede evitar en muchas ocasiones.

Supongo que me estoy haciendo mayor…

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